PARTE 2: EL SEGUNDO AUDIO

La habitación quedó completamente en silencio.

La sonrisa de Pauline desapareció.

Jace dio un paso hacia mí.

—Apaga eso.

Negué con calma.

—Todavía no.

Sabrina miraba alternativamente a Jace y a Pauline, como si acabara de descubrir que no conocía a ninguno de los dos.

—¿Qué significa esa grabación?

Pauline recuperó la compostura.

—Está editada.

Mi nuera siempre ha sido muy manipuladora.

Sonreí por primera vez desde que entré al hospital.

—Eso esperaba que dijeras.

Abrí otra carpeta.

Saqué una hoja con el logotipo de la Fiscalía General.

La coloqué sobre la mesa.

Jace frunció el ceño.

—¿Qué es eso?

—Mi identificación profesional.

Durante doce años trabajé investigando fraudes de seguros médicos.

El color abandonó el rostro de Sabrina.

Ella giró lentamente hacia Jace.

—¿Nunca me dijiste eso?

Él no respondió.


Volví a pulsar reproducir.

La segunda grabación comenzó.

Era la voz de Jace.

“Mamá, dile que el tratamiento cuesta más. Si vende la casa, podremos comprar el restaurante antes de fin de año.”

Después se escuchó la risa de Pauline.

“No te preocupes. Savannah haría cualquier cosa por ti.”

El silencio fue absoluto.


Sabrina retrocedió dos pasos.

—¿El restaurante?

Miró a Jace.

—Me dijiste que el dinero era para pagar tus deudas médicas.

Él abrió la boca.

No salió ninguna palabra.


Pauline golpeó la mesa.

—¡Basta!

¡No puedes grabar conversaciones privadas!

Saqué otro documento.

—En este estado, una persona puede grabar una conversación en la que participa.

Todo esto es perfectamente legal.

Su expresión cambió por completo.


En ese momento llamaron a la puerta.

Entraron dos hombres con traje.

Uno llevaba un portafolios negro.

El otro mostró una credencial.

—Unidad de Delitos Financieros.

Venimos a entrevistar al señor Jace Collins.

Jace me miró desconcertado.

—¿Qué hiciste?

Respiré lentamente.

—Hace nueve días presenté una denuncia.

Solo estaban esperando que el dinero cambiara de manos para confirmar el intento de fraude.


Pauline palideció.

—¿Qué dinero?

Saqué el sobre de la mesa.

Lo abrí delante de todos.

Dentro no había comprobantes bancarios.

Solo había hojas en blanco.

Jace se quedó inmóvil.

—¿Dónde está el dinero?

Lo miré fijamente.

—En un fideicomiso bloqueado.

La venta de la casa sí se realizó.

Pero el abogado recibió instrucciones de no liberar un solo dólar hasta que terminara la investigación.


El agente tomó la carpeta que yo había preparado.

Había cientos de páginas.

Registros telefónicos.

Informes médicos.

Correos electrónicos.

Facturas alteradas.

Transferencias bancarias.

Y las grabaciones.


Sabrina comenzó a llorar.

—Yo… yo no sabía que estaba fingiendo estar enfermo.

Creí que realmente tenía cáncer.

La observé unos segundos.

No parecía estar actuando.

Era otra víctima.


Jace dio un golpe sobre la mesa.

—¡Todo esto es culpa tuya!

¡Me tendiste una trampa!

Negué con tranquilidad.

—No.

La trampa la preparaste tú cuando decidiste fingir una enfermedad para quitarme la única casa que me dejó mi padre.


Uno de los agentes cerró lentamente la carpeta.

—Señor Collins.

Necesitamos que nos acompañe.

Pauline intentó interponerse.

—Mi hijo no ha cometido ningún delito.

El agente respondió con serenidad.

—Eso lo determinará el tribunal.

Pero fingir documentación médica para obtener casi quinientos mil dólares constituye un hecho muy grave.


Mientras los agentes escoltaban a Jace hacia la puerta, él se volvió por última vez.

—Savannah…

Por favor.

Podemos arreglar esto.

Lo miré sin odio.

Solo con un cansancio infinito.

—Vendí la casa porque creía que estaba salvando la vida del hombre que amaba.

Lo que realmente salvé fue mi propia vida.

Pensé que todo había terminado.

Entonces mi abogado entró apresuradamente en la habitación.

Llevaba otro sobre.

Su expresión era mucho más seria que antes.

—Savannah…

Acabamos de recibir una llamada del registro de la propiedad.

Fruncí el ceño.

—¿Qué ocurrió?

Respiró hondo antes de responder.

—La casa que vendiste… nunca debía haberse vendido.

Según un documento que apareció hace menos de una hora, tu padre dejó un segundo testamento.

Y si ese documento es auténtico…

La propiedad jamás fue completamente tuya.

Alguien ocultó deliberadamente esa parte de la herencia durante más de quince años.

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