Lucía soltó lentamente el marco de la fotografía.
Alejandro permanecía inmóvil en la puerta.
Su voz había sonado firme.
Pero su rostro no.
Estaba completamente pálido.
—Lo siento —dijo Lucía, dando un paso atrás—. Solo estaba buscando un libro para Mateo.
Los ojos de Alejandro no se apartaban del collar de la fotografía.
Después tomó el marco con cuidado y lo colocó nuevamente en su sitio.
—Hay habitaciones de esta casa que existen por una razón.
—¿Y esa razón es esconder fotografías?
Él no respondió.
Simplemente tomó a Mateo en brazos.
El niño apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Papá…
Fue una de las pocas palabras que Lucía le había escuchado decir.
Alejandro besó suavemente su frente.
—Vamos al jardín.
Antes de salir, volvió a mirar a Lucía.
—Esta conversación termina aquí.
La puerta se cerró.
Pero la imagen del collar permaneció grabada en su memoria.
Era imposible confundirse.
Su madre había llevado aquel colgante durante más de veinte años.
Una cadena de oro sencilla con un pequeño medallón en forma de estrella.
No era una joya costosa.
Era única.
Porque dentro escondía una diminuta fotografía.
Lucía la había visto cientos de veces.
Entonces, ¿cómo era posible que otra mujer la llevara?
Aquella noche llamó al hospital.
—Necesito hablar con la enfermera jefe de la UCI.
Después de varios minutos de espera, una voz respondió.
—Hospital Mercy, buenas noches.
—Soy Lucía Martín. Quería preguntar por un objeto personal de mi madre.
—¿Cuál?
—Un collar de oro con un medallón.
Hubo un silencio incómodo.
—Señorita…
—Sí.
—Ese objeto nunca apareció entre sus pertenencias.
Lucía cerró los ojos.
Lo sabía.
Pero necesitaba escucharlo otra vez.
Los días siguientes transcurrieron con una calma inesperada.
Mateo comenzó a acercarse poco a poco.
Ya no lanzaba las piezas de Lego.
Ahora esperaba a que Lucía construyera algo para luego añadir una pieza.
El cuarto día ocurrió algo que sorprendió incluso a Don Ernesto.
Mateo tomó la mano de Lucía por iniciativa propia.
Solo durante unos segundos.
Pero fue suficiente.
—Nunca había hecho eso con nadie —susurró el mayordomo.
Lucía sonrió.
No dijo nada.
Sabía que la confianza de un niño no se celebraba.
Se protegía.
Esa misma tarde recibió una videollamada del hospital.
Era su madre.
Seguía débil.
Pero consciente.
—¿Cómo estás, mamá?
—Trabajando demasiado.
Las dos sonrieron.
Después Lucía reunió valor.
—Quiero preguntarte algo.
—Dime.
Sacó discretamente una fotografía que había tomado del retrato en la biblioteca.
Solo el rostro de la mujer.
No mostró a Alejandro.
—¿La conoces?
Su madre quedó inmóvil.
El color desapareció de su rostro.
—¿Dónde encontraste esa foto?
Lucía sintió un vuelco en el estómago.
—Entonces sí la conoces.
Su madre tardó varios segundos en responder.
—Se llama Isabel.
—¿Quién era?
Una lágrima apareció en los ojos de su madre.
—Mi mejor amiga.
Lucía quedó paralizada.
—¿Qué?
—Nos conocimos en Barcelona durante la universidad.
La respiración de Lucía comenzó a acelerarse.
—¿Y el collar?
Su madre cerró los ojos.
—Yo se lo regalé.
El mundo pareció detenerse.
—¿Por qué nunca me hablaste de ella?
—Porque pensé que había muerto hace muchos años.
Aquella noche, Lucía apenas pudo dormir.
A la mañana siguiente encontró a Alejandro solo en la terraza.
Miraba el lago en silencio.
—Necesito hacerle una pregunta.
Él no giró la cabeza.
—Depende de cuál sea.
—¿Quién era Isabel?
El hombre permaneció inmóvil.
Después respondió con una calma que dolía.
—Mi esposa.
—Mi madre la conocía.
Ahora sí se volvió lentamente hacia ella.
Por primera vez había emoción en sus ojos.
—¿Qué acabas de decir?
Lucía respiró hondo.
—Eran amigas.
Alejandro dejó caer la taza de café.
La porcelana se hizo añicos contra el suelo.
Una hora después, ambos estaban sentados en el despacho.
Sobre la mesa había fotografías antiguas.
Cartas.
Postales enviadas desde España.
Alejandro las observaba una por una.
—No puede ser…
Lucía señaló una imagen.
Su madre e Isabel abrazadas frente a la Sagrada Familia.
Fecha.
Diecisiete años atrás.
Alejandro llevó una mano al rostro.
—Ella nunca me habló de esto.
—Mi madre tampoco.
Los dos guardaron silencio.
Hasta que Alejandro abrió un cajón.
Sacó una pequeña caja de madera.
Dentro había otro collar.
Exactamente igual.
—Había dos.
Lucía lo miró sorprendida.
—¿Dos?
—Isabel mandó hacer un par.
Uno para ella.
Otro para una amiga a la que consideraba su hermana.
Lucía sintió un escalofrío.
Su madre jamás había perdido aquel collar.
Se lo habían robado en el hospital.
Y el otro seguía allí.
Durante años.
En aquella casa.
Don Ernesto apareció en la puerta.
—Señor…
Su expresión era inusualmente seria.
—Hay un problema.
—¿Qué ocurrió?
—La caja fuerte del despacho fue abierta esta madrugada.
Alejandro frunció el ceño.
—Es imposible.
—Falta un expediente.
—¿Cuál?
El mayordomo tragó saliva.
—El relacionado con el accidente de la señora Isabel.
El silencio cayó como una losa.
Lucía recordó inmediatamente las palabras del médico cuando su propia madre sufrió el accidente meses atrás.
“Los frenos dejaron de funcionar.”
Alejandro abrió lentamente la caja vacía.
Solo quedaba una hoja.
Arrancada de un expediente mucho más grande.
En la esquina inferior aparecía una firma.
No pertenecía a Isabel.
No pertenecía a Alejandro.
Ni siquiera a la policía.

Pertenecía al abogado que representaba desde hacía años a la familia Alcázar.
La misma familia del hombre que había abandonado a Lucía para casarse con su hermanastra.
Alejandro levantó lentamente la vista.
—Creo que nuestras vidas se cruzaron mucho antes de que entraras a esta casa.
Lucía sintió un frío recorrerle la espalda.
Porque, por primera vez, comprendió que el accidente de Isabel, el robo del collar, la traición de Javier y el extraño interés de la familia Alcázar por destruir su vida quizá no eran hechos aislados.
Quizá todos formaban parte de una misma historia que había comenzado muchos años antes de que ella naciera.