PARTE 2: EL SECRETO DEL CRONÓMETRO

La policía llegó pocos minutos después.

Mark salió del baño furioso.

—¿Qué demonios hiciste?

No respondí. Fui directamente hacia Sophie, la envolví en una bata y la llevé conmigo.

Uno de los agentes entró al baño.

Encontró el cronómetro.

El vaso.

Y varios recipientes escondidos debajo del lavabo.

Mark repetía que todo era un malentendido.

—¡Pregúntenle a mi esposa! ¡Jamás le haría daño a Sophie!

Pero yo ya no quería explicaciones de él.

Quería hechos.

Una agente se agachó a cierta distancia de Sophie.

—No estás en problemas. Solo queremos asegurarnos de que estés bien.

Mi hija apretó su conejito.

Entonces señaló el vaso.

—Papá pone el polvo ahí.

Sentí que las piernas me fallaban.

Mark intentó acercarse.

—Sophie, recuerda lo que hablamos…

—¡No le diga nada! —ordenó el agente.

Se lo llevaron a otra habitación.

Horas después, en el hospital, llegó la primera respuesta.

La sustancia de la toalla no era lo que mi imaginación había temido.

Era un preparado medicinal.

Pero eso no hizo que la situación fuera inocente.

Mark llevaba semanas administrándoselo sin mi conocimiento y obligando a Sophie a permanecer durante largos periodos siguiendo una extraña rutina que él llamaba “juegos”.

Cuando pregunté por qué, Sophie finalmente dijo algo que me destrozó:

—Papá decía que tenía que practicar para estar enferma.

La miré.

—¿Practicar?

Asintió.

—Decía que, si lo hacía bien, conseguiríamos mucho dinero.

Todo encajó de golpe.

Los baños interminables.

El cronómetro.

Los síntomas que Sophie había empezado a presentar.

Las visitas médicas que Mark insistía en organizar personalmente.

Y aquella póliza infantil que me había pedido firmar meses atrás diciendo que era “solo protección familiar”.

Llamé inmediatamente a mi abogado.

La investigación posterior reveló algo todavía peor.

Mark había estado creando un historial médico falso para respaldar una futura reclamación económica.

Sophie no era su compañera de juegos.

Era parte de su plan.

Cuando finalmente pude regresar a casa, encontré su computadora sobre el escritorio.

La policía ya había registrado la habitación, pero había algo que nadie parecía haber notado.

Un sobre debajo del teclado.

Tenía mi nombre.

Dentro había una copia de la póliza.

Y detrás, otro documento.

Lo leí dos veces.

Luego una tercera.

La beneficiaria principal no era Sophie.

Tampoco era Mark.

Era una mujer llamada Rebecca Hale.

Nunca había escuchado ese nombre.

Pero debajo aparecía una dirección.

La reconocí inmediatamente.

Era la misma casa a la que Mark decía ir todos los sábados para visitar a su madre.

Tomé una fotografía del documento.

Entonces Sophie apareció detrás de mí.

Al ver el nombre, dejó caer su conejito.

—Mamá…

Me giré.

Mi hija señaló la hoja.

—Rebecca es la señora que papá decía que algún día sería mi nueva mamá.

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