PARTE 2: EL SECRETO DE SOPHIA

—¿Tu hermana?

Sentí que el aeropuerto desaparecía alrededor de nosotros.

Pero Lucas seguía luchando por respirar.

No había tiempo para explicaciones.

La ambulancia llegó minutos después. Adrian intentó subir con nosotros.

—No.

—Elena, es mi hijo.

—Ahora mismo es mi paciente antes que cualquier otra cosa.

En el hospital confirmé lo que más temía.

Lucas tenía la mutación cardíaca que mi equipo llevaba años investigando.

La misma enfermedad que había destruido lentamente el corazón de Sophia.

Cuando finalmente estabilizaron a mi hijo, encontré a Adrian esperando fuera.

Emma dormía abrazada a su saco.

Aquella imagen me hizo detenerme.

—Explícame todo.

Adrian me entregó su teléfono.

Había fotografías.

Sophia y Adrian de niños.

Certificados.

Documentos médicos.

Una prueba genética.

Mismos padres.

Misma familia.

—Sophia era hija de mi padre —dijo—. Pero nació fuera del matrimonio. Mi abuelo ordenó mantenerlo en secreto para evitar un escándalo.

—¿Por qué me dijiste que era tu antiguo amor?

—Nunca lo dije.

Me quedé inmóvil.

Tenía razón.

Yo lo había supuesto.

Su madre hablaba de Sophia como “la mujer que Adrian jamás olvidaría”.

Los empleados murmuraban.

Y cuando pregunté directamente quién era, Adrian respondió:

“Alguien a quien debo proteger.”

Nunca explicó más.

—Entonces ¿por qué divorciarte de mí?

Su expresión se endureció.

—Porque Sophia descubrió que alguien estaba manipulando los ensayos de Walker Biotech.

Sentí frío.

—¿Qué ensayos?

—Los relacionados con su enfermedad.

Sophia había descubierto irregularidades en un tratamiento experimental.

Datos modificados.

Resultados adversos ocultados.

Pacientes seleccionados para hacer que el medicamento pareciera más efectivo.

Y detrás aparecía un nombre.

Richard Walker.

El tío de Adrian.

—Sophia quiso denunciarlo —continuó—. Dos días después manipularon los frenos de su automóvil.

Recordé aquella época.

Adrian llegando a casa de madrugada.

Las llamadas misteriosas.

Los guardaespaldas.

Su repentina obsesión por enviarme lejos.

—Richard sabía que tú estabas trabajando en genética cardíaca —dijo—. Pensó que Sophia te había entregado información.

—¿Por eso me divorciaste?

—Pensé que si públicamente te expulsaba de mi vida, dejarías de ser útil para atacarme.

Me reí con amargura.

—Me destruiste para protegerme.

Adrian bajó la mirada.

—Sí.

—Entonces fuiste un cobarde.

No discutió.

—Debiste confiar en mí.

—Lo sé.

—Debiste dejarme decidir.

—Lo sé.

—Y ahora acabas de retirar fondos de mi ensayo para obligarme a quedarme.

Por primera vez pareció avergonzado.

—Eso fue imperdonable.

—Sí.

Sacó el teléfono.

Delante de mí llamó al consejo de Walker Biotech.

—Restablezcan inmediatamente toda la financiación del proyecto de la doctora Morris. Sin condiciones. Y transfieran el patrocinio a un fideicomiso independiente. Yo no tendré autoridad para retirarlo nuevamente.

Colgó.

No lo perdoné.

Pero al menos había entendido algo.

Horas después llegaron los resultados completos de Lucas.

La mutación estaba allí.

Entonces Emma también fue examinada.

Negativa.

Adrian permaneció sentado durante todo el proceso.

Finalmente preguntó:

—¿Hay tratamiento?

Miré a través del cristal hacia Lucas.

—Por eso regresé.

Mi investigación en Harvard no era casualidad.

Durante años había estudiado precisamente aquella mutación.

Habíamos desarrollado una terapia experimental prometedora.

Y necesitábamos financiación para iniciar la siguiente fase.

Adrian comprendió.

—Walker Biotech.

—Sí.

Pero antes de continuar había algo más.

Saqué dos sobres de mi bolso.

—¿Qué son?

—Las pruebas de paternidad que hice antes de viajar.

Adrian no las abrió.

—No necesito verlas.

—Yo necesito que las veas.

99,99%.

Lucas.

99,99%.

Emma.

Adrian cerró los ojos.

Durante seis años había tenido dos hijos sin saberlo.

Pero cuando volvió a mirarme no exigió custodia.

No ordenó nada.

Solo preguntó:

—¿Puedo conocerlos?

Aquella diferencia importaba.

—Cuando Lucas esté mejor. Y despacio.

Asintió.

—Como tú decidas.

Tres días después, mientras revisábamos antiguos archivos médicos de Sophia buscando información útil para Lucas, encontré algo extraño.

Un estudio genético fechado siete años atrás.

Sophia no solo tenía la mutación.

Había dejado una muestra biológica y una carta dirigida específicamente a mí.

La abrí.

No contenía ninguna confesión romántica.

Contenía datos.

Cientos de páginas que podían acelerar mi investigación varios años.

Al final había una nota breve:

“Elena sabrá qué hacer con esto.”

Miré a Adrian.

—Ella sabía quién era yo.

—Siempre.

—¿Y confiaba en mí?

—Más que en cualquiera de nosotros.

Entonces comprendí por qué Adrian había palidecido al ver el ataque de Lucas.

Sophia no había regresado para quitarme a mi esposo.

Había regresado porque estaba muriendo.

Y ahora la enfermedad que se la había llevado estaba dentro de nuestro hijo.

Pero esta vez yo tenía algo que Sophia nunca tuvo.

Años de investigación.

Su información.

Y una oportunidad.

Me acerqué al cristal de la habitación de Lucas.

Adrian se colocó a varios pasos de distancia, sin intentar tocarme.

—Elena…

—No confundas esto con una reconciliación.

—No lo haré.

Miré a nuestro hijo.

—Primero salvamos a Lucas.

Después miré directamente a Adrian.

—Luego me contarás quién mató realmente a Sophia.

Su rostro se endureció.

—Ya lo sé.

—¿Richard?

Adrian negó lentamente.

—Richard manipuló los ensayos.

Hizo una pausa.

—Pero la orden contra Sophia salió de alguien que todavía dirige Walker Biotech.

Sentí que se me helaba la sangre.

Porque la presidenta de Walker Biotech era la misma mujer que seis años atrás me había abrazado después del divorcio y me había dicho que siempre me consideraría su hija.

La madre de Adrian.

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