PARTE 2: EL SECRETO DE ERNESTO

Marta empujó la puerta.

—Ernesto…

Él se cubrió inmediatamente con la camisa.

—¿Qué haces aquí?

—Treinta y cinco años —susurró ella—. ¿Cuánto tiempo pensabas seguir ocultándome esto?

Ernesto bajó la mirada.

—Hasta morirme.

Marta sintió que se le quebraba el pecho.

—¿Quién te hizo eso?

Él permaneció en silencio.

Entonces ella vio algo dentro de la bolsa de farmacia.

No solo había vendas y medicamentos.

Había una fotografía antigua.

En ella aparecía Ernesto, mucho más joven, junto a Julián y Teresa cuando eran niños.

Detrás estaba escrita una fecha.

La misma noche en que la antigua casa familiar se había incendiado treinta y cinco años atrás.

Marta palideció.

—¿Tiene que ver con el incendio?

Ernesto cerró los ojos.

—Sí.

Aquella madrugada, según la versión que todos conocían, un cortocircuito había provocado el fuego.

Ernesto había logrado sacar a sus dos hijos.

Él terminó hospitalizado durante semanas.

Nunca volvió a hablar del tema.

—No fue un cortocircuito —dijo finalmente.

Marta dejó de respirar.

—¿Entonces qué pasó?

Ernesto se sentó lentamente.

—Julián encontró unos cerillos.

Marta negó.

—Tenía seis años.

—Por eso nunca dije nada.

El fuego comenzó en una cortina mientras todos dormían.

Ernesto despertó entre humo.

Sacó primero a Teresa.

Después volvió por Julián.

Una viga cayó sobre su espalda mientras protegía al niño con su propio cuerpo.

Las quemaduras fueron tan graves que los médicos advirtieron que algunas lesiones nunca sanarían completamente.

—¿Por qué me dijiste que fue un accidente eléctrico?

Ernesto levantó los ojos.

—Porque Julián escuchó a los bomberos preguntarme qué había ocurrido.

Su voz se quebró.

—Y cuando me vio quemado, empezó a decir que había matado a su papá.

Marta se llevó una mano a la boca.

—Era un niño.

—Exactamente.

Ernesto había decidido cargar él solo con aquella verdad.

Ocultó las cicatrices para que Julián nunca relacionara su cuerpo con aquella noche.

Se curaba de madrugada para que sus hijos no vieran las heridas.

Nunca iba a albercas.

Nunca se quitaba la camisa.

Y cuando el dolor empeoraba, se alejaba de las reuniones familiares para que nadie lo notara.

De repente, una voz apareció detrás de ellos.

—¿Fui yo?

Ernesto se congeló.

Julián estaba en el patio.

Había llegado temprano para llevar a sus padres a una cita médica.

Teresa estaba detrás de él.

—Papá… —susurró Julián—. ¿Yo provoqué aquel incendio?

Ernesto se levantó.

—Eras un niño.

—¿Por mi culpa tienes la espalda así?

—No.

—¡Dime la verdad!

Julián comenzó a llorar.

Ernesto caminó hacia él.

—Mírame.

Su hijo no pudo.

—Julián, mírame.

Finalmente lo hizo.

—Esas cicatrices no existen porque tú encendiste un cerillo. Existen porque yo era tu padre y fui a buscarte.

Julián se derrumbó.

Por primera vez desde que era niño, abrazó a Ernesto con fuerza.

Teresa se unió a ellos llorando.

—Treinta y cinco años, papá…

—No quería que cargaran con esto.

Marta acarició el rostro de su esposo.

Entonces vio algo extraño.

Debajo de las vendas había una herida mucho más reciente.

—Ernesto… esto no es una cicatriz vieja.

Él intentó cubrirla.

Marta le apartó la mano.

—¿Qué te dijeron los médicos?

Silencio.

Julián dejó de llorar.

—Papá.

Ernesto respiró profundamente.

—Hace tres meses me hicieron estudios.

Sacó otro sobre de la bolsa.

—Las lesiones llevan años complicándose. Necesito tratamiento y posiblemente cirugía.

—¿Y pensabas hacerlo solo? —preguntó Teresa.

Ernesto sonrió con tristeza.

—Ustedes tienen sus propias familias.

Julián rompió a llorar otra vez.

—Toda mi vida pensé que eras frío porque no nos querías.

Teresa apretó la mano de su padre.

—Y estabas sufriendo por habernos salvado.

Ernesto bajó la cabeza.

Marta tomó las vendas de sus manos.

—Se acabaron las cuatro de la mañana.

Él la miró confundido.

—¿Qué?

—Nunca más vas a encerrarte para sufrir solo.

Julián tomó otra venda.

Teresa acercó una silla.

Y aquella madrugada, por primera vez en treinta y cinco años, Ernesto dejó la puerta del baño abierta.

Pero cuando Marta recogió la vieja fotografía del suelo, descubrió algo escrito detrás que ninguno de sus hijos había visto.

Una frase con la letra de Ernesto:

“Julián nunca encendió ese fuego.”

Marta levantó lentamente la mirada.

Si Julián no había provocado el incendio…

entonces Ernesto todavía estaba protegiendo a alguien.

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