PARTE 2: EL SECRETO BAJO LA CAMPANA

Sor Beatriz descendió lentamente.

Ya no parecía la anciana discreta que llevaba veintidós años abriendo y cerrando el convento.

—Aléjese de Gabriel —ordenó.

Caridad se interpuso frente al hombre.

—¿Fuiste tú?

Beatriz sonrió.

—Yo fui quien permitió que todo continuara.

Esperanza abrazó a Miguel.

—¿Por qué?

—Porque ustedes nunca entendieron lo que llevan en la sangre.

Beatriz señaló el libro.

—Gabriel y tú nacieron dentro de un programa clandestino. Durante años estudiaron una anomalía genética de su familia. Cuando escapaste y entraste al convento, creyeron haberte perdido.

Caridad comprendió.

—Hasta que encontraron a Gabriel.

—Exactamente.

Paloma palideció.

—¿Y los embarazos?

—Necesitaban comprobar si la característica podía heredarse.

Esperanza tembló.

—¿Mis hijos fueron experimentos?

Beatriz no respondió.

Eso bastó.

Entonces Gabriel volvió a murmurar:

—El último bebé…

Todos lo miraron.

—¿Qué tiene? —preguntó Esperanza.

Gabriel señaló débilmente hacia una caja metálica.

Paloma la abrió.

Dentro había expedientes médicos.

Tres carpetas.

LUCÍA.

MIGUEL.

Y una tercera marcada con la fecha probable del parto.

Paloma empezó a leer.

Su rostro cambió.

—Esto no puede ser.

—¿Qué? —exigió Caridad.

Paloma levantó lentamente los ojos.

—Los dos primeros embarazos fueron inducidos con material genético seleccionado por la institución.

Esperanza casi dejó de respirar.

—¿Y este?

—No coincide.

Beatriz dio un paso hacia ellas.

—Dame esa carpeta.

Caridad la tomó primero.

Entonces entendió por qué alguien había realizado el tercer procedimiento sin Paloma.

Había otra persona involucrada.

Alguien dentro del convento.

Los pasos volvieron a escucharse arriba.

Beatriz miró hacia el túnel.

Ese instante de distracción bastó.

Caridad cerró la puerta de hierro entre ellas y giró el antiguo cerrojo.

—¡Abra! —gritó Beatriz golpeando el metal.

—Veinte años custodiando puertas —respondió Caridad—. Deberías saber que también sirven para dejar a los monstruos fuera.

Aquella noche sacaron a Gabriel por una antigua salida del cementerio.

Caridad llamó a las autoridades.

También entregó el libro, los medicamentos, las fotografías y los expedientes.

Pero Beatriz desapareció antes de que llegaran.

Durante los meses siguientes, la investigación reveló una red mucho mayor.

El convento nunca había sido el origen.

Solo uno de sus escondites.

Gabriel fue hospitalizado bajo protección.

Paloma aceptó colaborar con la investigación.

Y Esperanza abandonó temporalmente Santa Aurelia con sus hijos.

Tres meses después comenzó el parto.

Caridad estuvo a su lado.

Cuando finalmente escucharon el llanto del bebé, Esperanza cerró los ojos, agotada.

—¿Está bien?

El médico no respondió inmediatamente.

Observaba algo en el recién nacido.

Caridad sintió miedo.

—Doctor.

El hombre levantó la mirada.

—Está perfectamente sano.

Entonces giró suavemente al bebé.

En la parte posterior de su hombro había una pequeña marca de nacimiento.

Esperanza dejó de respirar.

Gabriel tenía exactamente la misma.

Pero aquello no fue lo que hizo llorar a Paloma.

Fue el resultado del análisis que llegó horas después.

El tercer bebé no poseía el marcador genético que la organización llevaba años intentando reproducir.

Era completamente distinto de Lucía y Miguel.

Eso significaba que el tercer embarazo jamás había formado parte del experimento original.

Alguien había cambiado deliberadamente el procedimiento.

Dos días después llegó la respuesta.

La policía había encontrado a Beatriz.

Y entre sus pertenencias apareció una carta escrita años atrás.

Caridad la leyó frente a Esperanza.

Beatriz había pertenecido originalmente al programa.

Pero había entrado al convento veintidós años antes por otra razón:

proteger a dos bebés que aquella organización planeaba utilizar.

Gabriel y Esperanza.

—Entonces… ¿ella nos protegía? —susurró Esperanza.

—Al principio —respondió Caridad—. Después terminó convirtiéndose en parte de aquello que intentaba detener.

Esperanza miró a sus tres hijos.

Por primera vez entendió que nunca habían sido milagros inexplicables.

Habían sido víctimas de decisiones tomadas por otros.

Pero allí terminaba.

Meses después, Santa Aurelia cerró definitivamente el túnel.

La mesa quirúrgica desapareció.

Los expedientes quedaron en manos de investigadores.

Y la vieja campana fue retirada.

Esperanza decidió quedarse con sus hijos fuera del convento mientras reconstruía su vida.

Antes de marcharse, Caridad le preguntó:

—¿Volverás algún día?

Esperanza miró a Lucía corriendo entre los árboles, a Miguel intentando seguirla y al bebé dormido entre sus brazos.

Sonrió.

—Quizá.

Después miró la torre vacía.

—Pero nunca volveré a permitir que alguien llame voluntad de Dios a lo que hicieron los hombres.

Y por primera vez desde que comenzaron aquellos embarazos, ninguna campana sonó detrás de ella.

Related Posts

PARTE 2: LA CAJA ROJA NO ERA UN REGALO… ERA LA RAZÓN POR LA QUE GENE PODÍA PERDERLO TODO

Gene abrió la caja. Primero frunció el ceño. Después gritó. —¡¿QUÉ DEMONIOS ES ESTO?! Dentro no había joyas. Había una pequeña llave plateada y una tarjeta doblada….

PARTE 2: EL LOBBY ERA EL PEOR LUGAR PARA ESCONDERME

Daniel Cole no recogió la carpeta que había caído al suelo. Seguía mirándome. Luego miró mi uniforme. La placa sobre mi pecho decía: OLIVIA HAYES — RECEPCIÓN…

PARTE 2: LA PULSERA NO ERA DE CLARA

—Detén el coche. Adrián me miró por el retrovisor. —Está lloviendo. —He dicho que pares. El automóvil se detuvo junto a la acera. Antes de bajar, respiré…

PARTE 2: CUANDO DESPERTÉ, ALEXANDER YA NO ERA EL PRESIDENTE

A las siete y doce de la mañana encendí el teléfono. Ciento diecinueve llamadas perdidas. Alexander había llamado cuarenta y tres veces. Su padre, diecisiete. Vanessa, nueve….

PARTE 2: LA POLICÍA NO HABÍA VENIDO POR MI DÓLAR

Daniel apartó ligeramente la cortina. —Claire… son policías. Sentí un vuelco en el estómago. Dos agentes esperaban frente a nuestra puerta. Abrí. —¿Claire Morgan? —Sí. —Necesitamos hacerle…

PARTE 2: EL HOMBRE DEL MAYBACH NO ERA SU NOVIO

Valeria salió lentamente del coche. —Señor Bennett… Mi padre arqueó una ceja. —¿Nos conocemos? Aquella pregunta me dejó helada. Valeria también. —Papá —dije—, ella lleva cuatro años…

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *