PARTE 2: EL SECRETO BAJO EL CONVENTO

Aquella noche apagué las luces de mi oficina, pero no dormí.

Lucía estaba en la habitación contigua con sus dos hijos.

Yo permanecí sentada junto a la puerta.

A las once.

Nada.

A medianoche.

Nada.

A la una y media escuché llorar brevemente al bebé.

Lucía lo calmó.

Después volvió el silencio.

A las 2:43 de la madrugada escuché algo.

Un golpe suave.

No venía del pasillo.

Venía de dentro de la habitación de Lucía.

Me puse de pie.

La puerta seguía cerrada.

La llave continuaba colgada de mi cuello.

Entonces escuché un segundo ruido.

Como madera rozando piedra.

Abrí.

Lucía dormía.

Los niños también.

Pero el armario estaba ligeramente separado de la pared.

Aquello era imposible.

Yo misma había revisado esa habitación.

Me acerqué.

Detrás del armario había una pequeña abertura.

Y dentro, una escalera descendía hacia la oscuridad.

Sentí que se me helaban las manos.

No necesitaban entrar por las puertas del convento.

Había otra entrada.

Desperté a Lucía y la llevé con los niños a mi oficina.

Después llamé a Rachel y a la policía.

No bajé sola.

Cuando los agentes llegaron, apartaron completamente el armario.

La escalera conducía a un antiguo corredor subterráneo.

Uno de los policías iluminó las paredes.

—¿Sabía que esto existía?

—No.

El convento tenía más de ciento cincuenta años. Había planos antiguos que nunca habíamos podido localizar.

Avanzamos.

El túnel terminaba bajo la enfermería.

La enfermería de la hermana Beatriz.

Dentro encontraron una puerta oculta detrás de una estantería.

Pero aquello no fue lo peor.

En un armario cerrado había medicamentos, material médico y varias carpetas.

Una tenía escrito:

LUCÍA M.

Rachel la abrió.

Su rostro perdió el color.

Había fechas.

Horarios.

Anotaciones sobre ciclos hormonales.

Registros de sedación.

Y referencias a procedimientos médicos realizados sin conocimiento de Lucía.

—Dios mío —susurró Rachel.

Yo miré a Beatriz.

La habían encontrado intentando salir por el cobertizo trasero.

—¿Qué le hicieron?

Beatriz empezó a llorar.

—Yo solo seguía instrucciones.

—¿De quién?

No respondió.

Uno de los agentes encontró entonces una caja metálica.

Dentro había recibos y transferencias.

Todas procedían de una clínica privada situada a cuarenta kilómetros.

Rachel reconoció el nombre.

—Esa clínica cerró hace cuatro años.

—No —respondió Beatriz.

Todos la miramos.

—Oficialmente cerró.

Lucía apareció en la puerta acompañada por una agente.

Había escuchado suficiente.

—¿Mis hijos?

Su voz temblaba.

—¿Qué tienen que ver mis hijos con esa clínica?

Beatriz bajó la cabeza.

—Lucía…

—¡Mírame!

Beatriz levantó los ojos.

—¿Quién es el padre?

El silencio fue insoportable.

Finalmente, Beatriz respondió:

—No hay un solo padre.

Lucía quedó inmóvil.

Rachel cerró la carpeta de golpe.

La investigación posterior reveló que Lucía había sido víctima de procedimientos reproductivos realizados sin su consentimiento mientras estaba sedada.

Sus embarazos nunca habían sido milagros.

Tampoco había roto sus votos.

Habían utilizado su aislamiento para esconder un delito.

Y Beatriz había ayudado.

Pero no era quien lo había organizado.

Había alguien fuera del convento pagando por todo.

Tres semanas después recibimos los primeros resultados de las pruebas genéticas.

Rachel llegó a mi oficina con un sobre.

—Teresa, tenemos un problema.

—¿Qué encontraron?

Colocó tres informes sobre mi escritorio.

Uno correspondía al primer niño.

Otro al segundo.

El tercero al embarazo actual.

—No comparten el mismo padre.

Sentí un escalofrío.

—Entonces había varios hombres involucrados.

Rachel negó lentamente.

—Eso no es lo extraño.

Señaló los documentos.

—Los perfiles genéticos coinciden con tres muestras almacenadas por la misma clínica.

—¿De quién?

Rachel respiró profundamente.

—De tres hombres pertenecientes a familias extremadamente ricas.

Entonces comprendí por qué alguien había gastado tanto dinero manteniendo aquello en secreto.

Lucía nunca había sido elegida al azar.

Y sus hijos tampoco.

La policía encontró finalmente al antiguo director de la clínica.

Cuando lo interrogaron, pidió un abogado.

Pero antes de guardar silencio dijo una frase:

—Si creen que Santa Clara fue el único convento, todavía no han entendido nada.

Aquella noche miré las habitaciones donde había vivido durante veinte años.

Por primera vez ya no vi un lugar protegido del mundo.

Vi un escondite perfecto.

Y comprendí que nuestra investigación apenas acababa de comenzar.

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