PARTE 2: EL SÁBADO MARCADO

Lucía no retrocedió.

Aunque el corazón le golpeaba con tanta fuerza que apenas podía respirar, sostuvo la mirada de Arturo.

—Lo suficiente.

Él permaneció inmóvil durante varios segundos.

Luego sonrió.

Una sonrisa lenta.

Completamente distinta de la que había usado durante ocho años de matrimonio.

—¿Y qué crees que escuchaste?

Lucía cruzó los brazos para ocultar el temblor de sus manos.

—Escuché que esa bufanda tiene un localizador.

Escuché que existe una mujer llamada Mariana.

Y escuché a una niña llamarte papá.

Por primera vez, Arturo dejó de sonreír.

—Estás sacando conclusiones muy rápidas.

—Entonces explícalo.

Él guardó el teléfono negro dentro del bolsillo del pantalón.

—Es un proyecto de seguridad para un cliente.

Lucía soltó una pequeña risa.

—¿Y la niña también es cliente?

El silencio cayó entre ambos.

Arturo dio un paso hacia ella.

No levantó la voz.

Eso hizo que resultara mucho más inquietante.

—Lucía…

Hay cosas que es mejor no preguntar.

Ella sintió un escalofrío.

En ocho años nunca le había hablado de esa manera.

—¿Qué va a pasar el sábado?

Los ojos de Arturo cambiaron.

Solo un instante.

Pero ella lo vio.

Miedo.

Después volvió a recuperar la calma.

—Nada.

Simplemente tenemos una cita con unos compradores.

—¿En dónde?

—Todavía no está confirmado.

Demasiadas respuestas.

Demasiado rápidas.

Demasiado preparadas.

Lucía comprendió que ya no podía seguir fingiendo.

—Voy a trabajar.

Se dio media vuelta.

Arturo no intentó detenerla.

Solo dijo antes de que saliera del cuarto:

—No olvides usar la bufanda.

Ella cerró lentamente la puerta.

Y supo que jamás volvería a ponérsela.


A las nueve de la mañana llegó al pequeño taller de costura.

Ximena ya la estaba esperando.

Cerró la cortina metálica antes de hablar.

—Sabía que iba a regresar.

Lucía dejó la bufanda sobre la mesa.

—Quiero toda la verdad.

La joven respiró hondo.

Después tomó un pequeño descosedor.

Con movimientos precisos abrió la costura interior de la etiqueta.

Apareció una diminuta cápsula negra.

No medía más de dos centímetros.

—¿Qué es eso?

—Un rastreador GPS.

Tiene batería para unos cinco días.

Lucía sintió un nudo en el estómago.

—¿Cómo sabes tanto?

Ximena bajó la mirada.

—Porque yo misma lo cosí.

—¿Por qué lo hiciste?

—No sabía para qué era.

El hombre dijo que era un regalo sorpresa para su esposa.

Que quería encontrarla fácilmente durante un viaje.

Cuando terminé…

Escuché una conversación que nunca debí escuchar.

Lucía permaneció completamente inmóvil.

—¿Qué conversación?

Ximena cerró la puerta del taller con llave.

Luego habló casi en un susurro.

—Él no estaba solo.

Había una mujer.

Muy elegante.

Se llamaba Mariana.

Ella preguntó:

“¿Estás seguro de que Lucía irá sola?”

Arturo respondió:

“Siempre visita esa propiedad los sábados.”

Después Mariana dijo algo que todavía no puedo olvidar.

“Cuando desaparezca, nadie relacionará la casa con nosotros.”

Lucía sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

—¿Desaparezca?

Ximena asintió lentamente.

—Quise llamar a la policía.

Pero no tenía pruebas.

Solo esa conversación.

Por eso escondí el rastreador donde pudiera encontrarlo.

Esperaba que usted regresara.

Lucía tardó varios segundos en recuperar la voz.

—¿Qué propiedad mencionaban?

—No escuché la dirección.

Solo dijeron…

Que estaba cerca de un lago.


Aquella misma tarde, Lucía decidió no regresar a casa.

Se estacionó frente a una cafetería.

Desde allí observó discretamente la entrada de su propia vivienda.

A las seis y veinte apareció Arturo.

No entró solo.

Una mujer rubia descendió de un automóvil gris.

Era elegante.

De unos cuarenta años.

Exactamente como la había descrito Ximena.

No se abrazaron.

Ni siquiera se tomaron de la mano.

Actuaban con demasiada cautela.

Pero cuando Arturo creyó que nadie los observaba, le entregó discretamente un sobre amarillo.

La mujer lo abrió apenas unos centímetros.

Dentro había fotografías.

Planos.

Y un mapa.

Lucía utilizó el zoom del celular.

No alcanzó a leer el contenido.

Pero sí vio claramente una palabra escrita en la esquina superior.

SÁBADO.

El pecho comenzó a dolerle.

Tomó varias fotografías antes de que ambos se separaran.

En ese instante sonó su teléfono.

Era Renata.

—Mamá, ¿estás bien?

Lucía observó nuevamente la pantalla donde acababa de capturar las imágenes.

—Necesito que vengas a mi casa.

Pero no entres.

Y si dentro de las próximas cuarenta y ocho horas dejo de contestarte…

Quiero que entregues estas fotografías directamente a la policía.

Renata guardó silencio.

Nunca había escuchado a su madre hablar así.

—¿Qué está pasando?

Lucía levantó la vista.

Al otro lado de la calle, Arturo seguía de pie.

La estaba mirando.

No sonreía.

No saludaba.

Solo la observaba fijamente.

Como si acabara de descubrir que ella ya conocía una parte de la verdad.

Y por primera vez desde que comenzó todo, Lucía comprendió que el verdadero peligro no era el rastreador escondido dentro de una bufanda.

El verdadero peligro era que Arturo acababa de darse cuenta de que su esposa ya no era la mujer ingenua que pensaba poder llevar, sin hacer preguntas, hasta aquella misteriosa cita del sábado.

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