PARTE 2: EL ROSTRO DETRÁS DE MOON

Vanessa subió al escenario veinte minutos después.

Llevaba mi premio preparado en las manos antes incluso de que anunciaran el nombre.

Yo permanecí detrás del telón, empapada en aquel líquido rojo.

Nadie había apagado mi micrófono.

Y, más importante aún, nadie había comprobado qué cámaras seguían transmitiendo.

El presentador sonrió.

—Esta noche celebramos a Moon, la pianista que ha emocionado a millones sin revelar jamás públicamente todos los secretos detrás de su identidad.

Vanessa avanzó hacia el centro.

Entonces la pantalla gigante cambió.

Ya no mostraba su rostro.

Mostraba el backstage.

Adrian apareció sosteniendo el cubo.

La grabación repitió su voz con absoluta claridad:

—Ahora tendrás que cambiarte. Vanessa recibirá el premio.

El auditorio quedó en silencio.

Después apareció Ethan sujetándome la muñeca.

—¿Crees que alguien quiere ver ese rostro sobre un escenario?

Vanessa dejó de sonreír.

—¡Apaguen eso!

Pero nadie lo hizo.

Salí.

Sin cambiarme.

Sin limpiar el vestido.

Y sin velo.

Cuando las luces tocaron mi rostro, escuché cientos de respiraciones contenidas.

Mi cicatriz quedó completamente expuesta.

Adrian corrió hacia mí.

—Claire, estás destruyendo a nuestra familia.

Lo miré.

—No. Estoy dejando de destruirme para conservarla.

Me acerqué al piano.

—Durante cinco años, Vanessa prestó su rostro a Moon.

Hice una pausa.

—Pero jamás prestó sus manos.

Me senté.

Y toqué.

No necesité explicar nada más.

Las primeras notas bastaron.

Aquella pieza nunca había sido publicada. La había compuesto para mi madre antes de que muriera y solo tres personas conocían la partitura.

Vanessa no era una de ellas.

Cuando terminé, el auditorio entero estaba de pie.

Vanessa lloraba.

Esta vez de verdad.

—¡Yo también soy Moon! —gritó—. ¡Mi rostro construyó esa imagen!

—Entonces toca.

El silencio cayó otra vez.

Vanessa miró el piano.

No se movió.

Adrian intentó subir al escenario, pero seguridad lo detuvo.

Ethan permanecía inmóvil entre bastidores.

Su rostro había cambiado.

De repente, mi cicatriz ya no parecía molestarle.

Qué curioso.

Una hora antes yo no tenía “elegancia”.

Ahora que todo el auditorio pronunciaba mi nombre, volvía a mirarme como si me perteneciera.

Pero todavía faltaba lo más importante.

Saqué mi teléfono.

—Desde esta noche quedan revocadas todas las autorizaciones que permitían a Vanessa utilizar mi identidad artística.

La pantalla mostró documentos preparados por mis abogados.

Contratos.

Derechos musicales.

Licencias de imagen.

Y registros originales de mis composiciones.

Todo estaba a mi nombre.

Claire Morgan.

Vanessa palideció.

—No puedes hacerme esto.

—Puedo.

—¡Estoy enferma!

La miré durante unos segundos.

—Precisamente sobre eso quería hablar.

Adrian se quedó rígido.

Durante meses había pagado especialistas privados para Vanessa.

Yo también.

Solo que tres semanas antes había pedido una auditoría independiente de las facturas.

Los resultados habían llegado aquella mañana.

Vanessa sí tenía una condición médica.

Pero no era terminal.

Los documentos que afirmaban que podía morir en cualquier momento habían sido manipulados.

Su enfermedad había sido utilizada durante años para mantenernos obedientes.

Adrian la miró como si acabara de verla por primera vez.

—¿Me mentiste?

Vanessa retrocedió.

—Tenía miedo de que Claire me quitara todo.

Sentí una calma extraña.

—Vanessa, nunca tuve que quitarte nada.

Señalé el escenario.

—Todo esto siempre fue mío.

Ethan apareció entonces.

—Claire, podemos arreglarlo.

Casi me dio lástima.

Sacó nuevamente la pequeña caja.

—Estaba enfadado. Dije cosas que no sentía.

Miré el anillo.

Después miré hacia Vanessa.

—Enséñale el tuyo.

Ella se quedó quieta.

—¿Qué?

—El anillo de un millón de dólares que Ethan compró para ti.

El rostro de Adrian cambió otra vez.

Vanessa comenzó a negar.

Pero Ethan ya había bajado la cabeza.

Era suficiente.

Me quité el micrófono y lo dejé sobre el piano.

—Durante cinco años os di oportunidades porque pensé que perderos sería quedarme sola.

Miré a mi hermano.

Después a Vanessa.

Finalmente a Ethan.

—Esta noche entendí que ya estaba sola.

Tomé el premio.

—La diferencia es que mañana dejaré de estar rodeada de personas que viven de mí.

Seis meses después, Moon publicó por primera vez un álbum mostrando su verdadero rostro.

Mi rostro.

La cicatriz apareció en la portada sin retoques.

Vanessa perdió el derecho a utilizar mi nombre artístico y varios contratos exigieron responsabilidades por las falsas representaciones realizadas durante aquellos años.

Adrian intentó reconciliarse conmigo.

No acepté.

Ethan también regresó.

Le devolví todas sus cartas sin abrir.

La última vez que vi a Vanessa fue fuera de un estudio.

Me preguntó:

—¿Nunca vas a perdonarme?

Pensé unos segundos.

—Quizá algún día.

Abrí la puerta.

—Pero perdonarte no significa devolverte mi vida.

Aquella noche subí al escenario ante miles de personas.

Ya no llevaba velo.

Me senté frente al piano y las luces iluminaron cada centímetro de mi cicatriz.

Durante cinco años creí que Vanessa me había robado el rostro.

Estaba equivocada.

Yo se lo había prestado porque me convencieron de que el mío no merecía ser visto.

Y recuperar mi vida comenzó con algo mucho más sencillo que una venganza:

dejar de esconderme.

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