PARTE 2: EL ROBO REAL

Renata no abrió la memoria USB de inmediato.

Permaneció varios segundos mirando la prueba de ADN.

Las manos le temblaban.

—¿Julián sabe esto? —preguntó finalmente.

Iván negó con la cabeza.

—Cree que Emiliano es su hijo.

—¿Y Mauricio?

—Mauricio lo sabe desde que el niño nació.

El silencio dentro del automóvil se volvió insoportable.

Cinco años.

Cinco años viendo a Julián viajar constantemente a Japón para trabajar creyendo que todo lo hacía por su familia.

Cinco años pagando escuelas, médicos y cumpleaños de un niño que biológicamente era hijo de su propio hermano.

Renata sintió un nudo en la garganta.

Pero todavía no era lo peor.

Iván colocó el teléfono sobre el tablero.

—Mira esto.

Era un video de seguridad.

Fecha.

Hora.

Una boutique de lujo en Polanco.

Mauricio aparecía sonriendo mientras entregaba su tarjeta corporativa.

Camila se probaba una bolsa color marfil.

La misma de veintiún mil quinientos pesos.

Él mismo la ayudó a colocarla sobre el hombro.

Después la abrazó.

Y la besó.

No había dudas.

No era una aventura reciente.

Era una relación que llevaba demasiado tiempo.

Renata cerró los ojos.

Respiró hondo.

—¿Qué contiene la memoria?

Iván tardó unos segundos en responder.

—Todo.

Aquella misma noche llegaron a la oficina de la empresa.

Solo ellos dos.

Renata conectó la memoria al ordenador.

Aparecieron decenas de carpetas.

Transferencias.

Facturas.

Audios.

Contratos.

Y una carpeta titulada:

“Proyecto Familiar”.

Al abrirla encontró una hoja de cálculo.

Más de ciento cuarenta movimientos bancarios.

Cada uno llevaba el mismo concepto.

“Servicios de consultoría”.

El destinatario siempre cambiaba.

Pero las cuentas terminaban en manos de tres personas.

Teresa.

Octavio.

Camila.

Durante cuatro años habían utilizado empresas fantasma para sacar dinero de la compañía.

Más de treinta y ocho millones de pesos.

Renata dejó escapar el aire lentamente.

—Dios mío…

Iván abrió otro archivo.

Era una conversación grabada.

La voz de Teresa sonó inmediatamente.

—Mientras Renata siga administrando la empresa, nadie sospechará. Todos creen que es la responsable de las finanzas.

Después habló Mauricio.

—Ella firma sin leer cuando le digo que son pagos a proveedores.

Renata sintió un vacío en el estómago.

Cada documento que ella había autorizado confiando en su esposo había servido para esconder el fraude.

No solo la habían humillado.

La estaban convirtiendo en la responsable.

Iván abrió el último video.

Era de apenas dos días antes.

Teresa, Octavio, Mauricio y Camila estaban cenando en la casa familiar.

Brindaban.

Teresa levantó su copa.

—Cuando todo explote, la culpa caerá sobre Renata.

Octavio soltó una carcajada.

—La inútil terminará en la cárcel y nosotros seguiremos viviendo como reyes.

Mauricio sonrió.

—Ella todavía cree que la amo.

Renata apagó la pantalla.

Ya no quería escuchar más.

Durante varios minutos permaneció completamente inmóvil.

Después levantó lentamente la cabeza.

—Mañana es la junta anual de accionistas.

Iván asintió.

—A las diez de la mañana.

Renata comenzó a guardar todos los documentos en una nueva carpeta.

—¿La auditoría externa ya está lista?

—Sí.

—¿Los notarios?

—Confirmados.

—¿Y los peritos informáticos?

—También.

Por primera vez en toda la noche, Renata sonrió.

Pero no era una sonrisa de alegría.

Era la tranquilidad de alguien que había dejado de tener miedo.

A las nueve de la mañana siguiente, la familia Castañeda llegó al corporativo convencida de que asistiría a una reunión rutinaria.

Teresa llevaba un collar de diamantes.

Octavio reía con varios inversionistas.

Mauricio caminaba tomado discretamente de la mano de Camila mientras Julián seguía conectado desde Tokio por videoconferencia, completamente ajeno a la traición que lo rodeaba.

Cuando todos ocuparon sus lugares, Mauricio tomó el micrófono.

—Antes de comenzar, quiero informar que la directora financiera, mi esposa Renata, deberá responder por algunas irregularidades detectadas en la empresa…

No alcanzó a terminar la frase.

Las pantallas gigantes de la sala se encendieron solas.

No apareció el logotipo de la empresa.

Apareció el video donde Mauricio compraba la bolsa de veintiún mil quinientos pesos para Camila.

Después el beso.

Luego la prueba de ADN.

Y finalmente la grabación donde toda su familia brindaba porque “la inútil terminaría en la cárcel”.

El salón entero quedó paralizado.

Pero aquello apenas era el principio.

Porque el siguiente archivo que comenzó a reproducirse mostraba algo mucho más grave que una infidelidad… y bastaba ese video para enviar a cuatro miembros de la familia Castañeda directamente a prisión.

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