Daniel cerró la puerta del consultorio con cuidado.
No habló de inmediato.
Me invitó a sentarme frente a su escritorio y tomó el expediente que acababa de recibir de admisión.
—Clara… antes de que firmes cualquier decisión, necesito hacerte una ecografía.
Lo miré sin fuerzas.
—No hace falta. Ya decidí.
Él negó despacio.
—Como médico, necesito confirmar que todo esté bien. Solo serán unos minutos.
Suspiré.
—Está bien.
Cinco minutos después, estaba recostada en la camilla, mirando el techo blanco mientras Daniel deslizaba el transductor sobre mi abdomen.
La habitación permanecía en silencio.
Solo se escuchaba el leve zumbido del ecógrafo.
Daniel dejó de mover la mano.
Frunció el ceño.
Volvió a ajustar la imagen.
No dijo una palabra.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Qué ocurre?
Él siguió observando la pantalla.
—Necesito asegurarme.
Amplió la imagen una vez más.
Entonces sonrió apenas.
Una sonrisa de alivio.
—Clara…
Giró el monitor hacia mí.
—Mira.
Observé dos pequeñas sombras dentro del saco gestacional.
No entendía lo que estaba viendo.
Daniel señaló la pantalla.
—No estás embarazada de un bebé.
Mi respiración se detuvo.
—¿Qué…?
—Son dos.
Sentí que el mundo desaparecía durante unos segundos.
—¿Gemelos?
Él asintió.
—Gemelos.
Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas sin que pudiera detenerlas.
No eran lágrimas de felicidad.
Ni de tristeza.
Eran lágrimas de alguien cuya vida acababa de cambiar por segunda vez en una sola noche.
Daniel me entregó un pañuelo.
—Y hay algo más.
Volvió a señalar la imagen.
—Ambos tienen latido fuerte.
Escuché aquel sonido rápido y constante que llenó toda la habitación.
Dos corazones diminutos.
Dos vidas.
Apreté el borde de la camilla.
Daniel habló con mucha calma.
—No voy a decirte qué decisión debes tomar. Esa decisión solo te pertenece a ti.
Hizo una pausa.
—Pero creo que merecías saber exactamente por quién estabas decidiendo.
Cerré los ojos.
Durante toda la noche había pensado únicamente en la traición de Adrián.
No había pensado en ellos.
En esos dos pequeños corazones que seguían latiendo sin saber nada del dolor de los adultos.
Daniel rompió el silencio.
—También revisé tus análisis.
Abrió otra carpeta.
—Hay un detalle importante.
Levanté la vista.
—¿Cuál?
—Tu embarazo es de alto riesgo por ser gemelar.
Respiró hondo.
—Cualquier procedimiento implica un riesgo mucho mayor para tu salud.
Sentí un escalofrío.
En ese instante, alguien golpeó la puerta del consultorio.
Una enfermera asomó la cabeza.
—Doctor Reyes…
Parecía nerviosa.
—Hay un hombre preguntando por la doctora Evans desde hace veinte minutos.
No hacía falta preguntar quién era.
Daniel suspiró.
—¿Sigue aquí?
La enfermera asintió.
—Dice que no se irá hasta hablar con ella.
Daniel me miró.
—¿Quieres que le diga que no estás?
Pensé unos segundos.
Después negué lentamente.
—No.
Me incorporé despacio.
Limpié las lágrimas de mi rostro.
—Ya pasé toda una noche huyendo.
Tomé la ecografía entre mis manos.
La guardé dentro del bolso.
—Es hora de escucharlo.
Daniel abrió la puerta.
Adrián estaba al final del pasillo.
Tenía la camisa arrugada, los ojos enrojecidos y el rostro de un hombre que no había dormido.
Cuando me vio salir, dio un paso hacia mí.
Luego otro.
Su mirada descendió hasta el sobre que llevaba en mis manos.
—Clara…
Su voz apenas era un susurro.
—¿Cómo están… nuestros bebés?

Me quedé inmóvil.
Jamás le había dicho que eran gemelos.
Miré a Daniel.
Daniel también lo miró a él.
Y comprendimos lo mismo al mismo tiempo.
Alguien acababa de contarle un secreto médico que solo tres personas conocían.