Nicolás dejó el reloj sobre el escritorio con un cuidado casi reverencial.
—¿Quién cocinará cuando te vayas?
Rebeca sonrió con cansancio.
—Ya encontré a alguien.
Él ni siquiera levantó la vista.
—No quiero entrevistas.
—No las necesita.
—No quiero otra persona que venga dos semanas y renuncie porque esta casa parece un mausoleo.
Rebeca suspiró.
—Precisamente por eso la elegí.
Dos días después, Eva Salgado llegó a la mansión con una mochila gastada, una caja de utensilios y unos tenis cubiertos de harina.
Miró la enorme fachada de piedra.
Silbó.
—Con una cocina así hasta yo podría quemar el pan con elegancia.
El mayordomo la observó sin ocultar su desconcierto.
Aquella mujer no parecía una chef.
Parecía un huracán.
Tenía treinta y cinco años, el cabello recogido sin demasiado orden y una costumbre extraña de hablar consigo misma mientras cocinaba.
—Primero café.
Después salvar el mundo.
Y luego tortillas.
Durante la primera semana apenas vio a Nicolás.
Él desayunaba solo.
Almorzaba en el despacho.
Cenaba cuando todos dormían.
Los platos regresaban casi intactos.
—No prueba nada —le explicó Rebeca.
—¿Siempre fue así?
La anciana negó lentamente.
—Antes repetía postre.
El viernes por la tarde ocurrió algo inesperado.
Eva preparaba bolillos cuando olvidó sacar la bandeja del horno.
El humo llenó la cocina.
El detector comenzó a sonar.
Ella tomó un tazón enorme de acero inoxidable y, mientras intentaba apagar la alarma con una escoba, se lo colocó sobre la cabeza para protegerse del vapor.
Justo entonces entró Nicolás.
Se quedó inmóvil.
Eva lo miró muy seria.
Levantó la cuchara de madera.
—Inclínese ante la reina de los bolillos quemados.
Pasaron tres segundos.
Después cuatro.
Y entonces…
Nicolás empezó a reír.
No una sonrisa.
No una risa educada.
Reía de verdad.
Con lágrimas.
Con las manos apoyadas sobre la encimera.
Como un hombre que acababa de recordar cómo sonaba la vida.
Toda la servidumbre quedó paralizada.
Pero la risa desapareció en cuanto vio que lo observaban.
El silencio volvió a caer.
Aquella noche, Eva encontró a Rebeca preparando las maletas.
—¿Siempre está triste?
La anciana dejó de doblar una blusa.
—Desde que perdió a Clara.
Eva permaneció pensativa.
—¿Encontraron su cuerpo?
Rebeca negó con la cabeza.
—Nunca.
—Entonces…
¿Quién dijo que murió?
La habitación quedó completamente en silencio.
Rebeca frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Eva se acercó lentamente al viejo reloj detenido que descansaba sobre la cómoda.
Lo tomó entre las manos.
Lo observó apenas unos segundos.
Después giró la tapa trasera.
Rebeca abrió mucho los ojos.
—¿Qué haces?
Eva señaló el interior.
—Mire esto.
Escondida bajo la tapa había una diminuta inscripción grabada a mano.
No era una fecha.
Ni unas iniciales.
Era una dirección.
Y debajo, una frase.
“Si alguna vez desaparezco sin despedirme… no crean en mi muerte.”
Rebeca sintió que las piernas dejaban de sostenerla.
—Eso…
Eso no estaba ahí.
Eva levantó lentamente la vista.
—Claro que sí.
Solo que nadie había abierto este reloj en siete años.
En ese mismo instante se escuchó la voz de Nicolás desde el pasillo.
—¿Rebeca?

Eva cerró el reloj con calma.
Lo sostuvo entre ambas manos.
Y cuando Nicolás apareció en la puerta, ella lo miró directamente a los ojos.
—Señor Mercader…
Creo que su esposa nunca murió.