PARTE 2: ÉL REGRESÓ DEMASIADO TARDE

Mis pasos se detuvieron.

Zhong Jiasen seguía sosteniendo abierta la puerta del copiloto.

—¿Qué pasa?

Guardé el teléfono.

—No hace falta que me lleves.

Frunció el ceño.

—Mamá me lo pidió.

—Ya vienen por mí.

—¿Quién?

No respondí.

Cinco minutos después, un Bentley negro se detuvo frente al hotel.

La puerta trasera se abrió.

Bajó Zhong Jia Yun.

El hermano mayor de Jiasen.

Y también mi esposo.

Llevaba un traje oscuro, expresión serena y esa clase de presencia que conseguía que incluso los empleados del hotel enderezaran la espalda.

Jiasen parpadeó.

—Hermano, ¿qué haces aquí?

Jia Yun no respondió de inmediato.

Caminó hasta mí.

Luego me colocó suavemente el abrigo sobre los hombros.

—Hace frío.

—Gracias.

Jiasen nos miró.

Primero a él.

Después a mí.

Luego a la mano de Jia Yun apoyada naturalmente en mi cintura.

Su sonrisa desapareció.

—¿Qué significa esto?

Jia Yun levantó la vista.

—Significa que vine a recoger a mi esposa.

El silencio fue tan abrupto que hasta el tráfico pareció apagarse.

Jiasen soltó una risa incrédula.

—¿Tu qué?

—Mi esposa.

Yo no aparté la mirada.

—Nos casamos hace tres años.

Su rostro perdió todo el color.

—Eso es imposible.

—No lo es.

—Mingzhu estaba comprometida conmigo.

Curvé los labios.

—Tú abandonaste ese compromiso cuatro años atrás.

Jiasen dio un paso.

—Pero dijiste que lo dejaríamos en el pasado.

—Exactamente.

—Entonces…

—Eso significa que ya no tiene nada que ver conmigo.

Por primera vez desde que lo conocía, Zhong Jiasen no encontró una respuesta rápida.

Miró a su hermano.

—¿Tú sabías?

Jia Yun respondió con calma.

—Desde el principio.

—¿Y aun así te casaste con ella?

—Sí.

—¡Era mi prometida!

La expresión de Jia Yun se enfrió.

—Era una mujer a la que humillaste públicamente y abandonaste sin una explicación.

Pausa.

—No confundas lo que perdiste con algo que todavía te pertenece.

Jiasen apretó los puños.

—Mingzhu, sube al coche. Tenemos que hablar.

No me moví.

—No tenemos nada que hablar.

—Claro que sí.

—No.

Su voz se quebró ligeramente.

—¿Entonces los últimos cuatro años no significaron nada?

Lo miré.

—Para mí sí significaron algo.

Esperó.

—Me enseñaron a no esperar a alguien que ya había elegido irse.

Eso lo dejó inmóvil.

Subí al Bentley.

Jia Yun entró después.

Antes de cerrar la puerta, Jiasen gritó:

—¡Mingzhu!

No miré atrás.

Aquella noche, al llegar a casa, Jia Yun me sirvió una taza de té.

—¿Estás bien?

Asentí.

—Pensé que sería más difícil verlo.

—¿Y lo fue?

—No.

Sonreí débilmente.

—Eso fue lo más extraño.

Jia Yun no dijo nada.

Solo dejó la taza frente a mí.

Él siempre había sido así.

Nunca me obligaba a explicar.

Nunca me empujaba.

Tres años atrás, cuando toda Hong Kong todavía se reía de mí, fue el único que no mencionó a Jiasen.

Solo dijo:

—Si necesitas un lugar donde respirar, ven conmigo.

Y terminé quedándome.

Primero como amiga.

Después como esposa.

La noticia explotó al día siguiente.

Tang Mingzhu llevaba tres años casada con el heredero principal de la familia Zhong.

Toda la alta sociedad habló de ello.

Pero nadie lo tomó peor que Jiasen.

Apareció en casa de los Zhong antes del amanecer.

—¡Hermano!

Jia Yun bajó las escaleras.

—Baja la voz.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

—Porque no era asunto tuyo.

—¡Claro que lo era!

—No después de que te marcharas.

Jiasen se rio con amargura.

—¿Eso fue lo que ella te contó?

Yo aparecí entonces.

—No necesité contarle nada.

Él giró hacia mí.

—¿Te casaste con él para vengarte?

La pregunta me hizo sonreír.

—Todavía crees que todo gira alrededor de ti.

—Mingzhu…

—Me casé con él porque me trató como una persona cuando tú me trataste como una garantía.

Jiasen palideció.

—Yo era joven.

—Yo también.

—Estaba asustado.

—Yo también.

—Pero volví.

—Cuatro años después.

Pausa.

—Y todavía esperando que yo siguiera exactamente donde me dejaste.

Su expresión cambió.

Entonces mencionó algo que jamás pensé que volvería a escuchar.

—Lin Wan nunca significó nada.

Jia Yun levantó ligeramente la mirada.

Yo permanecí tranquila.

—No importa.

—Te juro que no.

—Tampoco importa.

Jiasen dio otro paso.

—La seguí porque pensé que tenía una responsabilidad con ella.

—Y para cumplir esa responsabilidad decidiste destruirme.

Silencio.

—¿Recuerdas lo que dijiste en Pekín?

Su rostro cambió.

Claro que lo recordaba.

Yo repetí:

—“Ya me he acostado con ella. Cuando llegue el compromiso, ¿quién va a querer casarse con ella?”

Jiasen quedó completamente pálido.

Jia Yun giró lentamente hacia su hermano.

—¿Dijiste eso?

Jiasen abrió la boca.

No salió nada.

—Respóndeme —dijo Jia Yun.

—Yo…

—Sí o no.

Finalmente:

—Sí.

Jia Yun dio un paso hacia él.

Yo lo detuve.

—No.

Mi esposo me miró.

—Déjalo.

Después miré a Jiasen.

—Durante años creí que aquella frase había arruinado mi vida.

Él bajó la cabeza.

—Lo siento.

—No la arruinó.

Curvé ligeramente los labios.

—Solo cerró una puerta que yo no tenía valor para cerrar.

Jiasen levantó los ojos.

—¿Lo amas?

Miré a Jia Yun.

No necesité pensarlo.

—Sí.

Ese fue el momento en que finalmente entendió.

No estaba esperando.

No estaba enfadada.

No estaba tratando de castigarlo.

Simplemente ya no lo amaba.

Meses después, Jiasen organizó aquella propuesta espectacular que llevaba tanto tiempo preparando.

Flores.

Pantallas gigantes.

Música.

Cientos de invitados.

Solo que nunca llegó a utilizarla conmigo.

Canceló todo una hora antes.

Su madre me contó después que se quedó solo en el salón vacío durante mucho tiempo.

No sentí satisfacción.

Solo una extraña tristeza por dos jóvenes que alguna vez habían creído que amar era suficiente para justificar cualquier daño.

Jia Yun y yo celebramos nuestro tercer aniversario unas semanas después.

Nada extravagante.

Cenamos en casa.

Él abrió una botella de vino y me preguntó:

—¿Alguna vez te arrepentiste?

—¿De qué?

—De no haber esperado a Jiasen.

Lo pensé.

Después negué.

—No.

—¿Ni una vez?

Sonreí.

—Solo me arrepiento de haber tardado tanto en entender que quien realmente te ama no te pide que esperes cuatro años mientras él decide si vuelve.

Jia Yun tomó mi mano.

La misma mano que cuatro años atrás había temblado frente a una puerta en Pekín.

Ahora estaba completamente tranquila.

Zhong Jiasen regresó convencido de que solo tenía que retomar una historia pausada.

Pero algunas historias no se pausan.

Terminan.

Y mientras él pasaba cuatro años creyendo que yo lo esperaría…

yo ya había aprendido a elegir a la persona que nunca me hizo esperar.

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