Pasó un año.
Y durante ese año, Don Baste siguió poniéndome a prueba.
A veces dejaba comida sobre su camisa deliberadamente.
Otras veces fingía no poder alcanzar algo que estaba a pocos centímetros.
Me pedía ayuda para tareas que claramente podía intentar solo.
Yo nunca protestaba.
Pero tampoco me convertí en su sirvienta.
Una noche finalmente dejé el plato frente a él.
—Puede comer solo.
Sebastián levantó una ceja.
—Tu padre me debe cincuenta millones.
—Mi padre le debía dinero. Yo no soy la deuda.
Silencio.
Esperé que se enfureciera.
En cambio, sonrió.
Fue la primera vez que vi aquella expresión en su rostro.
—Por fin —murmuró.
—¿Por fin qué?
—Nada.
Desde entonces algo cambió.
Dejó de ordenarme cosas absurdas.
Empezamos a cenar juntos.
Descubrí que le gustaban las novelas históricas, que podía hablar durante horas de arquitectura y que recordaba los nombres de todos los empleados de la mansión.
Pero seguía existiendo una pared entre nosotros.
Nunca me permitía entrar en su habitación privada.
Nunca aceptaba que lo acompañara a ciertas consultas.
Y algunas noches escuchaba pasos provenientes de su ala.
Pasos.
No el ruido de una silla motorizada.
Pensé que eran guardias.
Hasta nuestro primer aniversario.
Aquella noche prepararon una cena sencilla en la mansión.
Cuando terminó, Sebastián me entregó una carpeta.
Dentro estaba el pagaré de mi padre.
Cancelado.
—¿Qué significa esto?
—Que desde hoy no existe ninguna deuda entre nuestras familias.
Lo miré.
—¿Y nuestro matrimonio?
Sebastián respiró profundamente.
—Eso depende de lo que decidas después de esta noche.
Se levantó.
Se levantó.
De la silla.
Retrocedí.
—¿Qué…?
Sebastián permaneció frente a mí completamente erguido.
Después llevó las manos hacia su rostro.
—Hay algo que debes ver.
Retiró lentamente una prótesis que alteraba sus facciones.
Después parte del volumen artificial que llevaba bajo la ropa.
No era magia.
Era una caracterización elaborada.
Cuando terminó, el hombre frente a mí apenas se parecía al Sebastián que conocía.
Seguía siendo él.
Los mismos ojos.
La misma voz.
Pero muchas de las características por las que la sociedad se había burlado de él habían sido deliberadamente exageradas.
—Puedes caminar.
—Sí.
Sentí que me faltaba el aire.
—¿Por qué?
Sebastián bajó la mirada.
—Hace años, cuando heredé el grupo Montemayor, aparecieron personas que querían casarse conmigo antes incluso de conocerme.
—¿Así que decidiste engañarlas?
—Decidí esconderme.
—No es lo mismo.
Mi voz salió más dura de lo que esperaba.
Él asintió.
—Tienes razón.
No intentó justificarse.
Me explicó que después de varias traiciones había construido aquella identidad pública exagerada para descubrir cómo trataban las personas a alguien a quien consideraban desagradable o débil.
Entonces llegó mi padre con su deuda.
—¿También nuestro matrimonio fue una prueba?
Sebastián guardó silencio.
Eso dolió más que cualquier respuesta.
Me quité el anillo.
Su rostro perdió el color.
—Clara…
—Yo fui vendida por mi propio padre.
Dejé el anillo sobre la mesa.
—Y tú aceptaste.
—Nunca pensé obligarte a compartir una vida conmigo.
—Pero me dejaste creer que no tenía alternativa.
Sebastián no discutió.
—Sí.
Aquella respuesta me detuvo.
—Y estuvo mal.
Sacó otro documento.
Era un acuerdo de separación.
Ya firmado por él.
—La deuda está cancelada independientemente de lo que hagas. También hay una cuenta a tu nombre suficiente para empezar de nuevo. No necesitas quedarte conmigo.
Miré los documentos.
—¿Y si me voy?
Su voz bajó.
—Te vas.
—¿No intentarás detenerme?
—No.
Por primera vez desde que mi padre pronunció aquellas palabras terribles, alguien estaba devolviéndome la elección.
Y elegí marcharme.
No porque Sebastián fuera diferente físicamente de lo que yo había creído.
Eso nunca había sido el problema.
Me fui porque necesitaba saber quién era yo cuando ninguna deuda decidía por mí.
Durante seis meses viví sola.
Volví a estudiar.
Encontré trabajo.
Sebastián no apareció en mi puerta.
No envió hombres.
No intentó comprar mi regreso.
Solo recibí una carta.
“Lo que empezó sin tu libertad no merece continuar sin ella.”
Meses después fui yo quien volvió a buscarlo.
Sebastián abrió la puerta.
Esta vez no había silla.
Ni caracterización.
Ni pruebas.
—¿Por qué has venido?
Lo miré.
—Porque la primera vez me casé contigo para pagar una deuda.
Hice una pausa.
—Si alguna vez volvemos a intentarlo, quiero conocerte sin disfraces.
Sebastián sonrió.
—Entonces tendremos que empezar desde cero.
—Exactamente.
No volvimos a casarnos inmediatamente.
Primero aprendimos a conocernos como dos personas libres.
Porque el secreto de aquella noche no fue que debajo de una apariencia despreciada se escondiera un hombre que otros consideraban atractivo.
Fue descubrir que ambos habíamos vivido interpretando papeles impuestos por otras personas.
Él se escondía para descubrir quién podía quererlo.
Yo obedecía porque creía que no tenía derecho a elegir.
Y nuestro verdadero matrimonio no comenzó el día en que mi padre me entregó para pagar cincuenta millones.
Comenzó mucho después.

El día en que Sebastián dejó de ponerme a prueba…
y yo pude elegir libremente si quería volver.