Parte 2: El regreso del presidente

El avión privado de Damian Cheng aterrizó en Hong Kong a las ocho y cuarenta y siete de la noche.

Durante todo el vuelo había repetido la misma frase.

—Cuando vea a Isabella, esto termina.

Estaba convencido de que bastaban unas cuantas amenazas para que todo volviera a su lugar.

Después de todo, durante años ella había cedido siempre.

Cuando salió de la terminal, su chofer ya lo esperaba.

—Buenas noches, señor Cheng.

—Al Grupo Meridian.

El conductor dudó unos segundos.

—Señor…

—¿Qué ocurre?

—Quizá debería revisar primero las noticias.

Damian frunció el ceño.

Sacó el teléfono.

La primera notificación apareció inmediatamente.

“Hayes Capital solicita una reunión extraordinaria de accionistas de Meridian Group.”

La segunda.

“Se debatirá la continuidad del director general Damian Cheng.”

La tercera.

“Las acciones de Meridian caen un nueve por ciento tras conocerse la convocatoria.”

Su rostro se endureció.

—¿Qué demonios hizo Isabella?

Marcó su número.

Directamente al buzón de voz.

Llamó a Marcus Xie.

No respondió.

Llamó al director jurídico.

Tampoco.

Por primera vez en muchos años, nadie contestaba sus llamadas.


A las nueve de la mañana siguiente, la sala principal del consejo estaba completamente llena.

Representantes de fondos de inversión.

Consejeros independientes.

Abogados.

Auditores.

Todos ocupaban sus lugares en silencio.

Cuando Damian entró, esperaba encontrar a Isabella sentada al fondo.

No estaba.

Solo había una silla vacía con una carpeta negra encima.

Cinco minutos después, las puertas volvieron a abrirse.

Toda la sala se puso de pie.

Isabella entró con un traje blanco impecable.

No llevaba joyas llamativas.

Ni el anillo de matrimonio.

Solo una carpeta de cuero y una serenidad que él nunca le había visto.

El secretario del consejo habló primero.

—Damos inicio a la reunión extraordinaria.

Damian golpeó la mesa.

—Antes de empezar, exijo saber bajo qué autoridad se convocó esta sesión.

El secretario deslizó un documento.

—Bajo la solicitud del accionista mayoritario.

Damian soltó una risa.

—Eso es imposible.

—Yo sigo controlando Meridian.

Entonces Isabella abrió lentamente la carpeta.

Sacó un paquete de certificados accionariales.

—Hasta hace seis meses, sí.

Los colocó uno por uno sobre la mesa.

—Mientras disfrutabas de tu vida en Berlín…

Otro documento.

—…Hayes Capital adquirió la participación del Fondo Armitage.

Otro más.

—Compró las acciones de North Peak.

Otro.

—Y ejecutó la deuda convertible firmada hace cuatro años.

Damian sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

Conocía perfectamente esa deuda.

La había considerado inofensiva porque pertenecía a una empresa pequeña.

Nunca investigó quién era realmente el propietario.

El secretario anunció la cifra definitiva.

—Hayes Capital controla actualmente el cincuenta y uno coma tres por ciento de los derechos de voto.

Toda la sala quedó en silencio.

Damian giró lentamente hacia Isabella.

—¿Todo esto… lo preparaste tú?

Ella lo observó con absoluta calma.

—No.

Hizo una breve pausa.

—Lo preparó mi padre hace diez años.

Sacó una fotografía antigua.

En ella aparecía un hombre estrechando la mano de Damian durante la fundación de Meridian.

—Mi padre financió tu primera empresa cuando nadie confiaba en ti.

Otra fotografía.

—También redactó el contrato de la deuda convertible.

Damian recordó de inmediato aquella firma.

Jamás había leído las últimas cláusulas.

Pensó que era un simple trámite financiero.

Isabella sonrió apenas.

—Siempre creyó que un empresario debía responder por sus decisiones.

El presidente del consejo tomó la palabra.

—Procedemos a la votación para destituir al señor Damian Cheng como director general.

Las manos comenzaron a levantarse.

Una tras otra.

Incluso algunos de sus aliados votaron en su contra.

El resultado fue contundente.

—Veintisiete votos a favor.

—Tres en contra.

—Una abstención.

El secretario cerró el expediente.

—Queda aprobada la destitución.

Damian permanecía inmóvil.

Como si todavía no comprendiera lo ocurrido.

Entonces miró a Isabella por última vez.

—¿Todo esto solo porque me enamoré de otra mujer?

Ella negó lentamente.

—No.

Su voz fue tranquila.

—Esto ocurrió porque confundiste el amor con la propiedad.

Recogió su carpeta y caminó hacia la salida.

Antes de cruzar la puerta, se volvió apenas unos centímetros.

—Ah, por cierto…

Damian levantó la vista.

—El portafolio marrón que tanto buscabas…

Él apretó los puños.

—¿Dónde está?

Isabella sostuvo su mirada.

—Marcus Xie ya no lo necesita.

Toda la información que contenía fue entregada hace tres meses a la Fiscalía Anticorrupción.

En ese mismo instante, las puertas de la sala volvieron a abrirse.

No entraron accionistas.

Entraron cuatro agentes de la fiscalía acompañados por dos inspectores financieros.

El que iba al frente mostró una orden judicial.

—Señor Damian Cheng…

El silencio se volvió absoluto.

—Queda formalmente investigado por fraude corporativo, manipulación contable y desvío internacional de activos. Le solicitamos que nos acompañe.

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