PARTE 2: EL REGRESO DE LA VERDADERA HEREDERA

Mariana permaneció inmóvil con el teléfono entre las manos.

Del otro lado de la línea solo se escuchaba la respiración agitada de su padre.

—¿Te hizo daño? —preguntó Arturo con una calma que escondía una furia inmensa.

Ella cerró los ojos.

—No físicamente.

Aquellas tres palabras bastaron.

—Espérame. No salgas de esa casa.

La llamada terminó.


Cuarenta minutos después, tres camionetas negras se detuvieron frente a la residencia.

La señora Amparo observó por la ventana y dio un pequeño grito.

—Señora… hay mucha gente afuera.

Mariana bajó las escaleras.

Cuando abrió la puerta, encontró a un hombre de cabello completamente plateado, vestido con un impecable traje oscuro.

Durante tres años había envejecido mucho más de lo que ella imaginaba.

Arturo Aguilar dio un paso al frente.

—¿Puedo abrazar a mi hija?

Mariana ya no pudo contener las lágrimas.

Corrió hacia él.

Por primera vez desde su boda, volvió a sentirse protegida.

Arturo la abrazó con fuerza.

—Perdóname.

Ella levantó la vista.

—¿Por qué?

—Porque te dejé ir creyendo que ese hombre te haría feliz.

Mariana negó con la cabeza.

—La decisión fue mía.

Arturo observó el vestido azul desgastado.

Después recorrió lentamente la casa.

Los muebles eran elegantes.

Las paredes estaban decoradas con obras costosas.

Pero no había una sola fotografía de Mariana.

Ni una.

Su expresión cambió.

—Ni siquiera te dio un lugar en su propia vida.

La señora Amparo bajó la mirada.

—Don Arturo… la señora nunca fue presentada como esposa en los eventos importantes.

El empresario permaneció varios segundos en silencio.

Luego preguntó:

—¿Dónde está Diego?

—En la gala anual del Grupo Imperio.

Arturo sonrió apenas.

—Perfecto.

Sacó su teléfono.

—Julián.

—Sí, señor.

—¿Ya llegaron nuestros invitados?

—Todos lo esperan en el salón principal.

—Muy bien.

Arturo miró a Mariana.

—Esta noche vendrás conmigo.

Ella dudó.

—Papá… no tengo otro vestido.

Él tomó suavemente sus manos.

—Cuando naciste prometí que nadie volvería a hacerte sentir menos de lo que eres.

Sonrió con orgullo.

—No necesitas cambiarte de vestido para recordarles quién eres.


Mientras tanto, en el último piso del hotel sobre Paseo de la Reforma, la gala del Grupo Imperio estaba en su punto más alto.

Diego conversaba con inversionistas extranjeros.

Sofía reía mientras presumía el collar de diamantes.

—¿Y tu esposa? —preguntó uno de los directivos.

Diego respondió sin la menor incomodidad.

—Prefirió quedarse en casa. No le gustan este tipo de eventos.

Sofía enlazó su brazo con el de él.

—Algunas personas simplemente no nacieron para estos ambientes.

Las puertas del salón se abrieron.

Un maestro de ceremonias anunció con voz firme:

—Damas y caballeros… acaba de llegar el presidente del Consejo Honorario y principal accionista histórico del Grupo Imperio… el señor Arturo Aguilar.

Todo el salón se puso de pie.

Diego también.

Jamás había conocido personalmente al legendario empresario.

Solo sabía que su familia controlaba inversiones capaces de cambiar el destino de cualquier compañía.

Arturo entró acompañado por varios directivos.

A su lado caminaba una mujer con un sencillo vestido azul marino.

Sofía soltó una risa.

—Mira… hasta aquí vino con ese vestido viejo.

Pero la risa murió cuando vio que todos los ejecutivos comenzaron a acercarse a saludarla con absoluto respeto.

Uno tras otro.

—Señorita Aguilar, bienvenida.

—Qué gusto volver a verla.

—La hemos extrañado estos años.

Diego sintió que el estómago se le cerraba.

Miró nuevamente a Mariana.

Después miró a Arturo.

Y finalmente comprendió por qué el apellido de su esposa nunca aparecía en ninguna parte.

Ella jamás había usado el de él.

Siempre había ocultado el suyo.

Arturo tomó el micrófono.

El salón quedó completamente en silencio.

—Antes de comenzar esta noche, deseo presentar oficialmente a la persona que, por decisión familiar, asumirá desde hoy la representación de todos mis intereses empresariales.

Diego dejó de respirar.

Arturo colocó una mano sobre el hombro de Mariana.

—Les presento a mi hija… Mariana Aguilar.

Los aplausos inundaron el salón.

Sofía retrocedió un paso, completamente pálida.

Pero Arturo aún no había terminado.

Miró directamente a Diego.

Su voz sonó firme, serena y devastadora.

—Y también quiero agradecer públicamente al señor Diego Salvatierra… porque su desprecio hizo que mi hija recordara quién era realmente.

El silencio que siguió fue mucho más humillante que cualquier grito.

Y en ese mismo instante, uno de los miembros del consejo se acercó apresuradamente a Arturo para susurrarle una noticia al oído.

El empresario frunció el ceño.

Después levantó lentamente la mirada hacia Diego.

—Parece que acabamos de descubrir que varias decisiones tomadas por el director ejecutivo durante el último año… benefician directamente a una empresa vinculada con la señorita Sofía Montiel.

La expresión de Diego se desmoronó.

La gala de reconocimiento acababa de convertirse en el inicio de una investigación que podía hacer caer todo su imperio.

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