PARTE 2: EL REGRESO

A la mañana siguiente, preparé el desayuno como cualquier otro día.

Su Mu leía un libro mientras mordía distraídamente una tostada.

Su Nian discutía con el vaso de leche porque insistía en que tenía “demasiada espuma”.

Aquella rutina sencilla era el mayor tesoro que había construido durante diez años.

Nadie podía arrebatármela.

Mi teléfono vibró sobre la mesa.

Era un mensaje de mi abogado, Lu Zheng.

—Ya vi la entrevista.

Solo respondió con esas cuatro palabras.

No hacía falta explicar nada más.

Él conocía toda mi historia.

Conocía el divorcio.

Los doscientos yuanes.

El embarazo.

El nacimiento de los gemelos.

Y también sabía que durante diez años jamás había reclamado un solo centavo a Jiang Chen.

Escribí lentamente.

—Quiero asistir a la gala anual del Grupo Jiang.

La respuesta llegó casi al instante.

—¿Estás segura?

Miré a mis hijos.

Su Mu acababa de limpiar con una servilleta la comisura de los labios de su hermana sin que ella se lo pidiera.

Sonreí.

—Completamente.

Media hora después, Lu Zheng apareció en mi apartamento con una carpeta negra.

Sacó varios documentos y los colocó sobre la mesa.

El primero era el certificado de divorcio.

El segundo…

Las actas de nacimiento de Su Mu y Su Nian.

En la casilla del padre aparecía un nombre que nunca había dejado de existir.

Jiang Chen.

—Todo sigue siendo perfectamente válido —dijo Lu Zheng mientras ajustaba sus gafas—. Él nunca impugnó el matrimonio ni la filiación.

Pasó otra página.

—Además, durante estos diez años jamás inició ningún procedimiento para desconocer legalmente a los niños.

Guardó silencio unos segundos.

—Lo que dijo ayer en televisión puede convertirse en un problema muy serio.

Respiré despacio.

No buscaba dinero.

No buscaba fama.

Ni siquiera buscaba venganza.

Solo quería que dejara de mentir.

Lu Zheng abrió entonces otra carpeta.

Dentro había una elegante invitación dorada.

La Gala del Décimo Aniversario del Grupo Jiang.

Asistencia exclusiva mediante invitación.

Solo empresarios, accionistas y prensa nacional.

—Conseguí dos entradas.

Levanté una ceja.

—¿Dos?

Sonrió.

—No pensé que quisieras entrar sola.

Comprendí inmediatamente lo que insinuaba.

Miré hacia la habitación infantil.

Los gemelos estaban dibujando en el suelo.

Su Mu acababa de terminar un retrato de su hermana.

Su Nian, en cambio, había dibujado una familia de cuatro personas.

Un hombre alto ocupaba el centro.

No tenía rostro.

Nunca lo había conocido.

Sentí un nudo en la garganta.

—Todavía no.

Lu Zheng asintió.

—Entonces iremos paso a paso.

Antes de marcharse, dejó una pequeña caja de terciopelo sobre la mesa.

Dentro seguían intactos los dos billetes de cien yuanes que yo había conservado durante una década.

Arrugados.

Desgastados.

Pero suficientes para recordarme quién había sido.

Y también quién era ahora.

Los observé durante largo rato.

Después los doblé cuidadosamente y los guardé dentro de mi bolso.

Aquella noche no serían dinero.

Serían la prueba de un pasado que Jiang Chen había creído enterrado para siempre.

Y estaba a punto de descubrir que algunos regalos regresan… justo cuando más duele abrirlos.

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