A la mañana siguiente, mientras Gael firmaba los documentos del divorcio, Alba viajaba rumbo a Taxco con una sola maleta y apenas el dinero suficiente para sobrevivir un par de semanas.
Su abuela Isabel no hizo preguntas.
Solo abrió la puerta del viejo taller, la abrazó durante un largo rato y dijo:
—Cuando alguien te echa de su vida, hija, no siempre está perdiendo quien se va.
Aquellas palabras fueron el único consuelo que necesitó.
Durante los meses siguientes, Alba volvió a trabajar la madera, la plata y los esmaltes como cuando era adolescente. Pasaba horas dibujando nuevos diseños de abanicos, cajas y joyería artesanal.
Por primera vez en muchos años, volvió a sentirse ella misma.
Tres meses después del divorcio, su teléfono sonó.
Era Noelia.
—Alba… tienes que ver esto.
Le envió una fotografía.
Gael aparecía en una revista de sociales abrazando a una mujer mucho más joven.
El titular decía:
“El empresario Gael Montoro encontró nuevamente el amor y espera formar una familia muy pronto.”
Alba cerró la revista sin terminar de leerla.
No sintió celos.
Solo una profunda tranquilidad.
Aquella misma tarde acudió, por fin, a realizarse los estudios médicos que durante años había pedido hacer como pareja.
El ginecólogo revisó cuidadosamente los resultados.
Después sonrió.
—Señora Valcárcel…
Ella levantó la vista.
—¿Sí?
—No existe ningún problema que le impida convertirse en madre.
Alba permaneció inmóvil.
—¿Está seguro?
El médico giró la pantalla hacia ella.
—Completamente.
Sus estudios son excelentes.
Sintió un nudo en la garganta.
Durante seis años había vivido creyendo que su cuerpo estaba fallando.
Durante seis años soportó silencios, humillaciones y miradas de lástima.
Y nunca había sido ella.
El especialista hizo una pausa antes de continuar.
—Solo tengo una duda.
—¿Cuál?
—¿Su exesposo llegó a realizarse algún estudio?
Alba bajó lentamente la mirada.
—Nunca aceptó.
El médico cerró el expediente.
—Entonces alguien la culpó sin tener una sola prueba.
Salió de la consulta con el informe médico entre las manos.
Lo guardó en una carpeta azul.
Pensó en tirarlo muchas veces.
Nunca pudo hacerlo.
Porque aquellas hojas representaban la verdad que nadie quiso escuchar.
Pasaron ocho meses.
Una feria internacional de artesanía reunió a cientos de expositores en San Miguel de Allende.
Alba obtuvo un pequeño espacio en uno de los pabellones.
Era el último stand del pasillo.
También era el más sencillo.
Mientras acomodaba sus abanicos pintados a mano, un hombre se detuvo frente a la mesa.
Alto.
Cabello oscuro.
Traje gris sin logotipos.
Observó durante varios minutos un abanico decorado con un ahuehuete.
—¿Cuánto cuesta?
Alba sonrió.
—No está terminado.
Él levantó la pieza.
—Precisamente por eso me gusta.
Ella negó con suavidad.
—Mi abuela decía que un trabajo hermoso nunca nace de la prisa.
Los ojos del desconocido cambiaron.
—Hace muchos años alguien me dijo exactamente la misma frase.
Alba lo miró con curiosidad.
—¿En serio?
Él asintió.
—Doña Isabel Valcárcel.
Ella sintió un sobresalto.
—¿Conoció a mi abuela?
El hombre extendió la mano.
—León Arístegui.
Hace quince años ella restauró un antiguo escritorio que perteneció a mi abuelo.
Alba recordó inmediatamente aquella historia.
Su abuela hablaba de aquel cliente con enorme cariño.
Decía que era el único empresario que entendía el verdadero valor del trabajo artesanal.
León siguió observando las piezas.
—¿Todos estos diseños son tuyos?
—Sí.
—¿También el del ahuehuete?
Ella asintió.
Él sonrió.
—Entonces creo que llevamos meses buscándote.
Seis años después.
La voz de Gael seguía resonando frente a todos los invitados.
—Te invité para que todos vieran en qué terminaste después de dejarme.
El helicóptero acababa de aterrizar.
León descendió primero.
Después ayudó a bajar a Alba.
Los tres pequeños corrieron inmediatamente hacia ella.
El menor, de apenas cuatro años, se aferró a su mano.
Gael observaba a los niños sin comprender por qué algo le resultaba familiar.
Amparo intentó recuperar la sonrisa.
—Qué bonito… vienes como niñera.
Alba no respondió.
Solo acomodó con tranquilidad la carpeta azul que llevaba dentro del bolso.
En ese momento apareció el maestro de ceremonias.
—Damas y caballeros…
Tenemos el honor de anunciar que la Fundación Montoro entregará esta noche un reconocimiento especial al empresario León Arístegui por preservar el patrimonio artesanal mexicano.
León tomó la mano de Alba.
—¿Lista?
Ella sonrió.
—Hace seis años que lo estoy.
Subieron juntos al escenario.
Gael seguía intentando entender quién era realmente aquel hombre para ella.
Hasta que el presentador añadió una última frase.
—Y queremos felicitar también a su esposa, la reconocida diseñadora y directora creativa de Casa Arístegui…
Toda la atención del salón se dirigió hacia Alba.
Amparo sintió que la copa comenzaba a resbalar entre sus dedos.
Pero aún no era por el matrimonio.
Fue porque, al abrir el bolso para sacar un pañuelo, Alba dejó caer accidentalmente la carpeta azul.
Las hojas se deslizaron sobre el escenario.
La primera quedó completamente visible.
En letras grandes podía leerse:
“Informe de Fertilidad – Paciente: Alba Valcárcel. Resultado: Capacidad reproductiva completamente normal.”
Debajo había otra hoja parcialmente descubierta.
Y esa segunda página llevaba un nombre que hizo desaparecer el color del rostro de Amparo.

“Paciente recomendado para evaluación: Gael Montoro. Sospecha de infertilidad masculina severa.”
La copa de cristal cayó de sus manos y estalló contra el piso.
Porque comprendió, demasiado tarde, que la mentira con la que destruyó el primer matrimonio de su hijo estaba a punto de hacerse pública delante de doscientas personas.