PARTE 2: EL REGISTRO TENÍA UNA VERDAD PEOR

El edificio del Registro Civil cerraba a las cinco.

Eran las cuatro con treinta y ocho cuando estacioné el auto frente a la entrada.

Por primera vez en veinte años de ejercer el derecho, mis manos temblaban antes de presentar una solicitud.

No era una clienta.

Era la esposa.

La primera persona engañada.

Me acerqué al mostrador.

—Necesito solicitar una búsqueda de antecedentes registrales de un matrimonio.

La funcionaria levantó la vista.

—¿Nombre?

Respiré hondo.

—Daniel James Reed.

Ella comenzó a teclear.

El sonido del teclado me pareció eterno.

De pronto frunció el ceño.

Volvió a escribir.

Después abrió otra pantalla.

Algo no cuadraba.

—¿Ocurre algo? —pregunté.

La mujer dudó unos segundos.

—Solo necesito verificar un dato.

Desapareció por una puerta lateral.

Regresó acompañada por el supervisor.

Nunca antes me había pasado algo así.

El hombre me observó con atención.

—¿Usted es la señora Elizabeth Carter?

Asentí.

Él respiró profundamente.

—Será mejor que pase a mi oficina.

El despacho era pequeño.

Sobre el escritorio colocó un expediente grueso.

No lo abrió enseguida.

Primero me preguntó:

—¿Cuál es exactamente su relación con el señor Reed?

Lo miré directamente.

—Soy su esposa.

El supervisor bajó la vista.

—Entiendo.

Abrió lentamente la carpeta.

—Entonces debo advertirle que lo que verá puede resultar difícil.

La primera hoja era mi acta de matrimonio.

La segunda…

La de Vanessa.

Sentí que el estómago volvía a cerrarse.

Pero aquello ya lo esperaba.

Pasó otra página.

Y otra.

Hasta llegar a un documento que me dejó sin aire.

Había un tercer expediente.

Otra licencia matrimonial.

Otro nombre femenino.

Otra fecha.

Tres años antes incluso de conocerme.

—¿Qué significa esto?

El supervisor habló con cautela.

—Según nuestros registros, existen tres matrimonios celebrados con el mismo nombre.

Negué con la cabeza.

—Eso es imposible.

—También lo pensamos.

Por eso revisamos manualmente.

Tomé el documento.

La mujer se llamaba Emily Foster.

La boda se había celebrado dieciocho años atrás.

No aparecía ningún divorcio registrado.

Solo una anotación.

Estado del expediente: pendiente de aclaración judicial.

Sentí que el corazón golpeaba con fuerza.

—¿Quién es ella?

El supervisor negó lentamente.

—No lo sabemos.

Pero legalmente hay una inconsistencia importante.

Levanté la vista.

—¿Cuál?

—Si ese matrimonio nunca fue disuelto…

Las uniones posteriores podrían presentar serios problemas de validez jurídica, dependiendo de los hechos y de lo que determine un tribunal.

Las palabras quedaron suspendidas entre nosotros.

Mi matrimonio.

El de Vanessa.

Todo podía ser mucho más complejo de lo que imaginaba.

Salí del Registro sin recordar cómo llegué al automóvil.

Dentro de la carpeta había copias certificadas de todo.

Tres matrimonios.

Tres historias.

Tres mujeres.

Y probablemente tres versiones distintas del mismo hombre.

Esa noche no llamé a Daniel.

Tampoco respondí sus mensajes.

“¿Cómo estuvo tu día?”

“Te extraño.”

“La próxima semana prometo pasar más tiempo contigo.”

Leí cada uno con una calma que me sorprendió.

No sentía rabia.

Sentía curiosidad.

Quería saber hasta dónde llegaba la mentira.

A las ocho de la noche sonó mi teléfono.

Era Vanessa.

—¿Tiene un minuto?

—Sí.

Su voz sonaba distinta.

Más nerviosa.

—Encontré algo entre las cosas de Daniel.

—¿Qué cosa?

—Un sobre dirigido a usted.

Sentí un escalofrío.

—¿A mí?

—Tiene su nombre completo escrito a mano.

Y una nota que dice: “Entregar solo si me pasa algo.”

Guardé silencio.

—¿Lo abrió?

—No.

Pero hay algo raro.

—¿Qué?

Vanessa respiró profundamente.

—Dentro también viene una llave de una caja de seguridad.

Y un papel con una dirección.

—¿Dónde?

Ella leyó lentamente.

—”Depósito Central de Manhattan. Caja 417.”

Miré los documentos del Registro Civil esparcidos sobre mi escritorio.

Tres matrimonios.

Una caja de seguridad.

Y un sobre preparado para el caso de que Daniel desapareciera.

Nada tenía sentido.

A la mañana siguiente decidí ir al despacho antes de abrir al público.

Quería pensar sola.

Pero al llegar encontré a mi asistente esperándome en la puerta.

Estaba completamente pálida.

—¿Qué pasó?

Ella me entregó un sobre sin decir una palabra.

No tenía remitente.

Solo mi nombre.

Lo abrí.

Dentro había una única fotografía.

Era Daniel.

Pero no estaba con Vanessa.

Ni conmigo.

Ni con la mujer del primer matrimonio.

Estaba entrando a un edificio federal junto a dos agentes.

En la parte trasera de la foto, alguien había escrito con tinta negra una sola frase:

“Su esposo nunca tuvo tres vidas. Tenía una sola misión… y ustedes tres formaban parte de ella sin saberlo.”

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