PARTE 2: EL REGALO QUE NUNCA RECIBIÓ

Miré la pantalla.

Era mi abogado.

—Ethan, no firmes ni transfieras nada —dijo inmediatamente—. Detectamos una solicitud para añadir a Mariana como beneficiaria principal de tu nuevo fideicomiso. Fue presentada hace veinte minutos.

Sentí que todo encajaba.

Mariana todavía no sabía que había ganado la lotería.

Pero sí sabía que aquel día recibiría el pago de mi consultoría más grande: casi 600.000 dólares.

Y planeaba quedarse con él.

Activé la grabadora del teléfono.

Dentro del despacho, Rodrigo volvió a hablar.

—Cuando Ethan firme esta noche, movemos el dinero. Después presentas el divorcio.

Mariana rio.

—Él firma cualquier cosa que le pongo delante.

Miré las doscientas rosas.

El bolso.

Las llaves del SUV rosa.

Y el pequeño estuche que contenía el anillo de diamantes.

No sentí rabia.

Sentí claridad.

Llamé al concesionario.

—El vehículo sigue legalmente a mi nombre, ¿correcto?

—Sí, señor.

—Entonces retírenlo.

Después cancelé el bolso y el anillo.

Las flores fueron lo único que dejé.

Entré en el despacho.

Mariana se separó de Rodrigo de golpe.

—¡Ethan!

Dejé las rosas sobre su escritorio.

—Feliz aniversario adelantado.

Ella palideció.

Rodrigo intentó hablar.

—Esto no es lo que parece.

—Perfecto.

Levanté el teléfono.

—Entonces podrán explicarlo cuando Recursos Humanos escuche la grabación.

Mariana se quedó inmóvil.

—¿Grabación?

Sonreí.

—Y hay otra cosa.

Saqué el boleto protegido dentro de una funda transparente.

—Hoy gané cuatro millones de dólares.

Sus ojos se abrieron.

Miró hacia la ventana.

El SUV rosa ya estaba siendo subido nuevamente al camión del concesionario.

—Ethan… podemos hablar.

—Claro.

Guardé el boleto.

—Con nuestros abogados.

Su rostro se descompuso.

Aquella mañana había pensado que ganar cuatro millones sería el acontecimiento que cambiaría mi vida.

Me equivocaba.

El verdadero premio había sido descubrir la verdad antes de compartirlos.

Salí del despacho sin mirar atrás.

Y mientras Mariana gritaba mi nombre, recordé las palabras de Rubén:

«Ten cuidado en quién confías».

Había tardado solo unas horas en entenderlo.

Pero me había ahorrado toda una vida.

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