PARTE 2: El regalo que convirtió Oakhaven en una pesadilla

El domingo llegué a Oakhaven Court vestida de blanco.

Brooke esperaba encontrar a una mujer destruida.

Encontró a la propietaria.

La fiesta ocupaba todo el jardín.

Mis padres brindaban con invitados.

Gavin sostenía a Leo mientras Brooke recibía felicitaciones como si ya fuera la señora de aquella casa.

Entonces me vio.

—Audrey.

Sonrió.

—Pensé que no vendrías.

—No podía perderme esto.

Saqué una pequeña caja de terciopelo.

Sus ojos brillaron.

Probablemente esperaba otra joya familiar.

—Un regalo para Leo.

Brooke abrió la caja.

Dentro no había diamantes.

Había una llave.

Gavin frunció el ceño.

—¿Qué significa esto?

—Es la llave de una caja de seguridad.

Saqué una carpeta.

—Cuando desapareció el anillo de la abuela, denuncié el robo.

Brooke tocó instintivamente el diamante rosa de su cuello.

Su sonrisa desapareció.

—Audrey…

—Ayer entregué a la aseguradora las fotografías tomadas en el hospital.

Gavin avanzó hacia mí.

—Retira la denuncia.

—No.

Mi padre intervino.

—No destruyas a tu hermana por una joya.

Lo miré.

—Esto nunca fue solamente una joya.

Abrí la carpeta.

Oakhaven no pertenecía a Gavin.

Tampoco estaba a nombre de ambos.

La finca había sido comprada mediante un fideicomiso creado por mi abuela antes de morir.

Yo era la única beneficiaria.

Los pagos que Gavin llamaba “hipoteca familiar” eran, en realidad, aportaciones que yo hacía para restaurar una propiedad que nunca podría convertirse en bien matrimonial.

Gavin palideció.

—Eso es imposible.

—Tú nunca leíste los documentos.

Brooke miró hacia la casa.

—Pero la guardería…

—También es mía.

Su rostro se endureció.

—Leo necesita una casa.

—Entonces sus padres deberían proporcionársela.

Gavin dejó al bebé con mi madre.

—Audrey, podemos hablar en privado.

—Ya hablamos durante ocho años.

Saqué otro sobre.

—Esto es diferente.

Se lo entregué.

Solicitud de divorcio.

Congelación preventiva de nuestras cuentas conjuntas.

Y una auditoría.

Porque durante tres años Gavin había utilizado dinero de mi empresa para pagar un apartamento que yo desconocía.

El apartamento de Brooke.

Mi madre se sentó lentamente.

Pero Brooke comenzó a reír.

—¿Eso era tu gran regalo?

Se quitó el collar.

—Quédate con el maldito anillo.

—No puedo.

—¿Por qué?

Miré el diamante.

—Porque ese tampoco es el anillo de la abuela.

El silencio cayó sobre el jardín.

Gavin me miró.

—¿Qué estás diciendo?

Saqué una fotografía ampliada del informe del joyero.

—Es una réplica.

Brooke se volvió hacia Gavin.

—Me dijiste que era auténtico.

Por primera vez, ellos empezaron a mirarse como enemigos.

—Lo era —murmuró Gavin.

—No.

Abrí la última página.

—El diamante auténtico fue retirado de nuestra caja de seguridad seis meses antes del supuesto robo.

Había una firma autorizando la retirada.

No era la de Gavin.

Era la de mi padre.

Lo miré.

Su copa cayó sobre el césped.

—Papá…

Retrocedió.

Entonces comprendí por qué mis padres habían evitado mis ojos en el hospital.

Mi madre comenzó a llorar.

—Audrey, hay algo sobre Oakhaven que nunca te contamos.

—¿Qué?

Mi padre miró la mansión.

—Tu abuela no te dejó esa propiedad porque fueras su nieta favorita.

Su voz tembló.

—La dejó a tu nombre para impedir que Brooke pudiera reclamar lo que está enterrado debajo de ella.

Brooke palideció.

Y aquella fue la primera vez que comprendí que mi hermana no había querido robarme únicamente al marido, el anillo y la casa.

Había tenido un motivo mucho más antiguo para querer entrar en Oakhaven.

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