PARTE 2: EL REGALO DE SU HIJA DETUVO LA FIESTA

Las puertas del elevador permanecían cerradas.

Mónica cruzó los brazos con una sonrisa de superioridad.

—Le pedí que se fuera. No me obligue a llamar a seguridad.

Elena guardó el teléfono con absoluta calma.

—Hazlo.

La serenidad de aquella mujer desconcertó a la asistente.

Esperaba gritos.

Lágrimas.

Súplicas.

No aquel silencio.

Camila seguía abrazando la pequeña caja de cartón decorada con estrellas plateadas. Sus ojos estaban rojos de tanto contener el llanto.

—Mamá… ¿de verdad papá no quiere verme?

Elena sintió que el corazón se rompía.

Se agachó hasta quedar a la altura de su hija.

—Quiero que recuerdes algo, mi amor.

Le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.

—Los errores de los adultos nunca son culpa de los hijos.

Camila asintió sin comprender del todo.

En ese instante sonó el teléfono de Elena.

Era Julián.

—Ya revisé el evento.

—¿Y?

—No es una simple cena.

Elena escuchó cómo alguien tecleaba frenéticamente al otro lado de la llamada.

—Están firmando la fusión entre Grupo Alcázar y Fuentes Infraestructura.

—Eso dijo Sebastián.

—No exactamente.

Julián hizo una pausa.

—El contrato supera los ciento veinte millones de dólares.

Elena frunció el ceño.

—¿Y?

—Hay algo muy extraño.

Otra pausa.

—Necesito cinco minutos más.

Colgó.

Mientras tanto, Mónica hablaba con un guardia de seguridad.

—Estas personas están molestando a los invitados.

El hombre se acercó con educación.

—Buenas noches, señora. ¿Podría acompañarme hacia la salida?

Antes de que Elena respondiera, las puertas del elevador se abrieron.

Varios empresarios descendieron riendo.

Entre ellos apareció Ricardo Santillán, uno de los notarios corporativos más conocidos del país.

Reconoció inmediatamente a Elena.

Su expresión cambió.

—¿Licenciada Cárdenas?

Mónica abrió mucho los ojos.

—¿La conoce?

Ricardo sonrió con respeto.

—Por supuesto.

Volvió a mirar a Elena.

—Hace años que no coincidíamos.

Elena respondió con una leve inclinación de cabeza.

—Buenas noches, licenciado.

El guardia dudó.

Miró alternativamente a ambos.

Mónica intervino de inmediato.

—Debe existir una confusión. Ella dice ser la esposa del ingeniero Sebastián, pero…

Ricardo la interrumpió.

—No necesito que me explique quién es la licenciada Elena Cárdenas.

El vestíbulo quedó en silencio.

Mónica sintió un escalofrío.

—¿C… Cárdenas?

Elena no dijo una palabra.

Su teléfono volvió a vibrar.

Era Julián otra vez.

Contestó en altavoz.

—Encontré la irregularidad.

—Habla.

—La firma que aparece autorizando la garantía patrimonial pertenece a papá.

Elena cerró los ojos.

—Eso es imposible.

—Exactamente.

Julián respiró hondo.

—Porque papá murió hace ocho años.

El silencio fue absoluto.

Hasta el guardia dejó de moverse.

—La firma es falsa —continuó Julián—. Y no solo eso. El documento certifica que el Fondo Cárdenas respalda la operación por ciento veinte millones.

Elena sintió un frío recorrerle la espalda.

—Nuestro fondo jamás aprobó esa garantía.

—Lo sé.

Otra pausa.

—Si ese contrato se firma usando esa documentación, hablamos de falsificación de documentos privados, fraude financiero y posible delincuencia organizada.

Mónica perdió completamente el color.

Comprendió que aquello ya no era un problema matrimonial.

Era un posible escándalo penal.

—¿Quién elaboró el expediente? —preguntó Elena.

—Figura como responsable jurídico… Sebastián Fuentes.

Camila observaba a su madre sin entender nada.

Solo alcanzó a preguntar con voz bajita:

—¿Papá hizo algo malo?

Elena apretó los labios.

No quería responder delante de la niña.

Julián volvió a hablar.

—Ya viene un equipo del despacho.

—¿Cuánto tardan?

—Siete minutos.

Elena levantó lentamente la vista hacia el último piso del hotel.

Allí arriba, Sebastián brindaba creyendo que estaba a minutos de convertirse en presidente del grupo.

Ignoraba que el documento sobre la mesa podía enviarlo a prisión durante muchos años.

Ricardo Santillán dio un paso al frente.

—Licenciada…

Ella lo miró.

—Si lo que acaba de escuchar es cierto…

El notario respiró profundamente.

—…esa firma no puede utilizarse. Estoy obligado a detener la protocolización del contrato.

Las puertas del elevador volvieron a abrirse.

Esta vez nadie intentó impedirle el paso.

Elena tomó la mano de Camila.

—Vamos, hija.

—¿A dónde, mamá?

Miró fijamente el piso donde Sebastián celebraba con su otra familia.

—Primero vas a entregarle el regalo que hiciste con tanto amor.

Hizo una breve pausa.

Su mirada se volvió completamente firme.

—Después, todos los que están brindando arriba descubrirán que la mentira más cara de la noche no era su doble vida… sino una firma falsificada que puede destruir un imperio entero.

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