PARTE 2: EL RECIBO CAMBIÓ LA MESA

Mariana dobló el recibo con cuidado y volvió a dejar el saco exactamente donde lo había encontrado.

No quería que Óscar sospechara nada.

Todavía no.

Aquella noche preparó arroz rojo, nopales con cebolla y unas tortillas recién calentadas.

Óscar entró oliendo otra vez a carne asada.

Miró la mesa y frunció el ceño.

—Otra vez sin carne.

—Con mil quinientos pesos sigo haciendo milagros.

Él dejó las llaves sobre el comedor.

—Pues aprende a hacerlos mejor.

Mariana no respondió.

Solo observó cómo se servía casi toda la comida sin preguntarle si ella ya había cenado.

Por primera vez en ocho años, no sintió rabia.

Sintió claridad.

Al día siguiente llamó discretamente a Teresa.

—Suegra, ¿todavía viene el jueves?

—Claro, hija. ¿Ocurrió algo?

—Solo quiero preparar una cena especial. Me gustaría que también invitaran a Arturo y a la tía Silvia. Hace mucho que no convivimos.

Teresa aceptó encantada.

Arturo era el hermano mayor de Óscar.

Silvia, la hermana de Teresa.

Dos personas que jamás toleraban las mentiras dentro de la familia.

Mientras tanto, Mariana siguió administrando los mil quinientos pesos exactamente como Óscar había ordenado.

Guardó cada ticket del supermercado.

Cada recibo de la carnicería… donde nunca pudo comprar nada.

Cada cuenta de la verdulería.

Incluso anotó en una libreta cuánto costaba cada comida.

El jueves llegó más rápido de lo esperado.

Teresa apareció con un pastel.

Arturo llevó refrescos.

Silvia apareció con un enorme ramo de flores para Mariana.

Óscar sonreía satisfecho.

Creía que aquella reunión era para presumir su ascenso.

Cuando todos se sentaron a la mesa, levantó la tapa de la olla.

Había un estofado de res que desprendía un aroma delicioso.

Sus ojos brillaron.

—¡Por fin carne!

Teresa sonrió.

—Eso mismo pensé.

Mariana sirvió los platos con absoluta tranquilidad.

Esperó a que todos probaran el primer bocado.

Entonces colocó sobre la mesa un pequeño sobre de papel.

—Antes del postre quiero enseñarles algo.

Óscar dejó el tenedor.

—¿Qué es eso?

Mariana fue sacando documentos uno por uno.

Primero, los tickets del supermercado.

Después, una hoja donde había anotado cada gasto de los últimos treinta días.

Finalmente, colocó el recibo de los rines deportivos.

Los ojos de Óscar cambiaron al instante.

Intentó tomar el papel.

Mariana fue más rápida.

—Todavía no termino.

Teresa tomó el recibo desde el otro extremo de la mesa.

Leyó la cifra.

46,000 pesos.

Después la segunda.

28,000 pesos.

Frunció el ceño.

—¿Setenta y cuatro mil pesos en ruedas?

Nadie respondió.

Entonces sus ojos descendieron hasta la última línea.

Su expresión cambió por completo.

La mano comenzó a temblarle.

—No puede ser…

Arturo la miró confundido.

—¿Qué pasa, mamá?

Teresa levantó lentamente la vista hacia su hijo.

Con una voz quebrada que nadie le había escuchado jamás, preguntó:

—Óscar… ¿por qué este recibo dice que los 74,000 pesos salieron de la transferencia que hice para pagar la operación de tu padre?

El plato cayó de las manos de Silvia.

Y el silencio que invadió el comedor fue mucho más pesado que cualquier discusión que hubieran tenido en ocho años de matrimonio.

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