PARTE 2: EL PRIMER RASTRO

Guardé el teléfono en el bolsillo y volví a mirar a Hugo.

Dormía abrazado a su oso de tela, con el cabello pegado a la frente por la fiebre. Su respiración ya era más tranquila gracias al suero.

Le acaricié la mano.

—Te lo prometo, hijo —susurré—. Nunca más voy a dejar que alguien juegue con nosotros.

A las seis de la mañana, Miguel regresó con dos cafés.

Se sentó a mi lado sin decir una palabra durante unos segundos.

—Perdón por habértelo dicho así.

Negué con la cabeza.

—No te disculpes. Si no hubieras hablado, quizá habría seguido esperando otros siete años.

Él bajó la mirada.

—Nunca imaginé que no supieras nada.

Respiré hondo.

—¿Cuándo fue la última vez que lo viste?

—Hace como tres semanas.

—¿Estás seguro de que era él?

Miguel no dudó.

—Completamente.

Sacó su teléfono y empezó a buscar entre sus fotografías.

—Ese día fui a visitar a un cliente. Tomé unas fotos del edificio porque quería enseñárselas a mi esposa. No fotografié a Alejandro… pero creo que aparece al fondo.

Mi corazón empezó a latir con fuerza.

Unos segundos después giró la pantalla hacia mí.

Era una imagen cualquiera.

La entrada de un edificio moderno.

Un jardín perfectamente cuidado.

Un automóvil negro estacionado frente al lobby.

Y, casi perdido entre la gente, un hombre de camisa azul que sostenía bolsas del supermercado mientras una mujer rubia abría la puerta de cristal.

No se le veía el rostro completo.

Pero yo reconocería esa forma de caminar entre miles.

Era Alejandro.

La fecha aparecía en la esquina inferior.

Tres semanas antes.

El mismo día en que me había enviado un mensaje diciendo:

“Aquí llueve sin parar en Panamá.”

Sentí un frío recorrerme la espalda.

No porque hubiera descubierto la mentira.

Sino porque acababa de ver la facilidad con la que había vivido dentro de ella.

Cuando Hugo despertó, sonrió apenas al verme.

—¿Ya nos vamos a casa?

Le besé la frente.

—En cuanto el doctor nos dé permiso.

—¿Papá sabe que estoy aquí?

La pregunta me atravesó como un cuchillo.

Sonreí con esfuerzo.

—Sí… ya lo sabe.

No era cierto.

Y tampoco pensaba avisarle.

No todavía.

Dos días después nos dieron el alta.

Volvimos a nuestro pequeño departamento en Iztapalapa.

Las paredes necesitaban pintura.

El refrigerador hacía un ruido extraño.

La mesa del comedor tenía una pata sostenida con libros viejos.

Era el mismo hogar por el que yo había trabajado sin descanso mientras Alejandro decía estar construyendo nuestro futuro.

Esa noche, después de acostar a Hugo, abrí la computadora.

No iba a buscar a la otra mujer.

No iba a revisar sus redes sociales.

Quería algo más importante.

La verdad.

Entré al correo donde Alejandro me enviaba, cada mes, el supuesto comprobante de la transferencia.

Siempre era la misma historia.

“El banco de Panamá tardó.”

“Hubo problemas con el tipo de cambio.”

“Este mes solo pude mandar esto.”

Abrí los archivos uno por uno.

Por primera vez dejé de leer el monto y observé los detalles.

Número de operación.

Entidad bancaria.

Referencia.

Entonces encontré algo extraño.

En los últimos cuatro años, todas las transferencias provenían exactamente de la misma sucursal.

Eso no tendría nada de raro…

…si esa sucursal no estuviera ubicada en Ciudad de México.

No en Panamá.

Me quedé inmóvil.

Busqué el código bancario.

Lo introduje en un buscador.

El resultado apareció casi al instante.

Sucursal Bosques de las Lomas.

Sentí que el aire desaparecía de la habitación.

Durante cuatro años…

Alejandro no solo me había mentido sobre dónde vivía.

También había falsificado la historia de cada depósito que me enviaba.

Y yo jamás había revisado ese detalle.

Porque confiaba en él.

Abrí una carpeta donde guardaba todos nuestros documentos.

Acta de matrimonio.

Contrato de la hipoteca.

Pagarés.

Copias de su identificación.

Entonces recordé algo.

Cuatro años atrás, Alejandro me llamó desesperado.

—Necesito que me mandes una foto de mi INE. La empresa en Panamá la perdió y debo renovar unos permisos.

Se la envié ese mismo día.

Sin hacer preguntas.

Ahora entendía que quizá nunca la necesitó para ningún trámite internacional.

Apoyé la espalda contra la silla.

Había dejado de preguntarme si tenía otra vida.

La pregunta correcta era otra.

¿Cuántas mentiras más cabían dentro de siete años?

En ese momento, una notificación apareció en mi correo.

Era un aviso automático del banco.

No era un mensaje nuevo.

Era un documento que yo nunca había abierto.

El asunto decía:

“Solicitud de actualización de datos del cotitular – Firmada electrónicamente.”

Y la fecha coincidía exactamente con el año en que, según Alejandro, acababa de ser trasladado definitivamente a Panamá.

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