PARTE 2: EL PRIMER “PAPÁ” EN DIECIOCHO MESES

Guillermo empujó la puerta de la cocina con el corazón golpeándole las costillas.

El olor a pan recién horneado y canela llenó el ambiente.

Por un instante, creyó haber entrado en otra casa.

Las tres niñas estaban sentadas sobre la barra de la cocina, con los delantales demasiado grandes para sus cuerpos. Tenían harina en las mejillas, chocolate en los dedos y reían mientras intentaban cortar galletas con moldes de estrellas.

Carmen estaba de espaldas, sacando una charola del horno.

—Con cuidado, que quema —dijo sonriendo.

Entonces María levantó la vista.

Fue la primera en verlo.

La sonrisa desapareció de su rostro.

Guillermo sintió un nudo en la garganta.

Temió que el silencio regresara.

Temió haber llegado demasiado pronto.

Demasiado tarde.

No supo qué hacer.

Permaneció inmóvil junto a la puerta.

Carmen se dio vuelta al escuchar que las niñas habían dejado de reír.

Cuando lo vio, palideció.

—Don Guillermo…

Bajó inmediatamente la charola.

—Perdón, no sabía que regresaba hoy.

Él no respondió.

No podía.

Porque seguía mirando a sus hijas.

Las tres.

Vivas.

Sonriendo.

Como hacía un año y medio no ocurría.

Sofía escondió las manos detrás del delantal, avergonzada por el desastre de harina.

Elena bajó de la silla lentamente.

Las tres caminaron hasta quedar una al lado de la otra.

Guillermo sintió que el aire le faltaba.

Había imaginado cientos de veces cómo sería el día en que alguna de ellas volviera a hablar.

Pero nunca se preparó para lo que ocurrió después.

María dio un paso adelante.

Muy despacio.

Mirándolo fijamente.

Abrió la boca.

Su voz salió apenas como un susurro.

—…Papá.

El mundo dejó de existir.

Guillermo sintió que las piernas le fallaban.

Dieciocho meses.

Dieciocho meses esperando escuchar una sola palabra.

Y acababa de llegar sin avisar.

Las lágrimas comenzaron a correr por su rostro antes de que pudiera impedirlo.

—¿Qué… qué dijiste, mi amor?

María tragó saliva.

Sus ojos también estaban llenos de lágrimas.

—Papá…

Esta vez un poco más fuerte.

Elena rompió a llorar.

Corrió hasta abrazarle una pierna.

—No te vuelvas a ir…

Sofía hizo lo mismo.

—Pensamos que también ibas a desaparecer.

Guillermo cayó de rodillas.

Las abrazó a las tres con desesperación.

Lloraba sin intentar ocultarlo.

—Perdónenme…

Su voz se quebró.

—Perdónenme por no haber estado aquí.

Las niñas se aferraban a él como si temieran perderlo otra vez.

Durante varios minutos nadie dijo nada.

Solo se escuchaban sollozos.

Carmen permanecía junto a la encimera, con los ojos húmedos.

Intentó marcharse discretamente para darles intimidad.

Pero la voz de María la detuvo.

—No…

La pequeña levantó la cabeza.

—Quédate.

Carmen sonrió con timidez.

—Claro, mi cielo.

Guillermo levantó lentamente la vista hacia ella.

—¿Qué hiciste?

Ella negó enseguida.

—Nada especial.

—No.

Él respiró hondo.

—Los mejores especialistas del mundo no pudieron lograr esto.

¿Cómo lo hizo?

Carmen permaneció unos segundos en silencio.

Después respondió con absoluta sencillez.

—Dejé de intentar que hablaran.

Guillermo frunció el ceño.

Ella continuó.

—Todo el mundo les preguntaba cuándo volverían a sonreír.

Cuándo dejarían de llorar.

Cuándo superarían la muerte de su mamá.

Miró a las niñas.

—Yo nunca les pedí eso.

Solo cocinamos.

Dibujamos.

Cantamos.

Lloramos cuando tenían ganas de llorar.

Y nos quedábamos en silencio cuando necesitaban silencio.

Las palabras golpearon a Guillermo con más fuerza que cualquier diagnóstico.

Durante dieciocho meses había gastado millones buscando expertos.

Pero nunca había dedicado tiempo.

Nunca había permanecido sentado junto a ellas sin esperar resultados.

Nunca había aprendido simplemente a acompañarlas.

María tomó la mano de Carmen.

Después tomó la de su padre.

Y, con la naturalidad de una niña de cuatro años, juntó ambas manos.

—Mamá decía…

Sus palabras salían lentamente, como si todavía estuviera aprendiendo a encontrarlas.

—…que cuando alguien está muy triste…

Miró a los dos.

—…necesita que dos personas lo quieran al mismo tiempo.

Guillermo sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo.

Porque esa era exactamente la frase que Catalina repetía cada vez que alguna de las niñas tenía miedo.

Y Carmen jamás había conocido a su esposa.

¿Cómo podía saberlo?

Antes de que pudiera hacer la pregunta, Doña Rosa apareció apresuradamente en la puerta de la cocina.

Tenía el rostro completamente pálido.

—Don Memo…

Respiraba con dificultad.

—Acaba de llegar un abogado.

Dice que es urgente.

Trae documentos relacionados con el accidente de la señora Catalina…

Y asegura que alguien falsificó el informe policial hace dieciocho meses.

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