PARTE 2: EL PRIMER BAILE

Durante unos segundos nadie dijo una sola palabra.

Alejandro seguía mirándome como si estuviera viendo a una desconocida.

No apartó la vista de mi rostro.

Ni del vestido.

Ni de mi cabello.

Ni siquiera recordó responder.

Fue Mauricio quien rompió el silencio.

—Creo que acabas de perder veinte mil pesos.

Las risas comenzaron a escucharse alrededor.

Alejandro carraspeó.

—Valeria…

Sonrió con evidente incomodidad.

—No sabía que…

—¿Que podía verme diferente?

Lo interrumpí con tranquilidad.

—Supongo que no.

Bajó la mirada un instante.

Era la primera vez que lo veía sin esa seguridad impecable que llevaba todos los días en la oficina.

—Te ves… increíble.

Negué suavemente.

—No.

Di un paso más cerca.

—Me veo exactamente igual que el lunes.

Solo me quité el uniforme con el que decidí volverme invisible.

Vi cómo aquellas palabras le golpeaban más fuerte que cualquier reproche.

Diego levantó su copa.

—Bueno, parece que la apuesta terminó.

Metió la mano en el bolsillo interior del saco y sacó un sobre con dinero.

—Veinte mil pesos.

Lo agitó frente a Alejandro.

—Perdiste antes de empezar.

Pero Alejandro seguía sin reaccionar.

Solo me observaba.

Como si intentara reconstruir tres años de recuerdos bajo una luz completamente distinta.

En ese momento un hombre de unos cuarenta años se acercó sonriendo.

Traje gris.

Cabello entrecano.

Una insignia de uno de los principales hospitales privados del país brillaba en su solapa.

—Buenas noches.

Me miró directamente.

—¿Aceptaría este baile?

No esperó la respuesta de nadie más.

Simplemente me ofreció la mano.

Reconocí al doctor Ricardo Santillán.

Habíamos trabajado juntos durante dos años cuando yo coordinaba proyectos médicos para Grupo Ferrer.

Siempre fue respetuoso.

Siempre amable.

Sonreí.

—Con mucho gusto.

Tomé su mano.

Detrás de mí escuché cómo Mauricio soltaba una carcajada.

—Creo que eso responde la apuesta.

Mientras caminábamos hacia la pista, pude sentir la mirada de Alejandro clavada en mi espalda.

La orquesta comenzó un bolero moderno.

Ricardo me condujo con naturalidad.

—Hace años que no la veía fuera del trabajo.

—Porque casi nunca salgo.

—Es una pena.

Me observó con una sonrisa sincera.

—Siempre pensé que ocultaba demasiado de usted.

No respondió por compromiso.

Lo dijo con absoluta serenidad.

Durante aquella primera canción hablamos de hospitales, de proyectos sociales y de una fundación que atendía gratuitamente a niños con enfermedades cardíacas.

Ni una sola vez comentó mi aspecto.

Ni una sola vez hizo referencia al vestido.

Cuando terminó la música, llegaron otros.

Un empresario español.

Después un arquitecto.

Más tarde un diplomático.

Las invitaciones comenzaron a sucederse una tras otra.

No porque hubiera cambiado en dos días.

Sino porque, por primera vez en muchos años, caminaba sin esconderme.

Desde el otro lado del salón, Alejandro seguía inmóvil.

Ya nadie hablaba con él.

Sus amigos disfrutaban demasiado la situación.

—¿No decías que nadie la sacaría a bailar? —preguntó Diego riéndose.

—Ya perdió la cuenta.

Mauricio añadió:

—Creo que van siete.

Alejandro no respondió.

Solo observaba cómo desaparecía entre una pareja y otra sobre la pista.

Una hora después me acerqué a la terraza para tomar aire.

Las luces de Paseo de la Reforma iluminaban la ciudad.

Respiré profundamente.

—Valeria.

Reconocí su voz antes de girarme.

Alejandro estaba detrás de mí.

Sin copa.

Sin sonrisa.

Sin el personaje seguro que todos conocían.

—Necesito pedirte perdón.

Lo miré en silencio.

—Escuchaste todo, ¿verdad?

Asentí.

Él cerró los ojos unos segundos.

—Fui un imbécil.

—Sí.

No intenté suavizar la respuesta.

—Lo fuiste.

Bajó la cabeza.

—Nunca imaginé que…

—¿Que pudiera escucharte?

Negué despacio.

—Ese no fue tu error, Alejandro.

Le sostuve la mirada.

—Tu error fue creer que el valor de una mujer depende de cómo se viste.

El silencio volvió a instalarse entre los dos.

Entonces apareció Sofía en la puerta de la terraza.

Su expresión era una mezcla de emoción y nerviosismo.

—Valeria…

Respiraba con dificultad.

—Acaba de llegar alguien preguntando por ti.

Fruncí el ceño.

—¿Quién?

Sofía sonrió de una forma extraña.

—La presidenta del consejo directivo de Grupo Ferrer.

Dice que viene personalmente a ofrecerte un puesto… y que Alejandro todavía no sabe quién eres realmente.

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