PARTE 2: EL PREMIO QUE ÉL OLVIDÓ

El taxi se incorporó al tráfico de la avenida Reforma mientras Elena apoyaba la cabeza contra la ventanilla.

Por primera vez en doce años, no tenía que regresar a casa para esperar a Gabriel.

No tenía que preguntarse a qué hora llegaría.

Ni si cenaría.

Ni si volvería a sonreírle.

Su teléfono vibró.

Era un mensaje de Gabriel.

“Avísame cuando llegues a donde vayas.”

Elena lo leyó.

No respondió.

Minutos después, el vehículo se detuvo frente al Palacio de las Artes, donde se celebraba la ceremonia anual del cine.

En cuanto bajó, los fotógrafos comenzaron a gritar.

—¡Elena!

—¡Aquí!

—¡Una foto!

Ella sonrió con discreción.

Hacía meses que no asistía a un evento público.

Muchos incluso pensaban que se había retirado para dedicarse por completo a su matrimonio.

Dentro del teatro, Clara corrió a abrazarla.

—¡Pensé que no vendrías!

Elena respiró hondo.

—Yo también lo pensé.

Clara la observó unos segundos.

—¿Qué pasó?

Elena sostuvo su mano.

—Después te cuento.

Las luces comenzaron a apagarse.

La gala dio inicio.


Mientras tanto, Gabriel regresó solo a la empresa.

Subió a su oficina.

Intentó concentrarse en unos contratos.

No pudo.

Cada pocos minutos miraba el teléfono.

Esperaba un mensaje de Elena.

No llegó ninguno.

Su secretaria llamó a la puerta.

—Señor Salvatore, la señorita…

Él levantó una mano.

—Ahora no.

Se quedó mirando la pantalla apagada del móvil.

Algo no encajaba.

Había imaginado muchas veces aquella conversación sobre el divorcio.

Pensó que Elena lloraría.

Que discutiría.

Que intentaría convencerlo.

Incluso había preparado respuestas.

Pero ella simplemente… aceptó.

Con una serenidad que ahora comenzaba a inquietarlo.


En el teatro, el presentador abrió el sobre principal de la noche.

—Y el premio a Mejor Actriz es para…

Hizo una pausa.

—¡Elena Salvatore… por “La Última Primavera”!

Todo el auditorio se puso de pie.

Los aplausos llenaron la sala.

Clara giró inmediatamente hacia Elena.

—¡Ganaste!

Elena permaneció inmóvil unos segundos.

Luego sonrió con incredulidad.

Subió lentamente al escenario.

Tomó la estatuilla entre las manos.

Respiró hondo frente al micrófono.

—Gracias.

Miró al público.

—Durante mucho tiempo creí que debía elegir entre mi carrera y mi matrimonio.

Hizo una breve pausa.

—Hoy comprendí que nunca debí abandonar la primera persona que soñó conmigo.

Sus ojos brillaban.

—Yo misma.

El auditorio volvió a aplaudir.

La transmisión era en directo.

Millones de personas la estaban viendo.

Incluido Gabriel.


Él observaba la ceremonia desde el televisor de su despacho.

No recordaba siquiera que aquella noche eran los premios.

Tampoco recordaba que Elena estaba nominada.

Cuando escuchó su nombre, sintió un extraño vacío.

La mujer a la que acababa de pedir el divorcio estaba siendo ovacionada por todo el país.

Y él ni siquiera había estado allí.

Recordó entonces algo que ella le había contado años atrás.

La noche en que ganó su primer premio importante.

Había llegado emocionada a casa.

Él estaba respondiendo correos.

Ella le mostró el trofeo.

Él levantó la vista apenas unos segundos.

—Felicidades.

Y siguió trabajando.

Nunca volvió a preguntarle por aquella película.

Nunca vio la ceremonia.

Nunca imaginó cuánto había dolido ese silencio.


Al terminar la gala, periodistas rodearon a Elena.

Una reportera hizo la última pregunta.

—Señora Salvatore, muchos dicen que usted desapareció estos años porque prefirió la vida familiar antes que el cine.

¿Piensa regresar definitivamente?

Elena observó unos segundos la estatuilla que llevaba entre las manos.

Después respondió con absoluta calma.

—Creo que durante demasiado tiempo viví esperando que alguien más eligiera quedarse conmigo.

Sonrió.

—A partir de hoy, la única persona a la que no pienso volver a abandonar… soy yo.

Aquella respuesta se volvió viral en cuestión de minutos.

Y cuando Gabriel la vio repetirse en todas las pantallas de noticias, comprendió algo que no había considerado al pedir el divorcio.

No estaba perdiendo únicamente a su esposa.

Estaba perdiendo a una mujer extraordinaria a la que había dejado de mirar mucho antes de que ella dejara de amarlo.

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