La primera transferencia era de cincuenta mil dólares.
La segunda, de otros cincuenta mil.
Después había pagos mensuales mucho menores durante casi cuatro años.
Todos habían salido de una cuenta controlada por mi madre.
El beneficiario figuraba como:
SOPHIA CARTER.
—Parece que le pagaron para marcharse —dijo Enzo.
—No.
Volví a mirar la fotografía de Lily.
—Eso es exactamente lo que alguien quiere que parezca.
Conocía a Sophia.
Podía haber dejado de amarme.
Podía haber tenido miedo de mi familia.
Pero desaparecer sin una palabra y después cobrar durante cuatro años no encajaba.
Leí el acuerdo.
Sophia supuestamente aceptaba no contactar conmigo, no acercarse a ninguna propiedad Moretti y no revelar “determinados asuntos privados de la familia”.
Abajo estaba su firma.
Parecía auténtica.
Entonces encontré la fecha.
—Esto se firmó el 18 de febrero.
Enzo frunció el ceño.
—¿Y?
Recordaba aquel día.
Sophia había pasado la noche conmigo.
A la mañana siguiente desayunamos en Manhattan.
A las once subió conmigo a un automóvil rumbo a Connecticut.
Estuvimos juntos hasta casi medianoche.
—No pudo firmar esto en Albany a las dos de la tarde.
Enzo volvió a leerlo.
—Entonces falsificaron su firma.
Cerré la carpeta.
—Quiero hablar con mi madre.
Victoria estaba esperándome en el estudio cuando regresé.
Había enviado a Isabella con los invitados.
—¿Dónde está Sophia?
Mi madre no fingió ignorancia.
—Trabajando.
Aquella palabra me golpeó.
—¿Aquí?
—Sí.
—¿Sophia trabaja en esta casa?
—Desde hace siete meses.
La miré sin comprender.
—¿Y nunca la vi?
—Tú prácticamente no entras en las áreas de servicio.
Tenía razón.
Aquella casa tenía tres plantas, entradas separadas y más personal del que yo podía nombrar.
—¿Por qué usa otro apellido?
—Porque ahora se presenta como Sophia Bennett.
—¿Y Lily?
Mi madre guardó silencio.
Sentí que el corazón empezaba a golpearme.
—¿Cuántos años tiene?
—Tres.
—¿Tres cuánto?
—Dominic…
Golpeé la carpeta contra el escritorio.
—¿Tres cuánto?
—Tres años y cuatro meses.
Calculé automáticamente.
Sophia había desaparecido hacía cuatro años.
Mi madre vio mi expresión.
—No hagas conclusiones todavía.
—¿Es mi hija?
—No lo sé.
Aquello me enfureció más que una mentira.
—Pero sospechabas.
Victoria bajó la mirada.
—Sí.
Salí del estudio.
Encontré a Lily en la cocina con una mujer mayor del personal.
—¿Dónde está tu mamá?
La niña señaló una puerta.
Sophia estaba en la lavandería doblando manteles.
Durante cuatro años había imaginado nuestro reencuentro de cientos de maneras.
Nunca así.
Levantó la vista.
El mantel cayó de sus manos.
—Dominic.
Escuchar mi nombre en su voz casi me desarmó.
—¿Lily es mía?
Sophia cerró los ojos.
—No quería que lo descubrieras así.
—Entonces sí.
—Sí.
Una sola palabra.
Tenía una hija.
Había celebrado tres cumpleaños sin saberlo.
—¿Por qué?
Sophia miró hacia el pasillo.
—Porque cuando intenté decírtelo, tu madre llegó primero.
Victoria había visitado su apartamento cuatro años atrás.
Le mostró fotografías.
Mi automóvil.
Mis reuniones.
Personas vigilándome.
Y le dijo que una investigación federal estaba cerrándose alrededor de los negocios Moretti.
—Me dijo que si sabían que estaba embarazada, nuestra hija se convertiría en una herramienta contra ti.
—¿Te amenazó?
—No exactamente.
Eso me hizo detenerme.
—Entonces ¿qué hizo?
Sophia abrió un cajón y sacó un sobre.
Dentro había una carta escrita por mi padre.
Mi padre había muerto cinco años atrás.
Un año antes de que Sophia desapareciera.
La carta estaba dirigida a Victoria.
Si Dominic llega a tener un hijo, activa el protocolo Carter.
Levanté la mirada.
—¿Carter?
—Mi apellido —susurró Sophia— no fue una coincidencia para tu padre.
Sentí frío.
Sophia explicó que después de desaparecer descubrió algo sobre su propia familia.
Su padre, Michael Carter, había trabajado durante años con empresas vinculadas a los Moretti.
No era mafioso.
Era contador forense.
Y había conservado registros financieros que podían comprometer a varias personas.
Incluido mi padre.
—¿Mi padre te conocía?
—Conocía a mi padre.
La historia que Victoria le había contado a Sophia era sencilla.
Si se quedaba conmigo, quienes buscaban los archivos Carter terminarían descubriendo el embarazo.
Así que mi madre organizó su salida.
La dirección.
El nuevo apellido.
Los pagos.
—¿Aceptaste el dinero?
Sophia negó.
—Era para Lily.
—¿Por qué regresar entonces?
Su expresión cambió.
—Porque los pagos se detuvieron hace siete meses.
Exactamente cuando empezó a trabajar en nuestra casa.
—Necesitaba saber por qué.
—Podías haberme llamado.
—Lo hice.
Me quedé inmóvil.
Sophia sacó un teléfono antiguo.
Había mensajes enviados a mi número cuatro años atrás.
Dominic, necesito hablar contigo.
Estoy embarazada.
Por favor, no dejes que tu madre decida esto por nosotros.
Después aparecía una respuesta desde mi cuenta:
No vuelvas a contactarme.
Nunca escribí aquello.
—Mi madre tenía acceso a mi teléfono en esa época.
Sophia asintió.
—Lo descubrí demasiado tarde.
Entonces apareció Victoria en la puerta.
—Lo hice para protegerlos.
Me giré.
—Me robaste cuatro años con mi hija.
—Te mantuve vivo.
—No vuelvas a usar esa palabra.
Victoria apretó los labios.
—Tu padre dejó enemigos, Dominic.
—Mi padre está muerto.
—Precisamente.
Sophia intervino.
—Dile la otra parte.
Victoria la miró.
—No.
—¿Qué otra parte?
Sophia tomó a Lily de la mano.
—Los pagos no eran únicamente para mantenerme escondida.
Sacó varios estados de cuenta.
—Tu madre estaba comprando algo.
Las transferencias habían sido registradas como manutención.
Pero Sophia había devuelto parte del dinero a una cuenta fiduciaria creada por Michael Carter.
Durante cuatro años había reunido documentos.
Registros.
Copias de sociedades.
Y una participación empresarial.
Enzo entró detrás de nosotros.
—Dominic, encontré el origen de la cuenta.
Me entregó una hoja.
El dinero no procedía realmente de Victoria.
Procedía de un fideicomiso creado por mi padre.
MORETTI-CARTER PROTECTIVE TRUST.
Beneficiario contingente:
Primer descendiente de Dominic Moretti y Sophia Carter.
Miré a Lily.
—Mi padre sabía que Sophia y yo estábamos juntos.
Victoria cerró los ojos.
—Sí.
—¿Por qué crear un fideicomiso para un hijo que todavía no existía?
Nadie respondió.
Enzo pasó otra página.
El fideicomiso contenía acciones.
Muchas.
Una participación del veintiocho por ciento en Moretti Maritime Holdings.
Mi propia participación era menor.
—¿Lily posee esto?
—Todavía no —dijo Enzo—. Se activa cuando se confirma legalmente la filiación.
Entonces comprendí.
Mi compromiso con Isabella no era simplemente una decisión familiar.
Mi madre había presionado durante meses para que ocurriera antes de Navidad.
—¿Qué pasa si me caso con Isabella?
Enzo siguió leyendo.
—Hay una cláusula de sucesión diferente.
Victoria se sentó.
Parecía derrotada.
—Dímelo tú —ordené.
Mi madre tardó varios segundos.
—Si te casabas antes de reconocer legalmente a Lily, la administración temporal permanecía conmigo.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Diez años.
Solté una risa sin humor.
—Así que también se trataba de dinero.
—Al principio no.
—¿Al principio?
Victoria comenzó a llorar.
Era la primera vez que la veía hacerlo desde el funeral de mi padre.
—Cuando tu padre murió, descubrí que había puesto demasiadas cosas fuera de mi alcance.
—¿Por qué?
—Porque dejó de confiar en mí.
Sophia apretó mi mano.
Victoria miró aquel gesto.
—Tu padre descubrió que alguien llevaba años sacando dinero de las compañías usando empresas fantasma.
—¿Quién?
—No lo sabía.
—¿Y qué tiene que ver Michael Carter?
—Él encontró las transferencias.
Silencio.
—Por eso desapareció.
Sophia palideció.
—Mi padre murió cuando yo tenía diecisiete años.
Victoria negó.
—Eso fue lo que te dijeron.
Sophia retrocedió.
—No.
—Victoria —advertí.
—No estoy diciendo que esté vivo.
Mi madre abrió un compartimento oculto del escritorio de mi padre.
Sacó un sobre sellado.
—Estoy diciendo que su muerte fue seguida por la desaparición de los registros originales.
En el frente aparecía una fecha.
La semana anterior.
Alguien había dejado aquel sobre recientemente.
Dentro había una llave de depósito y una fotografía.
Mi padre.
Michael Carter.
Victoria.
Y una cuarta persona.
Isabella Vitale.
Mucho más joven.
Pero era ella.
Mi prometida.
—Eso es imposible —dije.
Victoria negó.
—No es Isabella.
Giró la fotografía.
Mi padre había escrito cuatro palabras:
ELENA VITALE SABE TODO.
—¿Quién es Elena?
Victoria me miró.
—La madre de Isabella.
Sentí que el suelo desaparecía.
Mi madre señaló la llave.
—Michael Carter dejó pruebas sobre quién estaba robando a los Moretti.
—¿Elena?
—No lo sé.
—Entonces ¿por qué aceptaste mi compromiso con su hija?
Victoria guardó silencio.
Y finalmente comprendí que todavía estaba escondiendo algo.
—Mamá.
—Isabella no apareció en tu vida hace seis meses por casualidad.
—¿Qué significa eso?
—Su madre me contactó primero.
Sophia se tensó.
—¿Cuándo?
Victoria me miró.
—Tres días después de que Sophia regresara a Nueva York.
Sentí que se me helaba la sangre.
Isabella había aparecido exactamente cuando Sophia había vuelto.
—¿Qué quería Elena?
Mi madre señaló a Lily.
—Que Dominic se casara con Isabella antes de descubrir que esa niña existía.
En ese instante escuchamos aplausos provenientes del salón.
La fiesta seguía.
Isabella estaba abajo celebrando nuestro compromiso.
Entonces Enzo recibió una llamada.
Escuchó durante diez segundos.
Su rostro cambió.
—Dominic.
—¿Qué?
—El depósito de la llave acaba de registrar un acceso.
—¿De quién?
Enzo me mostró la pantalla.
La autorización utilizada pertenecía a Michael Carter.
Sophia se quedó sin color.
—Eso no puede ser.
—¿Por qué?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Porque mi padre murió hace diecinueve años.
Enzo negó lentamente.
—Alguien no está intentando hacernos creer que Michael sigue vivo.
Me mostró la segunda línea del registro.
USUARIO AUTORIZADO: ELENA VITALE.
Y debajo aparecía la hora.
10:42 P. M.
Diez minutos antes.
Levanté la vista hacia el salón.
Elena Vitale estaba allí.
Y la caja que contenía la verdad sobre la desaparición de Sophia acababa de ser abierta mientras todos nosotros estábamos mirando en otra dirección.
