PARTE 2: EL PRECIO DE SU TRAICIÓN

Víctor tomó su teléfono y llamó a Nora.

Una vez.

Dos.

Diecisiete veces.

Todas las llamadas terminaron en el buzón de voz.

Finalmente, marcó el número de Dante, su jefe de seguridad.

—Encuentra a mi esposa.

—¿Qué ocurrió, jefe?

Víctor miró las cunas vacías.

—Se llevó a los gemelos.

Hubo un silencio.

—¿Quiere que movilice a los hombres?

—Quiero saber si están a salvo. Nada más.

Dante vaciló.

—Señor, hay algo que debería saber.

Víctor cerró los ojos.

—Habla.

—Anoche, la señora Rinaldi me pidió que desactivara el seguimiento de su automóvil.

Víctor se incorporó.

—¿Y lo hiciste?

—Sí, señor.

—¿Por qué?

La respuesta llegó lentamente.

—Porque me dijo que tenía miedo de usted.

Aquellas palabras le dolieron más que cualquier amenaza que hubiera recibido.

—¿Miedo de mí?

—Dijo que si usted descubría que estaba preparando su partida, nunca la dejaría marcharse.

Víctor recordó todas las veces que había ordenado a Nora cancelar sus planes.

Las ocasiones en que había decidido quién podía visitarla.

Las discusiones en las que siempre terminaba recordándole que él pagaba todo.

Lo había llamado protección.

Ahora comprendía cómo debía sentirse desde el otro lado.

—Dante, no quiero que nadie la persiga ni la intimide.

—Entendido.

—Solo necesito saber que los bebés tienen atención médica.

Colgó.

Por primera vez, no sabía qué hacer con el poder que había pasado toda su vida acumulando.

A las siete de la mañana llegó Sylvia.

Entró sin llamar, como había hecho durante los últimos meses.

—Cariño, olvidaste tu reloj en mi apartamento.

Víctor estaba sentado en la guardería.

Sylvia miró las cunas vacías.

—¿Dónde están los niños?

Él levantó lentamente la cabeza.

—Nora se fue.

Durante un instante, Sylvia pareció sorprendida.

Después sonrió.

—Bueno, quizá sea lo mejor.

Víctor la observó.

—¿Lo mejor?

—Vamos, Víctor. Sabes que ese matrimonio estaba terminado.

Sylvia se acercó.

—Ahora podemos estar juntos sin escondernos.

Él miró el reloj que ella sostenía.

Después recordó a Nora llorando silenciosamente mientras alimentaba a Leo.

—Vete.

Sylvia parpadeó.

—¿Perdón?

—He dicho que te vayas.

Su sonrisa desapareció.

—No puedes hablarme así después de todo lo que hice por ti.

Víctor frunció el ceño.

—¿Qué hiciste por mí?

Sylvia palideció.

Antes de que pudiera responder, el teléfono de Víctor vibró.

Era un mensaje de Nora.

«Los bebés están conmigo. Estamos en un lugar seguro y tienen sus medicamentos. No intentes obligarnos a volver. Mi abogada se comunicará contigo».

Víctor leyó el mensaje tres veces.

Sus hijos estaban vivos.

A salvo.

Pero su esposa no quería verlo.

Respondió:

«Gracias por avisarme. No intentaré llevarlos de regreso. Si necesitas algo para sus cuidados, puedes pedirlo a través de tu abogada».

Sylvia soltó una carcajada.

—¿De verdad vas a permitir que te quite a tus hijos?

Víctor levantó la mirada.

—Son nuestros hijos. No son una propiedad.

—Estás dejando que te manipule.

Él se puso de pie.

—La conversación terminó.

Sylvia recogió su bolso.

Antes de marcharse, murmuró:

—Cuando descubras lo que Nora ha estado haciendo, no serás tan comprensivo.

La puerta se cerró.

Víctor permaneció inmóvil.

¿Qué significaban aquellas palabras?

Esa tarde, Dante regresó con una carpeta.

—Encontré algo que necesita ver.

Víctor la abrió.

Había fotografías de Nora entrando en un edificio de oficinas del centro.

—¿Qué es esto?

—Durante las últimas seis semanas, su esposa ha visitado a una abogada especializada en derecho familiar.

Víctor asintió lentamente.

—Tiene derecho a hacerlo.

—Eso no es todo.

Dante colocó otro documento sobre la mesa.

—También contrató a un auditor financiero.

Víctor frunció el ceño.

—¿Para qué?

—Para revisar las cuentas de la Fundación Rinaldi.

El nombre lo dejó helado.

La fundación había sido creada en memoria de su madre.

Financiaba tratamientos médicos para familias que no podían pagarlos.

Nora había ayudado a organizar sus primeros programas.

—¿Encontró algo?

Dante respiró profundamente.

—Parece que sí.

Víctor examinó los documentos.

Durante ocho meses, grandes cantidades de dinero habían salido de la fundación hacia una empresa llamada Bellmont Consulting.

—Nunca autoricé estos pagos.

Dante señaló una firma.

—Alguien utilizó su autorización electrónica.

Víctor reconoció inmediatamente el nombre del representante.

Sylvia Bellmont.

Sintió que el estómago se le revolvía.

—¿Cuánto dinero?

—Casi dos millones de dólares.

Víctor se dejó caer en la silla.

Mientras Nora luchaba por mantener con vida y saludables a dos bebés prematuros, él había permitido que su amante utilizara su confianza para acceder a la fundación.

—¿Nora lo sabía?

—Según el auditor, fue ella quien detectó las primeras irregularidades.

Víctor cerró los ojos.

Ahora comprendía por qué su esposa había pasado tantas noches revisando documentos.

No estaba planeando quitarle su fortuna.

Estaba intentando descubrir quién la estaba robando.

A las nueve de la noche recibió una llamada de un número desconocido.

—¿Señor Rinaldi?

—Sí.

—Soy Rebecca Hayes, la abogada de Nora.

Víctor se incorporó.

—¿Cómo están mis hijos?

—Están recibiendo los cuidados que necesitan. Nora quiere establecer un acuerdo temporal de contacto y manutención.

—Aceptaré hablarlo.

Rebecca guardó silencio.

—También necesito informarle que su esposa ha presentado documentación relacionada con posibles irregularidades financieras.

Víctor miró la carpeta.

—Lo sé.

—Entonces comprenderá por qué decidió marcharse antes de que usted regresara.

Él bajó la cabeza.

—Sí.

Pero Rebecca añadió algo inesperado.

—Señor Rinaldi, Nora no solamente temía su reacción a la separación.

Víctor sintió un escalofrío.

—¿Qué más temía?

—Que alguien estuviera intentando perjudicar a sus bebés.

El corazón de Víctor comenzó a golpearle el pecho.

—¿Qué está diciendo?

—Hace cuatro días, Nora encontró que la bolsa de medicamentos de Leo había sido abierta.

Víctor se levantó bruscamente.

—¿Quién la abrió?

—No lo sabemos. Ella llevó los medicamentos a revisar y consiguió nuevos suministros por precaución.

Víctor recordó algo.

Sylvia había visitado el ático aquella semana.

Había insistido en quedarse sola mientras Nora llevaba a Mia al pediatra.

—Dios mío…

Rebecca continuó:

—También recibió mensajes anónimos advirtiéndole que abandonara la casa.

Víctor sintió que la sangre se le helaba.

—¿Por qué no me dijo nada?

La respuesta fue devastadora.

—Porque la última vez que intentó hablarle de Sylvia, usted la acusó de estar celosa y exagerar.

Víctor no encontró palabras.

A la mañana siguiente, una investigación interna reveló otro detalle.

Sylvia había intentado modificar una póliza de seguro vinculada a la fundación.

Además, había solicitado información sobre los fideicomisos establecidos para Leo y Mia.

Víctor miró a Dante.

—¿Por qué necesitaba conocer los fideicomisos de mis hijos?

Dante no respondió inmediatamente.

Después colocó una fotografía sobre el escritorio.

Mostraba a Sylvia reuniéndose con un hombre frente a un restaurante.

Víctor reconoció el rostro.

—No puede ser.

Era Adrian Rinaldi.

Su hermano menor.

El hombre que había desaparecido de Chicago siete años atrás después de una disputa por la herencia familiar.

—¿Cuándo fue tomada esta fotografía?

—Hace tres semanas.

Víctor sintió que el mundo se detenía.

—Adrian está de regreso.

Dante asintió.

—Y parece que Sylvia ha estado trabajando con él.

Aquella noche, Víctor recibió un segundo mensaje de Nora.

«Hay algo que debes saber. Antes de marcharme, encontré una carta escondida en tu despacho. No estaba dirigida a ti».

Víctor respondió inmediatamente.

«¿A quién estaba dirigida?»

Pasaron varios minutos.

Finalmente llegó una fotografía.

Mostraba un sobre antiguo.

En el frente aparecía una inscripción escrita con tinta azul.

PARA NORA RINALDI. ENTREGAR DESPUÉS DEL NACIMIENTO DE LOS GEMELOS.

Víctor reconoció la letra.

Era de su padre.

Pero su padre había fallecido cinco años antes.

¿Cómo podía haber escrito una carta mencionando a unos bebés que todavía no existían?

Su teléfono volvió a vibrar.

«Víctor, tu padre sabía algo sobre nuestra familia que tú nunca me contaste».

Sintió que las manos comenzaban a temblar.

«¿Qué cosa?»

La respuesta llegó acompañada de una fotografía antigua.

Mostraba a su padre sosteniendo a dos recién nacidos.

Detrás aparecía una mujer joven.

Era Sylvia.

Pero aquello era imposible.

La fotografía tenía fecha de veintiocho años atrás.

Víctor apenas podía respirar.

Entonces Nora envió la última página de la carta.

«Si mis nietos nacen algún día, debes protegerlos de Adrian. Él no es quien Víctor cree que es. Y Sylvia conoce la verdad sobre su nacimiento».

Víctor sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Porque en la esquina inferior del documento había un certificado de nacimiento.

Dos nombres.

Dos bebés.

Y una anotación que jamás había visto.

ADRIAN RINALDI Y SYLVIA BELLMONT: GEMELOS BIOLÓGICOS.

Víctor dejó caer el teléfono.

La mujer con la que había traicionado a su esposa era la hermana gemela de su propio hermano.

Y eso significaba que Sylvia también era su hermana.

Pero antes de que pudiera reaccionar, llegó otro mensaje de Nora.

«Víctor, hay algo peor. Adrian acaba de encontrar el lugar donde estamos escondidos».

CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…

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