—Lo sabes, mamá.
Chen Zhiyuan todavía recordaba la satisfacción con la que había pronunciado aquellas palabras.
En ese momento acababa de recibir su primer salario de cincuenta mil yuanes.
Creía que por fin podría mejorar la vida de Su Qing.
Tal vez mudarse a un apartamento más grande.
Comprar un automóvil.
O llevarla de viaje, como le había prometido durante su luna de miel.
Pero Lin Xiufen dejó la taza sobre la mesa y negó con la cabeza.
—Tú no sabes administrar el dinero.
—Los jóvenes gastáis sin pensar. Restaurantes, ropa, viajes… cuando os dais cuenta, no queda nada.
Después extendió una mano hacia él.
—Dame tu salario. Yo te lo guardaré.
Chen Zhiyuan vaciló.
—Pero ya estoy casado.
—Precisamente por eso.
Su madre frunció el ceño.
—Su Qing gana su propio dinero. Puede encargarse de los gastos cotidianos. Tu sueldo debe reservarse para cosas importantes.
—¿Qué cosas importantes?
—Comprar una casa.
—Cuidarnos cuando seamos viejos.
—Ayudar a tu hermano pequeño cuando se case.
Todo sonaba razonable.
Al menos, en aquel momento, a Chen Zhiyuan se lo pareció.
Esa misma noche le contó a Su Qing que empezaría a entregar su salario a su madre.
Ella estaba sentada en la cama, doblando ropa.
Sus manos se detuvieron.
—¿Todo?
—Sí.
—¿Y nuestros gastos?
—Tú puedes pagar el alquiler y la comida por ahora.
Chen Zhiyuan sonrió, convencido de que estaba proponiendo algo temporal.
—Mi madre guardará el dinero. Cuando tengamos suficiente, compraremos nuestra propia casa.
Su Qing lo miró durante varios segundos.
—¿La cuenta estará a nombre de los dos?
—Es mi madre. ¿Por qué preguntas eso?
Ella bajó la cabeza.
—Por nada.
Durante el primer año, Su Qing no dijo una sola palabra.
Pagaba el alquiler.
Compraba alimentos.
Cubría la electricidad, el agua, el transporte y los gastos domésticos.
Cuando su salario no alcanzaba, utilizaba los ahorros que tenía antes de casarse.
Chen Zhiyuan nunca lo notó.
Cada vez que preguntaba por qué no salían a cenar, ella respondía que prefería comer en casa.
Cuando dejó de comprar ropa nueva, dijo que quería ahorrar.
Cuando comenzó a llevar comida sencilla al trabajo, afirmó que estaba cuidando su salud.
Él creyó todas sus excusas.
Era más cómodo creerlas.
Al segundo año, Su Qing pidió que dividieran los gastos.
—No puedo seguir pagando todo sola.
Chen Zhiyuan se molestó.
—¿Por qué haces tantas cuentas entre marido y mujer?
—Porque mis ahorros casi se han terminado.
—Pero mi madre está guardando nuestro dinero.
—Nunca he visto esa cuenta.
—¿No confías en ella?
La discusión terminó ahí.
Su Qing no volvió a preguntar.
Al tercer año, Lin Xiufen anunció que el hermano menor de Chen Zhiyuan necesitaba dinero para comprar una casa antes de casarse.
—Solo le prestaremos una parte —dijo.
—En cuanto pueda, te lo devolverá.
Chen Zhiyuan aceptó sin consultar con su esposa.
Después pagó la reforma del apartamento de su hermano.
Los electrodomésticos.
La ceremonia de boda.
Incluso el viaje de luna de miel.
Cuando Su Qing descubrió que casi todos los ahorros prometidos para su propia casa habían desaparecido, lo miró con incredulidad.
—Ese dinero era para nosotros.
—Mi hermano también es familia.
—¿Y yo qué soy?
—No seas egoísta.
Aquella fue la primera vez que Chen Zhiyuan vio cómo algo se apagaba en los ojos de su esposa.
Ahora, sentado en el sofá, con el informe médico entre las manos, comprendía por fin qué había sido.
No era ira.
Era esperanza.
La esperanza que ella había dejado de tener en él.
La puerta del dormitorio permaneció cerrada toda la noche.
A las seis de la mañana, Su Qing salió vestida para ir a trabajar.
Su rostro seguía pálido.
Chen Zhiyuan se levantó de inmediato.
—No puedes ir a la oficina en este estado.
Ella se puso los zapatos sin mirarlo.
—Necesito mi salario.
—El médico dice que necesitas tratamiento.
—Lo sé.
—Entonces iremos hoy mismo al hospital.
Su Qing se incorporó lentamente.
—¿Con qué dinero?
Aquella pregunta lo dejó inmóvil.
—Yo tengo dinero.
—No.
Ella negó.
—Tu madre tiene dinero.
—Es diferente.
—¿Por qué?
Por primera vez, la voz de Su Qing se quebró.
—Cuando tu hermano quiso comprar una casa, encontraste dinero.
—Cuando tu madre quiso cambiar de automóvil, encontraste dinero.
—Cuando tu padre necesitó una operación, pagaste todo sin preguntar.
—Pero cuando yo te dije que no podía pagar sola el alquiler y la comida, me llamaste egoísta.
Chen Zhiyuan abrió la boca.
No encontró ninguna defensa.
Su Qing sacó otro documento del bolso.
—Este es el presupuesto inicial del tratamiento.
Lo dejó delante de él.
La cifra era mucho mayor de lo que esperaba.
—Necesito pruebas adicionales, medicación y quizá una intervención.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde hace tres meses.
—¿Por qué no me dijiste nada?
Ella soltó una risa amarga.
—Te lo dije.
Chen Zhiyuan frunció el ceño.
—No.
—Te dije que me sentía débil.
—Te dije que tenía dolor.
—Te dije que estaba perdiendo peso.
Su Qing levantó los ojos.
—Tú respondiste que todas las mujeres se quejaban por cansancio.
Cada palabra regresó a la memoria de Chen Zhiyuan.
Una noche ella había pedido que la acompañara al hospital.
Él estaba ocupado preparando una presentación.
Otra mañana le mostró unos análisis.
Él apenas los miró antes de recibir una llamada de su madre.
También recordaba haberle dicho:
—No pienses tanto. Seguro que no es nada.
No había sido que Su Qing guardara silencio.
Él nunca había querido escucharla.
—Llamaré a mi madre ahora mismo —dijo—. Recuperaré el dinero.
Su Qing tomó su bolso.
—Haz lo que quieras.
—Qingqing…
—No me llames así.
Él se quedó paralizado.
Durante cuatro años, aquel había sido el nombre cariñoso que utilizaba con ella.
Pero ahora, en su boca, parecía una burla.
—Hoy hablaré con mi abogado —continuó Su Qing—. Quiero el divorcio.
Chen Zhiyuan sintió un zumbido en los oídos.
—No puedes decidir algo así por una discusión.
—No es por una discusión.
Ella abrió la puerta.
—Es por cuatro años.
Después salió sin mirar atrás.
Chen Zhiyuan llamó inmediatamente a su madre.
Lin Xiufen respondió después de varios tonos.
—¿Qué ocurre tan temprano?
—Mamá, necesito el dinero que te he entregado estos años.
Al otro lado de la línea hubo un silencio.
—¿Para qué?
—Su Qing está enferma.
—¿Qué enfermedad?
Él le explicó rápidamente el diagnóstico y el tratamiento.
Esperaba que su madre se asustara.
Que le dijera que fuera al hospital cuanto antes.
Pero Lin Xiufen solo suspiró.
—Las mujeres jóvenes siempre exageran.
—El informe es del hospital.
—Los hospitales inventan problemas para cobrar dinero.
Chen Zhiyuan apretó el teléfono.
—Mamá, necesito que me transfieras el dinero hoy.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque ya no está.
El pecho de Chen Zhiyuan se tensó.
—¿Qué significa que ya no está?
Lin Xiufen comenzó a hablar con impaciencia.
—Una parte se utilizó para la casa de tu hermano.
—Otra para la operación de tu padre.
—También invertí algo en el negocio de tu tío.
—¿Cuánto queda?
—No llevo las cuentas exactas.
—¡Te entregué más de dos millones en cuatro años!
—¿Y crees que mantener una familia no cuesta dinero?
La voz de su madre se volvió más fuerte.
—Tu hermano es tu hermano.
—Tu padre y yo te criamos.
—Todo ese dinero se usó en la familia.
Chen Zhiyuan sintió que las manos se le enfriaban.
—Me dijiste que lo estabas guardando para comprarme una casa.
—Y te compraremos una cuando sea posible.
—¿Cuándo?
—No me hables con ese tono.
Lin Xiufen se enfadó.
—Desde que te casaste, esa mujer solo sabe sembrar discordia entre nosotros.
—Ella no me pidió que llamara.
—Entonces ¿por qué reclamas el dinero justo después de que te muestra un informe médico?
La implicación era evidente.
Su madre creía que Su Qing había inventado la enfermedad para quedarse con los ahorros.
Chen Zhiyuan respiró hondo.
—Mamá, transfiéreme todo lo que quede.
—No queda casi nada.
—¿Cuánto?
Lin Xiufen tardó en responder.
—Unos treinta mil.
Chen Zhiyuan sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Cincuenta mil yuanes al mes.
Cuarenta y ocho meses.
Más de dos millones entregados.
Y solo quedaban treinta mil.
—¿Dónde está el resto?
—Ya te lo expliqué.
—Quiero comprobantes.
—¿Ahora vas a investigarme?
—Quiero saber dónde está mi dinero.
—¡No es solo tuyo! —gritó Lin Xiufen—. Eres mi hijo. Lo que ganas también pertenece a esta familia.
Chen Zhiyuan cerró los ojos.
Durante años había repetido esa misma idea frente a Su Qing.
Que la familia no debía hacer cuentas.
Que hablar de dinero dañaba las relaciones.
Ahora comprendía por qué esa frase siempre beneficiaba a las mismas personas.
—Transfiéreme los treinta mil —dijo.
—Tu hermano necesita pagar la cuota del automóvil este mes.
—Mamá.
Su voz se volvió helada.
—Transfiéremelos ahora.
Lin Xiufen colgó.
Media hora después, no había recibido nada.
Chen Zhiyuan fue directamente a casa de sus padres.
Al entrar, encontró a su hermano Chen Zhiming desayunando en el comedor.
En la mesa estaban las llaves de un automóvil nuevo.
—Hermano, ¿por qué has venido?
Chen Zhiyuan señaló las llaves.
—¿Cuánto costó?
Zhiming las guardó rápidamente.
—No mucho.
—¿Cuánto?
Lin Xiufen salió de la cocina.
—No empieces a hacer escenas.
Chen Zhiyuan la miró.
—¿Lo compraste con mi dinero?
—Tu hermano necesita un automóvil para trabajar.
—Él trabaja a diez minutos de su casa.
—También debe mantener las apariencias.
Chen Zhiyuan soltó una risa amarga.
Su esposa comía fideos instantáneos porque no podía permitirse llenar el refrigerador.
Pero su hermano necesitaba un automóvil caro para mantener las apariencias.
—Véndelo.
Zhiming se puso de pie.
—¿Qué?
—Vende el automóvil y devuélveme el dinero.
—¡Estás loco!
—Mi esposa necesita tratamiento.
Zhiming frunció el ceño.
—Entonces pide un préstamo.
Chen Zhiyuan lo miró en silencio.
Su hermano llevaba años viviendo en una casa pagada por él.
Conducía un automóvil pagado por él.
Había celebrado una boda pagada por él.
Y ahora le sugería endeudarse para salvar a su esposa.
—La casa también —dijo Chen Zhiyuan—. Está a mi nombre porque yo pagué la entrada.
El rostro de Zhiming cambió.
—Mamá dijo que era un regalo.
—Nunca firmé una donación.
Lin Xiufen se interpuso entre ambos.
—¿Vas a quitarle la casa a tu propio hermano por una mujer?
Aquella frase terminó de despertar a Chen Zhiyuan.
—Esa mujer es mi esposa.
—Tu esposa puede cambiarse —respondió su madre—. Pero tu hermano siempre será tu hermano.
La habitación quedó en silencio.
Chen Zhiyuan miró a la mujer a la que había entregado todo su salario durante cuatro años.
Por primera vez no vio a una madre preocupada por su futuro.
Vio a alguien que había utilizado su culpa y su obediencia para mantener a toda una familia, mientras su esposa cargaba sola con el verdadero hogar.
—Ahora entiendo —dijo.
Sacó el teléfono.
—Llamaré a un abogado.
Lin Xiufen palideció.
—¿Para qué?
—Para recuperar todo lo que esté legalmente a mi nombre.
Zhiming golpeó la mesa.
—¡No puedes hacerme esto!
—Tú me dijiste que pidiera un préstamo.
Chen Zhiyuan lo miró sin emoción.
—Haz lo mismo.
Se marchó mientras su madre gritaba detrás de él.
Aquella tarde fue al hospital.
Encontró a Su Qing sentada sola frente al consultorio.
Llevaba una carpeta sobre las rodillas.
Al verlo, frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué haces aquí?
Chen Zhiyuan se sentó a su lado.
—Te acompaño.
—No es necesario.
—Lo sé.
Bajó la cabeza.
—Pero quiero hacerlo.
Su Qing no respondió.
Después de unos minutos, el médico los llamó.
El diagnóstico era serio, pero el tratamiento todavía podía iniciarse a tiempo.
Chen Zhiyuan escuchó cada palabra.
Anotó las instrucciones.
Preguntó por los efectos secundarios.
Por las fechas.
Por los costos.
Por primera vez, no miró el teléfono ni interrumpió al médico.
Al salir, Su Qing caminó hacia el ascensor.
—Conseguiré el dinero —dijo él.
—No necesito que vendas promesas.
—Ya contraté a un abogado.
Ella se detuvo.
Chen Zhiyuan le contó lo ocurrido con su madre, la casa de su hermano y los ahorros desaparecidos.
Su Qing escuchó sin mostrar sorpresa.
—Yo ya sabía que no quedaba dinero.
Él levantó la cabeza.
—¿Cómo?
—Hace un año fui a preguntarle a tu madre cuánto habíamos ahorrado.
—¿Y qué te dijo?
—Que no era asunto mío.
Su Qing sonrió con tristeza.
—Después me pidió que no te contara nada, porque yo estaba intentando separar a la familia.
Chen Zhiyuan sintió una vergüenza insoportable.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque cada vez que hablaba de tu madre, tú me acusabas de ser calculadora.
Él bajó los ojos.
—Lo siento.
—Un “lo siento” no devuelve cuatro años.
—Lo sé.
—Tampoco paga mi tratamiento.
—Lo sé.
—Ni cambia el hecho de que me dejaste sola.
La voz de Su Qing permanecía serena.
Eso hacía que cada palabra doliera todavía más.
—Lo sé —repitió él.
Ella lo observó.
Parecía esperar otra justificación.
Pero Chen Zhiyuan no la dio.
—No voy a pedirte que me perdones ahora —dijo—. Tampoco intentaré impedir el divorcio si eso es lo que quieres.
—Entonces ¿qué quieres?

—Asumir lo que hice.
Durante las semanas siguientes, Chen Zhiyuan vendió su automóvil.
Pidió un adelanto en el trabajo.
Inició acciones legales para recuperar la casa comprada para su hermano.
También presentó una demanda para revisar las transferencias administradas por su madre.
La familia entera lo llamó desagradecido.
Su padre dijo que estaba avergonzado de él.
Su hermano publicó mensajes acusándolo de abandonar a su familia por una mujer.
Lin Xiufen fue a su empresa y lloró frente a sus compañeros.
Chen Zhiyuan no cedió.
Cada yuan recuperado fue depositado en una cuenta destinada al tratamiento de Su Qing.
Ella aceptó el dinero, pero no retiró la solicitud de divorcio.
—Esto no es una recompensa —le dijo—. Es parte de lo que debiste aportar desde el principio.
—Lo entiendo.
Meses después, el tratamiento comenzó a dar resultados.
Su Qing recuperó algo de peso.
El color regresó lentamente a su rostro.
Chen Zhiyuan aprendió a cocinar platos sencillos.
Al principio quemaba el arroz.
Ponía demasiada sal en la sopa.
Y tardaba una hora en preparar una comida que Su Qing antes hacía en veinte minutos después de trabajar todo el día.
Fue entonces cuando comprendió que nunca había sido solo comida.
Era tiempo.
Dinero.
Cansancio.
Atención.
Era todo aquello que había considerado una obligación natural de su esposa.
El día en que firmaron finalmente el divorcio, Chen Zhiyuan no intentó detenerla.
A la salida, le entregó una carpeta.
—Aquí están los documentos de la casa que recuperé.
Su Qing frunció el ceño.
—No la quiero.
—La mitad te corresponde.
—Legalmente no.
—Moralmente sí.
Ella lo miró durante un largo rato.
Después tomó la carpeta.
—Gracias.
Fue la primera palabra amable que le dirigía en meses.
Chen Zhiyuan sintió un dolor agudo en el pecho, pero sonrió.
—Cuídate.
Su Qing dio dos pasos y se detuvo.
—Zhiyuan.
Él levantó la cabeza.
—No eras una mala persona.
—Pero permitiste que otros se beneficiaran de tu bondad mientras yo pagaba el precio.
Él asintió lentamente.
—Lo sé.
Su Qing se marchó.
Años después, Chen Zhiyuan siguió enviando una cantidad mensual a sus padres.
Pero ya no entregaba todo su salario.
Pagaba únicamente los gastos médicos necesarios.
No financiaba automóviles.
No pagaba deudas de su hermano.
No permitía que nadie utilizara la palabra “familia” para exigirle sacrificios sin límite.
Aprendió demasiado tarde que ser un buen hijo no significaba convertirse en el sostén de todos a costa de destruir su matrimonio.
Y también entendió algo que jamás olvidaría.
Su Qing no dejó de cocinar porque no lo amara.
Dejó de hacerlo porque llevaba cuatro años alimentando sola un hogar al que él nunca había contribuido.
Aquella noche de los fideos instantáneos, Chen Zhiyuan creyó que su esposa lo estaba castigando.
En realidad, ella simplemente había dejado de sacrificarse por un hombre que entregaba todo a su madre y regresaba a casa esperando que otra mujer siguiera dándoselo todo gratis.