PARTE 2: EL PRECIO DE LA MENTIRA

Chloe dejó de sonreír.

—¿Qué significa “ya he empezado”?

Guardé el teléfono.

—Lo descubrirán muy pronto.

En ese momento, los ascensores se abrieron.

Dominic salió rodeado de directivos.

A su lado caminaba una mujer con un elegante vestido rojo.

En brazos sostenía a un niño de unos cuatro años.

Al verme, Dominic se quedó inmóvil.

—Vivienne…

Sophia sonrió con ilusión.

—¡Papá!

Corrió hacia él con el collar de papel entre las manos.

Antes de que pudiera abrazarlo, la mujer dio un paso al frente.

—Dominic, ¿quiénes son ellas?

Él abrió la boca.

Pero no respondió.

Sophia levantó el collar.

—Lo hice para ti.

Dominic lo miró unos segundos.

No llegó a tomarlo.

La mujer frunció el ceño.

—¿Qué está pasando?

Él respiró hondo.

—Amanda… yo puedo explicarlo.

Mi hija bajó lentamente las manos.

Por primera vez entendió que algo no estaba bien.

Le acaricié el cabello.

—Ve a sentarte un momento, mi amor.

Una recepcionista la acompañó hasta un sofá cercano.

Entonces miré nuevamente a Dominic.

—Ahora sí puedes explicarlo.

Antes de que hablara, todos los teléfonos comenzaron a vibrar al mismo tiempo.

Directores.

Accionistas.

Consejeros.

Incluso Dominic.

Él contestó de inmediato.

—¿Qué sucede?

Del otro lado apenas pudo escucharse una frase.

Su rostro perdió completamente el color.

—¿Cómo que suspendieron la línea de crédito?

Colgó.

Inmediatamente volvió a sonar.

—¿Qué?

Escuchó durante unos segundos.

—¿Los inversionistas también se retiraron?

Una tercera llamada.

Luego una cuarta.

En menos de dos minutos, la sonrisa de todos los ejecutivos había desaparecido.

Victor volvió a llamarme.

Activé el altavoz.

—Viv.

—¿Sí?

—Los bancos cancelaron el financiamiento.

Los fondos de inversión retiraron su participación.

Y el consejo acaba de convocar una reunión extraordinaria para destituir al vicepresidente ejecutivo.

Dominic levantó lentamente la vista.

—¿Fuiste tú?

Negué con calma.

—No.

Miré directamente a sus ojos.

—Fue mi familia la que dejó de sostener el imperio que tú creías haber construido solo.

Los murmullos recorrieron el vestíbulo.

Amanda retrocedió un paso.

—¿Qué significa eso?

Victor respondió desde el teléfono.

—Durante seis años, las empresas Sterling mantuvieron con vida esa compañía mediante inversiones ocultas.

Hizo una breve pausa.

—Por respeto a la decisión de mi hermana.

El silencio fue absoluto.

Dominic comenzó a respirar con dificultad.

—Vivienne… yo no sabía…

—Exactamente.

Lo interrumpí.

—Nunca preguntaste de dónde venían los recursos.

Solo disfrutabas de ellos.

Sophia volvió caminando lentamente hacia mí.

Todavía sostenía el collar de papel.

Lo tomó entre sus pequeñas manos y preguntó en voz baja:

—¿Papá ya no lo quiere?

Me agaché para abrazarla.

—Hay personas que no saben valorar los regalos más importantes.

Dominic dio un paso hacia nosotras.

Pero dos miembros de seguridad ya caminaban en su dirección.

No iban por mí.

Iban por él.

El presidente del consejo acababa de bajar del ascensor con una carpeta en la mano.

Miró a Dominic con absoluta frialdad.

—Señor Dominic Hayes…

Le entregó un documento.

—Queda suspendido de todas sus funciones con efecto inmediato.

Y mientras Dominic veía cómo el edificio entero se desmoronaba a su alrededor, comprendió que perder su cargo… era apenas el comienzo.

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