PARTE 2: EL PRECIO DE LA MENTIRA

No entré a la villa.

No hice una escena.

No quería escuchar otra explicación de Jason.

Ya había escuchado suficientes mentiras.

Regresé al apartamento antes que él.

Saqué una maleta pequeña y guardé únicamente lo que realmente era mío.

Ropa.

Documentos.

Los ochocientos yuanes que había ganado aquella noche.

Y el recibo de los dos mil yuanes que Jason pidió prestados para mi intervención.

Lo dejé sobre la mesa.

Debajo escribí:

“Tu prueba terminó. Yo también.”

Después bloqueé su número y desaparecí.


Jason regresó cerca de medianoche.

Entró sonriendo, todavía oliendo al perfume caro de aquella fiesta.

—¿Amor?

Silencio.

Abrió el dormitorio.

Vacío.

Revisó el baño.

Mi cepillo de dientes había desaparecido.

Entonces vio el recibo.

Y por primera vez aquella noche, el heredero de la familia Jiang dejó de sonreír.

Me llamó.

Bloqueado.

Intentó desde otro número.

Lo bloqueé también.

A la mañana siguiente fue al club.

Mi conocida no le dijo dónde estaba.

Después buscó en mi antiguo trabajo.

En casa de amigos.

En hospitales.

Nada.

Al tercer día, Jason apareció en casa de mi abuela.

Ella abrió la puerta apenas unos centímetros.

—¿Dónde está Inés?

—Lejos de ti.

—Necesito explicarle algo.

Mi abuela lo miró de arriba abajo.

Traje caro.

Reloj.

Automóvil esperando detrás.

Finalmente comprendió.

—Así que nunca fuiste pobre.

Jason palideció.

—Yo la amo.

Mi abuela cerró la puerta.

—Entonces debiste amarla antes de hacerla sufrir para comprobar cuánto te amaba ella.


Una semana después recibí un correo.

No era de Jason.

Era de Evelyn Song.

“Necesitamos hablar.”

Estuve a punto de borrarlo.

Después llegó una fotografía.

Era una captura de una conversación entre Jason y su padre.

Seis meses antes.

Señor Jiang:

“Termina con esa mujer antes del compromiso.”

Jason:

“Todavía no.”

“Quiero saber cuánto aguanta sin saber quién soy.”

Su padre respondió:

“¿Y si queda embarazada?”

Jason:

“Eso se resuelve.”

Me quedé mirando aquellas tres palabras.

Eso se resuelve.

Así había llamado a nuestro hijo.

Un problema que debía resolverse.

Evelyn volvió a escribir:

“Yo tampoco sabía que existías.”

Acepté verla.


Nos encontramos en una cafetería.

Evelyn llegó sin chofer.

Sin joyas.

Se sentó frente a mí y colocó una carpeta sobre la mesa.

—Cancelé el compromiso.

La miré sorprendida.

—¿Por mí?

—No.

Su respuesta fue inmediata.

—Por mí.

Empujó la carpeta hacia mí.

Dentro había fotografías, transferencias y conversaciones.

Jason había mantenido durante años una especie de juego con varios amigos ricos.

Competían por vivir como personas comunes sin revelar su identidad.

Pero Jason había llevado aquello mucho más lejos.

Yo no había sido su compañera en una vida difícil.

Había sido parte de su experimento.

—Su familia sabía de ti —dijo Evelyn—. Incluso investigaron tus antecedentes.

Sentí frío.

—¿Desde cuándo?

—Desde casi el principio.

Entonces entendí algo todavía peor.

Cada vez que Jason me decía que no podíamos permitirnos un médico mejor…

podía pagarlo.

Cada vez que dividíamos una comida para ahorrar…

podía pagar mil cenas.

Cada vez que lloró conmigo por dinero…

estaba actuando.

Me levanté.

—Gracias.

Evelyn me detuvo.

—Jason vendrá.

—Que venga.

—No entiendes. Está fuera de control desde que desapareciste.

La miré.

—No.

Tomé mi bolso.

—El que todavía no entiende es él.


Jason me encontró dos meses después.

Yo había conseguido trabajo administrativo en una empresa pequeña.

Cuando salí aquella tarde, un Rolls-Royce esperaba frente al edificio.

Jason estaba apoyado contra la puerta.

Parecía agotado.

—Inés.

Seguí caminando.

Corrió detrás de mí.

—¡Espera!

Me detuve.

—Cinco minutos.

—No necesito cinco.

—Yo sí.

Sus ojos estaban rojos.

—El compromiso terminó.

—Lo sé.

—No amo a Evelyn.

—Eso ya es problema de Evelyn.

—Te amo a ti.

Por primera vez pude escucharlo sin que aquellas palabras me destruyeran.

—No, Jason.

—Sí.

—Si hubiera querido burlarme de ti, habría terminado después de unos meses. Viví contigo durante años.

—Precisamente.

Lo miré.

—Tuviste años para decirme la verdad.

Se quedó callado.

Saqué el recibo doblado que había conservado.

Dos mil yuanes.

—¿Recuerdas esto?

Su rostro perdió color.

—Inés…

—Pediste prestados dos mil yuanes mientras tenías millones.

—Yo pensaba que necesitábamos ese dinero.

—Quería saber si podíamos superar juntos una vida difícil.

Negué lentamente.

—Tú sabías que era un juego.

—Yo no.

Jason intentó acercarse.

Retrocedí.

—Y cuando quedé embarazada, seguiste jugando.

No respondió.

Eso fue suficiente.

—No perdiste mi amor cuando descubrí tu dinero.

Mi voz permaneció tranquila.

—Lo perdiste cuando entendí que mi sufrimiento era una prueba que tú podías detener en cualquier momento.

Jason comenzó a llorar.

Durante años habría dado cualquier cosa por verlo llorar por mí.

Ahora no sentí nada.

—Puedo compensarte.

—No.

—Te daré lo que quieras.

Sonreí tristemente.

—Ese siempre fue tu problema.

—Creíste que porque podías comprar un reloj de un millón seiscientos mil también podrías comprar otra oportunidad.

Guardé el recibo.

—Pero lo único que necesitaba de ti era una verdad que no costaba un solo yuan.

Pasé junto a él.

Jason no volvió a detenerme.


Un año después recibí una transferencia.

Dos mil yuanes.

La devolví.

Llegó otra.

La devolví también.

Después apareció un mensaje desde un número desconocido:

“Todavía te debo esos dos mil.”

Respondí una sola vez:

“No. Me debías honestidad. Y esa deuda ya venció.”

Bloqueé el número.

Después guardé el teléfono y continué caminando.

Durante mucho tiempo creí que había sido pobre porque no tenía dinero.

Me equivocaba.

La etapa más pobre de mi vida fue aquella en la que entregué todo mi amor a un hombre que tenía millones…

y aun así fue demasiado miserable para ofrecerme la verdad.

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