PARTE 2: EL PRECIO DE DIEZ BOFETADAS

Gu Yan dejó caer lentamente el teléfono.

Por primera vez desde que lo conocía, vi miedo en sus ojos.

—¿Qué… acabas de decir?

No respondí.

No hacía falta.

Su teléfono volvió a sonar.

Esta vez era el director financiero.

—¡Señor Gu! El Fondo Shen ha retirado todas las garantías. Los bancos congelaron nuestras líneas de crédito y cuatro inversionistas institucionales están vendiendo sus participaciones.

Gu Yan apretó el teléfono.

—¡Consigan financiación de emergencia!

—Ya lo intentamos. Nadie quiere prestarnos.

—¿Por qué?

Hubo un silencio incómodo.

—Porque… todos recibieron una advertencia del Grupo Shen.

La oficina quedó muda.

Bai Xue retrocedió un paso.

Ella conocía ese nombre.

Todos en Ciudad A lo conocían.

El Grupo Shen no aparecía demasiado en la prensa, pero controlaba participaciones en bancos, constructoras, fondos de inversión y empresas tecnológicas.

Gu Yan me miró fijamente.

—¿Qué relación tienes con ellos?

Sonreí.

—¿Todavía no lo entiendes?

Entonces las puertas del ascensor privado se abrieron.

Un hombre de unos sesenta años salió acompañado por varios ejecutivos vestidos de negro.

Gu Yan lo reconoció inmediatamente.

—Señor Wang…

Era Wang Zhiyuan, presidente ejecutivo del Grupo Shen.

Un hombre al que Gu Yan había intentado conocer durante años sin conseguir siquiera una reunión privada.

Pero Wang pasó junto a él sin saludarlo.

Caminó directamente hacia mí.

Y ante todos los presentes inclinó respetuosamente la cabeza.

—Señorita Shen.

Bai Xue palideció.

Gu Yan parecía incapaz de respirar.

Wang observó mi rostro hinchado.

Su expresión cambió.

—¿Quién hizo esto?

Miré a Gu Yan.

—Mi esposo.

Wang cerró los ojos durante un instante.

Cuando volvió a abrirlos, ya no había ninguna emoción en ellos.

—Entendido.

Sacó una carpeta.

—Entonces procederemos también con la segunda fase.

Gu Yan reaccionó.

—¡Esperen!

Se acercó a mí.

—Shen Yue, explícame qué significa todo esto.

—Significa que cometiste un error.

—¿Qué error?

Lo miré directamente.

—Creer que me casé contigo porque necesitaba tu dinero.

Wang colocó la carpeta sobre el escritorio.

—Hace tres años, la señorita Shen renunció temporalmente a la administración de sus activos personales para casarse con usted. Sin embargo, nunca renunció a su propiedad.

Abrió el documento.

—Actualmente posee el 61 % del Fondo Shen.

Otro documento.

—El 34 % de la entidad financiera que concedió al Grupo Gu sus principales préstamos.

Otro.

—Y las garantías que permitieron financiar su expansión durante estos últimos tres años.

Cada hoja parecía quitarle un poco más de color al rostro de Gu Yan.

Finalmente comprendió.

Su imperio no había crecido a pesar de mí.

Había crecido gracias a mí.

—¿Por qué nunca me lo dijiste? —susurró.

Sentí algo parecido a una risa.

—Porque quería saber si podías quererme cuando yo no tenía nada que ofrecerte.

Miré a Bai Xue.

—Ya tengo la respuesta.

Ella comenzó a temblar.

—Señor Gu… yo no sabía…

Gu Yan se volvió hacia ella.

Por primera vez, ya no había ternura en su mirada.

—¿Realmente te golpeó?

Bai Xue abrió la boca.

No salió ninguna palabra.

Saqué mi teléfono.

—No hace falta preguntarle.

Presioné la pantalla.

Una grabación comenzó a reproducirse.

La voz de Bai Xue llenó la oficina.

—Cuando llegue, lloraré. Tú solo tienes que decir que me golpeó. El director Gu siempre me cree.

Después se escuchó una risa.

—Quiero verla arrodillada delante de mí.

Bai Xue quedó blanca.

Gu Yan la miró como si acabara de descubrir a una desconocida.

—¿Me mentiste?

—¡No! Yo…

—¿Me mentiste?

Ella comenzó a llorar.

Pero esta vez nadie corrió a abrazarla.

Gu Yan levantó una mano.

Quizá quería señalarla.

Quizá quería descargar sobre ella toda su rabia.

Le sujeté la muñeca antes de que hiciera nada.

—No.

Me miró.

—Yue…

—No conviertas esto en culpa de ella.

Solté lentamente su brazo.

—Bai Xue mintió.

Hice una pausa.

—Pero tú decidiste castigarme sin escuchar una sola palabra.

Gu Yan se quedó inmóvil.

Aquello era lo que no podía cambiar.

No importaba cuántas mentiras hubiera contado Bai Xue.

La orden había salido de su boca.

Diez bofetadas.

En nuestro aniversario.

Wang dejó otro documento sobre el escritorio.

—Señorita, el acuerdo está preparado.

Lo tomé.

Lo puse frente a Gu Yan.

Él miró la primera página.

ACUERDO DE DIVORCIO.

Sus dedos temblaron.

—No.

—Firma.

—Podemos arreglar esto.

—No.

—Cometí un error.

—Diez.

Frunció el ceño.

—¿Qué?

—Cometiste diez.

Gu Yan cerró los ojos.

—Yue, dame una oportunidad.

Lo observé durante unos segundos.

Tres años de matrimonio.

Tres años esperando que aquel hombre volviera a ser el que me había prometido protegerme.

Pero ese hombre ya no existía.

—Tu oportunidad terminó con la décima bofetada.

Me giré hacia Wang.

—Vamos.

—¡Shen Yue!

La voz de Gu Yan me detuvo.

—Si sales por esa puerta, ¿de verdad destruirás todo lo que construimos?

Giré la cabeza.

—No.

Sus ojos mostraron una pequeña esperanza.

Entonces terminé:

—Solo retiraré todo lo que era mío.

Salí.


A las dos de la madrugada, el Grupo Gu perdió tres proyectos estratégicos.

A las cuatro, dos bancos iniciaron procedimientos de cobro.

A las seis, las acciones habían perdido más de la mitad de su valor.

A las ocho, el consejo convocó una reunión de emergencia.

Y a las nueve de la mañana, Gu Yan fue destituido como director ejecutivo.

No había pasado ni un día.

Cuando llegué a la sede del Grupo Shen, decenas de ejecutivos esperaban en el vestíbulo.

Wang caminaba a mi lado.

—Señorita, su padre está esperando arriba.

Me detuve.

—¿Mi padre regresó?

—Tomó el primer vuelo cuando vio las fotografías de su rostro.

Las puertas del ascensor se abrieron.

Mi padre estaba dentro.

No dijo nada.

Solo miró mis mejillas.

Su expresión se endureció.

—¿Él hizo esto?

Asentí.

Mi padre sacó el teléfono.

—Entonces el Grupo Gu no necesita sobrevivir hasta mañana.

—Papá.

Me miró.

—Déjalo vivir.

Frunció el ceño.

Sonreí levemente.

—Quiero que vea lo que perdió.


Aquella tarde, Gu Yan apareció frente al Grupo Shen.

Ya no llevaba el traje impecable del director más poderoso de Ciudad A.

Tenía la camisa arrugada y los ojos rojos.

Los guardias intentaron detenerlo.

—¡Shen Yue!

Me giré.

Corrió hacia mí.

—Firmaré el divorcio.

Sacó los documentos.

Su firma ya estaba en la última página.

—No quiero dinero. No quiero acciones. No quiero nada.

Me miró desesperadamente.

—Solo dime una cosa.

—¿Cuál?

—¿Alguna vez me amaste?

Lo observé en silencio.

—Sí.

Aquella respuesta pareció destruirlo más que cualquier insulto.

—Entonces…

—Por eso soporté tanto.

Pasé junto a él.

Pero antes de entrar en el coche, añadí:

—Y por eso nunca volveré.

La puerta se cerró.

Gu Yan quedó solo en la acera.

Pensé que aquello era el final.

Me equivocaba.

Esa noche Wang entró apresuradamente en mi despacho.

Traía una carpeta antigua.

—Señorita Shen, encontramos algo mientras auditábamos las cuentas del Grupo Gu.

La abrió.

Dentro había transferencias realizadas durante los últimos tres años.

Millones habían desaparecido de proyectos financiados con nuestro dinero.

Todas terminaban en sociedades fantasma.

—¿Gu Yan robó el dinero?

Wang negó lentamente.

—No.

Deslizó hacia mí la última página.

Vi el nombre del beneficiario.

BAI XUE.

Pero debajo aparecía otro nombre.

Uno que me hizo levantarme de golpe.

—Esto es imposible.

Wang me miró seriamente.

—Bai Xue nunca intentó solamente quitarle a su esposo.

Hizo una pausa.

—Entró al Grupo Gu hace tres años por orden de alguien.

Sentí frío.

—¿De quién?

Wang colocó una fotografía sobre la mesa.

Miré al hombre que aparecía junto a Bai Xue.

Y comprendí que las diez bofetadas solo habían sido el principio.

Porque aquel hombre pertenecía a mi propia familia.

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