Mariana sintió que las manos le temblaban.
El video apenas duraba dos minutos.
Pero bastó el primer segundo para comprender que todo su matrimonio había sido una mentira.
Rodrigo rodeaba la cintura de Ximena mientras ambos reían dentro de un restaurante.
La fecha aparecía claramente en la esquina inferior de la pantalla.
Siete días antes de la boda.
—Solo aguanta un poco más —dijo Rodrigo, besándola en la frente—. En cuanto el dinero esté seguro, nos deshacemos de ella.
Mariana dejó de respirar.
Ximena sonrió.
—¿Y si sospecha?
—No sospechará. Está enamorada.
Él soltó una carcajada.
—Después del matrimonio será mucho más fácil convencerla de invertir el resto de sus ahorros.
Mariana sintió un nudo en el estómago.
El video continuó.
—¿Ya transfirió los cuatrocientos ochenta mil?
—Sí.
—Perfecto.
Ximena levantó una copa.
—Entonces ya valió la pena casarte con ella.
Rodrigo chocó su copa con la de ella.
—Solo es cuestión de tiempo.
Luego apareció la frase que hizo que Mariana cerrara la computadora de golpe.
—Cuando firme el crédito del departamento, le pediré el divorcio. Con la presión de mi familia aceptará cualquier acuerdo.
El silencio llenó el apartamento de Paola.
Mariana tardó casi un minuto en volver a abrir la laptop.
Necesitaba asegurarse de que aquello era real.
Lo reprodujo otra vez.
Y otra.
No había ninguna duda.
Aquello no era una discusión privada.
Era un plan cuidadosamente preparado.
A la mañana siguiente, Adrián Salgado observó el video sin decir una palabra.
Cuando terminó, quitó los lentes y permaneció unos segundos mirando la pantalla en negro.
—¿Qué tan grave es? —preguntó Mariana.
El abogado respiró profundamente.
—Mucho más de lo que imaginas.
Sacó una libreta y comenzó a hacer anotaciones.
—Aquí no solo hay violencia familiar.
Hay indicios de fraude.
Posible simulación matrimonial.
Abuso patrimonial.
Y una estrategia para obtener tu dinero mediante engaño.
Mariana permanecía inmóvil.
—¿Puedo recuperar lo que invertí?
Adrián levantó la vista.
—Si actuamos rápido, sí.
Después hizo otra pregunta.
—¿Conservas los comprobantes de las transferencias?
—Todos.
—¿Los mensajes donde Rodrigo te pidió ese dinero?
—También.
—Perfecto.
El abogado sonrió por primera vez.
—Entonces empezamos a construir el caso.
Mientras tanto…
En casa de los Armenta, el ambiente era completamente distinto.
Rubén golpeó la mesa con el puño.
—Esa muchacha volverá arrastrándose.
Leticia asintió con seguridad.
—No tiene a dónde ir.
Kevin seguía revisando el video de las bofetadas que había grabado.
—Ya lo borré del grupo.
Rodrigo permanecía en silencio.
Por primera vez desde que Mariana salió del departamento, algo comenzaba a inquietarlo.
Marcó su número.
Directo al buzón.
Volvió a llamar.
Lo mismo.
Intentó enviar un mensaje.
“Necesitamos hablar.”
No obtuvo respuesta.
Ximena apareció una hora después.
—¿Ya se calmó?
Rodrigo negó con la cabeza.
—Seguro mañana regresa.
Pero mientras pronunciaba esas palabras, ni él mismo parecía creerlas.
Ese mismo mediodía…
Adrián presentó la solicitud de medidas de protección.
También envió un requerimiento urgente al banco para evitar movimientos inusuales en las cuentas relacionadas con el dinero aportado por Mariana.
Cuando terminó, tomó un sobre blanco de su escritorio.
Dentro colocó una copia certificada de la denuncia.
Otra del dictamen médico.
Y una notificación legal.
Cerró el sobre lentamente.
—Esto solo es el comienzo.
Mariana observó el nombre escrito en el destinatario.
Rodrigo Armenta.
—¿Qué dice exactamente esa carta?
Adrián respondió con absoluta calma.
—Le informa que existe evidencia de violencia física, fraude patrimonial y posible matrimonio celebrado con fines económicos.
Hizo una breve pausa.
—Y que, a partir de este momento, cualquier intento de mover un solo peso del dinero que aportaste podrá ser utilizado en su contra.
Mariana respiró por primera vez sin sentir miedo.
Pero Adrián aún no había terminado.
Sacó un segundo documento del expediente.
Lo deslizó lentamente sobre la mesa.
—Hay algo más que encontré mientras revisaba la documentación de la compra del supuesto departamento.
Mariana bajó la vista.
Era el contrato de compraventa.
Lo leyó una vez.
Después una segunda.
Su nombre no aparecía como copropietaria.

Ni siquiera como beneficiaria.
Solo figuraba un único propietario.
Rodrigo Armenta.
Y, al pie del contrato, había una cláusula añadida apenas tres días antes de la boda.
Una cláusula que demostraba que el verdadero plan nunca fue construir un hogar con ella.
Desde el principio, Rodrigo solo necesitaba su dinero para comprar un departamento… donde pensaba vivir con otra mujer.