Bennett regresó el domingo por la noche sonriendo.
La sonrisa desapareció cuando encontró sus cajas junto a la puerta.
Encima estaba el acuerdo de divorcio.
—¿Qué significa esto?
Elise apareció desde la cocina.
—Me dijiste que, si tanto me molestaba, me divorciara.
—Estaba enfadado.
—Yo no.
Bennett soltó una carcajada.
—¿De verdad crees que puedes echarme y quedarte con todo?
Elise dejó una carpeta sobre la mesa.
Dentro estaban las reservas de hoteles, las joyas compradas para Heather y meses de transferencias hacia la cuenta secreta.
Bennett palideció.
—Entraste en mis cosas.
—Encontré dinero matrimonial que estabas escondiendo.
Su teléfono sonó.
Era Heather.
Bennett rechazó la llamada.
—Podemos arreglar esto.
—Todavía falta algo.
Elise abrió el último correo que había encontrado en su vieja computadora.
No era de Heather.
Era de un asesor financiero.
“Señor Bennett: tal como solicitó, la documentación para transferir los fondos restantes después del divorcio está preparada. Sin embargo, necesitamos nuevamente la firma de su esposa.”
Elise levantó la mirada.
—Planeabas falsificar mi firma.
Bennett perdió el color.
—Puedo explicarlo.
—Explícaselo a mi abogada.
Entonces alguien llamó a la puerta.
Naomi esperaba afuera con los documentos legales.
Durante las semanas siguientes, Bennett descubrió que su “salida limpia” no existiría.
La cuenta secreta quedó incluida en el proceso.
Los gastos realizados con dinero común fueron documentados.
Y Heather desapareció en cuanto comprendió que Bennett ya no podía financiar hoteles, cenas y regalos.
Meses después, Elise recibió un último mensaje suyo:
“Cometí un error. ¿Podemos hablar?”
Lo leyó.

Después recordó aquella frase:
“Si tanto te molesta, divórciate.”
Sonrió y bloqueó el número.
Bennett había tenido razón en una sola cosa.
El divorcio había terminado con el problema.
Solo que el problema nunca había sido Elise.