Alejandro no preguntó directamente.
Observó.
Durante las siguientes visitas de Daniela empezó a notar cosas pequeñas.
Yo escondía las manos cuando ella entraba.
Dejaba de hablar.
Y si Daniela decía:
—Lucía, ven conmigo.
Yo buscaba inmediatamente a mi madre.
Una tarde, Alejandro me encontró intentando ponerme sola una chaqueta pese al calor.
—¿Por qué quieres cubrirte?
—Tengo frío.
Él no discutió.
Solo se arrodilló y me ayudó con la manga.
Entonces la tela subió unos centímetros.
Alejandro se quedó inmóvil.
Alrededor de mi muñeca había marcas recientes.
No eran las de una caída.
Eran demasiado regulares.
—Lucía.
Su voz cambió.
—¿Quién hizo esto?
Yo retiré el brazo.
—Me caí.
Alejandro miró mi muñeca otra vez.
Luego la altura de los muebles.
Después mis rodillas, que no tenían ninguna marca.
Su expresión se volvió completamente fría.
—¿Daniela?
Comencé a llorar.
Eso fue suficiente.
Pero mi hermano no explotó.
No gritó.
No fue a buscarla.
Hizo algo mucho peor para ella.
Empezó a reunir pruebas.
Dos días después Daniela volvió.
Alejandro fingió recibir una llamada del laboratorio.
—Tengo que salir veinte minutos.
Daniela sonrió.
—Yo cuidaré de Lucía.
Mi hermano me acarició el cabello.
—No tardaré.
Pero no salió de la propiedad.
Permaneció en la habitación contigua, mientras mi madre estaba avisada y cerca.
Daniela esperó unos minutos.
Después entró en mi habitación.
—Tu hermano está cansándose de tus berrinches.
Yo abracé mi muñeca.
Ella avanzó.
—Enséñame el brazo.
Retrocedí.
—No.
Daniela perdió la sonrisa.
—¿Qué dijiste?
—No.
Intentó agarrarme.
La puerta se abrió.
Alejandro estaba allí.
Nunca olvidaré su expresión.
No parecía furioso.
Parecía vacío.
Daniela soltó mi brazo inmediatamente.
—Alejandro, puedo explicarlo.
Él miró primero mi muñeca.
Después a ella.
—Aléjate de mi hermana.
—Solo estábamos jugando.
—No.
Alejandro sacó el teléfono.
—Lucía tiene tres años. Tú tienes edad suficiente para saber exactamente lo que estabas haciendo.
Daniela palideció.
—¿Me estabas vigilando?
—Estaba protegiéndola.
Mi madre entró inmediatamente y me tomó en brazos.
Cuando comprendió lo ocurrido, empezó a temblar.
Daniela intentó acercarse a Alejandro.
—Fue un accidente. Lucía exagera porque está celosa.
Aquello fue su peor error.
Alejandro la miró como si acabara de convertirse en una desconocida.
—Una niña de tres años no tiene que demostrarme que merece ser creída y protegida.
Daniela comenzó a llorar.
Él no se movió.
—Nuestra relación terminó.
Después, los adultos se encargaron de todo.
Yo solo recuerdo que aquella noche Alejandro se sentó junto a mi cama.
Tenía la vieja libreta verde entre las manos.
—Lucía.
Me escondí bajo la manta.
—¿Estás enfadado conmigo?
Su rostro se quebró.
—¿Por qué estaría enfadado?
—Porque Daniela dijo que dejarías de quererme si hablaba.
Alejandro permaneció en silencio varios segundos.
Después abrió la libreta.
Me enseñó todas aquellas frases absurdas que había guardado desde que aprendí a hablar.
—¿Ves esto?
Asentí.
—He escrito aquí tus palabras porque siempre fueron importantes para mí.
Pasó hasta una página nueva.
Y escribió:
“Cuando Lucía diga que tiene miedo, escucharé primero.”
Me mostró la frase.
—Daniela te mintió.
Señaló la página.
—Tú nunca tienes que guardar un secreto que te haga sentir asustada o insegura.
Me acerqué lentamente y lo abracé.
Alejandro cerró los ojos.
Pero antes de guardar la libreta, vi algo escrito en la página anterior.
Una lista de fechas.

Las visitas de Daniela.
Mis cambios de comportamiento.
Los días en que aparecieron las marcas.
Mi hermano había reconstruido todo el patrón.
Y al final había escrito una sola línea:
“La primera vez no lo vi. No habrá una segunda.”