—El padre de Leo era Daniel Mercer.
Mi madre se agarró al marco de la puerta.
Mi padre retrocedió como si acabara de golpearlo.
—Eso es imposible —susurró.
Leo me miró confundido.
—Mamá, ¿quién es Daniel?
Me arrodillé frente a él.
—Alguien que conocí cuando era muy joven. Alguien que murió antes de saber que tú existías.
Mi padre cerró la puerta rápidamente.
—Emma, entra.
Diez años atrás me había echado.
Ahora parecía aterrorizado de que algún vecino escuchara.
Daniel Mercer no había sido un desconocido.
Era hijo de Robert Mercer, antiguo socio comercial de mi padre.
Y había muerto en un accidente dos semanas antes de que yo descubriera mi embarazo.
Pero ése no era el secreto que me había obligado a callar.
Saqué de mi bolso un sobre amarillento.
—Daniel me entregó esto tres días antes de morir.
Mi padre reconoció inmediatamente la letra.
Dentro había una carta y una memoria USB.
Daniel había descubierto irregularidades financieras en la empresa de su padre. Pagos ocultos. Empresas fantasma. Documentos manipulados.
Y el nombre de mi padre aparecía en varios archivos.
—Yo no entendía qué significaba —dije—. Daniel me pidió que no confiara en nadie hasta que pudiera hablar con un abogado.
Mi madre empezó a llorar.
—¿Por eso no nos dijiste quién era el padre?
Asentí.
—Después del accidente, alguien entró en mi habitación buscando esa memoria.
Mi padre levantó lentamente la cabeza.
—¿Qué?
—La noche antes de contaros que estaba embarazada.
El silencio se volvió insoportable.
—Cuando me exigiste que abortara, pensé que sabías algo. Pensé que querías eliminar cualquier vínculo entre Daniel y nuestra familia.
Mi padre se dejó caer en una silla.
Por primera vez comprendí que su reacción de aquella noche quizá había tenido una explicación diferente.
—Emma… —murmuró—. Yo quería que interrumpieras el embarazo porque Robert vino a verme.
Sentí frío.
—¿Qué dijo?
—Que Daniel había dejado embarazada a una muchacha. No dijo quién. Solo aseguró que, si aparecía un heredero, comenzarían problemas por el patrimonio de Daniel.
Miró a Leo.
—Cuando llegaste diciendo que estabas embarazada y te negaste a identificar al padre… lo entendí.
—¿Y aun así me echaste?
Mi padre cerró los ojos.
—Tuve miedo.
Me reí sin alegría.
—Yo también tenía miedo. Tenía diecinueve años.
Eso lo destruyó.
Mi madre se sentó a mi lado.
—¿Por qué regresaste ahora?
Entonces saqué un segundo documento.
—Porque hace tres semanas murió Robert Mercer.
Mi padre palideció nuevamente.
—¿Y?
—Su abogado me encontró.
Dejé el documento sobre la mesa.
Daniel había creado un fideicomiso poco antes de morir.
Si alguna vez aparecía un hijo biológico suyo, ese hijo tendría derecho a reclamar determinados bienes cuando pudiera demostrarse la filiación.
Leo dejó de jugar con la cremallera de su chaqueta.
—¿Yo?
—Posiblemente.
Pero levanté una mano antes de que mis padres reaccionaran.
—No vine por dinero.
Había algo más.
El abogado también había encontrado una copia de los archivos de Daniel.
Y uno contenía una grabación realizada días antes de su muerte.
Mi padre me miró.
—¿Qué decía?
Lo observé durante varios segundos.
—Daniel decía que alguien estaba intentando silenciarlo.
Mi madre dejó escapar un pequeño gemido.
—Emma…
—Y mencionó tu nombre, papá.
Mi padre no negó nada.
Eso fue lo que realmente me asustó.
Simplemente se levantó, caminó hasta la ventana y cerró las cortinas.
Luego se volvió hacia nosotros.
—Entonces no deberías haber traído a Leo aquí.
Sentí que el corazón me golpeaba las costillas.
—¿Por qué?
Mi padre miró a su nieto.
Ya no había orgullo ni rabia en su rostro.
Solo miedo.

—Porque Robert Mercer no era la persona de la que Daniel intentaba protegeros.
Hizo una pausa.
—Y si alguien sabe que Leo está vivo, acabas de terminar diez años de esconderlo sin siquiera saber que lo estabas haciendo.