Alejandro tardó varios segundos en reaccionar.
—¿Gabriel Villaseñor es el padre de Renata y Camila?
Mariana cerró los ojos.
—Sí.
—¿Él sabe que existen?
—Desde antes de que nacieran.
Aquella respuesta cambió todo.
Mariana le contó que había conocido a Gabriel cuando ambos eran jóvenes. Él le prometió una vida juntos, pero cuando descubrió que estaba embarazada de gemelas, su familia intervino.
—Su padre me ofreció dinero para desaparecer.
Alejandro apretó la mandíbula.
—¿Aceptaste?
Mariana lo miró con firmeza.
—Jamás.
Por eso había trabajado todos aquellos años sola.
Gabriel aparecía de vez en cuando, siempre en secreto, siempre prometiendo que algún día reconocería a sus hijas.
Nunca lo hizo.
—Hace tres meses volvió —continuó Mariana—. Me pidió que firmara un documento.
—¿Qué documento?
—Una declaración diciendo que él no era el padre.
Alejandro sintió un escalofrío.
—¿Por qué ahora?
Mariana soltó una risa amarga.
—Porque su futura esposa descubrió rumores sobre las niñas.
En ese momento, Renata apareció en la puerta de la habitación.
Había escuchado demasiado.
—¿Nuestro papá sabe dónde vivimos?
Mariana se quedó helada.
—Renata…
—¿Sabe nuestros nombres?
Su madre comenzó a llorar.
—Sí.
La niña apretó los puños.
—Entonces no nos abandonó porque no sabía.
Nadie supo qué responder.
Dos días después, Mariana recibió el alta.
Cuando regresaron a la vecindad, encontraron un automóvil negro estacionado frente a la entrada.
Gabriel Villaseñor estaba esperando.
Vestía un traje impecable y sostenía una carpeta.
Las gemelas lo observaron sin reconocerlo.
Él sí las reconoció.
Su rostro cambió.
—Mariana, tenemos que hablar.
Alejandro se interpuso.
—Puedes hablar delante de todos.
Gabriel lo miró sorprendido.
—Esto no te concierne, Salcedo.
—Desde que intentas utilizar un proyecto de mi empresa para presionarla, sí me concierne.
Mariana palideció.
—¿Qué proyecto?
Alejandro había descubierto algo aquella mañana.
La Fundación Villaseñor quería comprar toda la manzana donde estaba la vecindad.
Incluida la casa de Mariana.
Gabriel bajó la mirada.
—La zona será demolida.
—¿Y pensabas echarlas sin decir quién eras? —preguntó Alejandro.
Gabriel perdió la paciencia.
—¡Yo les ofrecí dinero!
Renata dio un paso adelante.
—Nosotras no queremos tu dinero.
Gabriel se quedó inmóvil.
—¿Quién eres?
La niña sostuvo su mirada.
—Renata.
Camila apareció detrás de ella.
—Y yo soy Camila.
El rostro de Gabriel se descompuso.
Por primera vez estaba frente a sus hijas.
Camila hizo una sola pregunta:
—¿Por qué nunca viniste a vernos?
Gabriel abrió la boca.
No salió ninguna palabra.
Entonces otro automóvil llegó.
Bajó una mujer elegantemente vestida.
Alejandro la reconoció inmediatamente.
Era Valeria, la prometida de Gabriel.
Pero ella no venía sola.
Un hombre con una carpeta descendió detrás de ella.
—Gabriel —dijo Valeria—, la boda está cancelada.
Él palideció.
—¿Qué hiciste?
Ella levantó unos documentos.
—Mandé investigar lo que estabas escondiendo.
Mariana abrazó a sus hijas.
Valeria la miró.
—Y encontré algo que ustedes tampoco saben.
Sacó una prueba de ADN.
Gabriel intentó quitársela.
—¡No tienes derecho!
Alejandro lo detuvo.
Valeria continuó:
—Gabriel sí es el padre de una de las gemelas.
La calle entera quedó en silencio.
Mariana frunció el ceño.
—¿De una?
Valeria asintió lentamente.
—Renata y Camila no tienen el mismo padre.

Mariana se quedó sin respiración.
—Eso es imposible.
Entonces Valeria sacó una segunda fotografía.
Alejandro la miró.
Y sintió que el corazón se le detenía.
Porque el otro hombre que aparecía junto a Mariana en aquella fotografía…
era su propio hermano.