PARTE 2: EL PADRE PROHIBIDO

—Liam no es tu hijo.

Las palabras salieron por fin.

Alexander quedó inmóvil.

—¿Qué dijiste?

Me acerqué a Liam y puse una mano sobre su hombro.

—Es hijo de Clara.

La expresión de Alexander cambió por completo.

Él conocía a mi hermana.

Todos la conocían.

Pero nunca supo que había tenido un bebé.

—Clara murió al dar a luz —continué—. Yo me hice cargo de Liam.

Alexander miró al niño y después a mí.

—¿Y por eso desapareciste?

Negué.

—No solamente por eso.

Su mandíbula se tensó.

—Entonces dime quién es el padre.

Sentí que ocho años de silencio caían sobre mis hombros.

—Emma.

—Prométeme que Liam no escuchará esto.

Alexander miró al niño.

Minutos después, una funcionaria amable lo acompañó de regreso al área de fotografías.

Cuando estuvimos solos, respiré hondo.

—El padre de Liam es Nathan Reed.

Alexander retrocedió como si lo hubiera golpeado.

—No.

—Sí.

Nathan era su medio hermano.

El hombre al que Alexander culpaba de haber provocado la ruina financiera de su madre.

El hombre al que llevaba años intentando encontrar.

—Estás mintiendo.

Saqué el teléfono y busqué una fotografía antigua.

Clara aparecía abrazada a Nathan.

Alexander la tomó con manos temblorosas.

—Ellos estaban juntos.

—En secreto.

—¿Por qué?

—Porque Nathan sabía que tú jamás lo aceptarías.

Alexander levantó los ojos.

—¿Dónde está?

Aquella era la parte más difícil.

—No lo sé.

—Emma.

—Desapareció antes de que Clara muriera.

Alexander soltó una risa amarga.

—Conveniente.

—No huyó de ella.

Saqué de mi bolso un sobre envejecido.

Lo había llevado conmigo durante años.

—Clara me entregó esto antes del parto. Me pidió que solo lo abriera si Nathan regresaba.

Alexander reconoció inmediatamente la letra del frente.

Para Nathan.

—¿Nunca lo abriste?

—No.

—¿Durante ocho años?

—Era de mi hermana. No mío.

Alexander sostuvo el sobre.

—¿Entonces por qué huiste conmigo?

Lo miré.

—Porque después de la muerte de Clara encontré algo en su apartamento.

Otra fotografía.

Un documento.

Y una transferencia.

Todo relacionado con la supuesta traición de Nathan.

—Él no robó el dinero de tu madre.

Alexander palideció.

—Ten cuidado con lo que dices.

—Tu familia necesitaba un culpable. Nathan era el más fácil.

Le entregué una copia de los registros.

—Clara estaba intentando demostrarlo cuando murió.

Alexander leyó en silencio.

Vi cómo su seguridad empezaba a desmoronarse.

—¿Quién hizo las transferencias?

—Eso fue lo que me asustó.

Señalé una firma.

Alexander la reconoció.

Su rostro quedó completamente blanco.

—Mi padre.

Asentí.

—Tu padre sabía que Clara estaba investigando. Después de su muerte vino a verme.

—¿Qué te dijo?

—Que Liam estaría mejor si nadie descubría quién era su padre.

Alexander cerró los ojos.

—Y tú huiste.

—Tenía veintitrés años, una hermana muerta y un recién nacido en brazos. Tu padre controlaba abogados, cuentas y prácticamente toda tu familia.

Mi voz se quebró.

—Y tú odiabas tanto a Nathan que tuve miedo de que, si te decía la verdad, vieras a Liam como el hijo del hombre que destruyó a tu madre.

Alexander se apoyó contra la pared.

—Debiste confiar en mí.

—Sí.

No intenté defenderme.

—Pero tú también debes preguntarte algo.

—¿Qué?

—Si hace ocho años habrías escuchado.

No respondió.

Porque ambos conocíamos la respuesta.

Entonces Liam regresó corriendo con su comprobante.

—¡Mamá! Ya terminé.

Me abrazó.

Alexander lo observó de otra manera.

Ya no como al hijo que acababa de descubrir.

Sino como al sobrino de un hermano al que quizá había odiado injustamente durante años.

—Liam —dijo finalmente—, ¿puedo preguntarte algo?

—Sí.

—¿Te gustaría conocer algún día a tu papá?

El niño bajó la mirada.

—Mamá dice que no sabe dónde está.

Alexander me miró.

—Entonces lo encontraremos.

Pero antes de que pudiera responder, su teléfono sonó.

Miró la pantalla.

Número desconocido.

Contestó.

—¿Sí?

Durante varios segundos no dijo nada.

Después su rostro perdió todo color.

—¿Quién habla?

Una voz masculina respondió al otro lado.

No pude escuchar las palabras.

Pero reconocí la reacción de Alexander.

Ocho años de rabia desaparecieron de su cara.

—Nathan…

Sentí que el corazón se me detenía.

Alexander activó el altavoz.

Y entonces escuché la voz del hombre que llevaba ocho años desaparecido.

—Alex, no tengo mucho tiempo.

Una pausa.

—Si Emma está contigo, no dejes que vuelva a casa.

Miré a Alexander.

—¿Por qué?

La respuesta llegó inmediatamente.

—Porque nuestro padre ya sabe que encontraste a Liam.

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