PARTE 2: EL PADRE EQUIVOCADO

Nathan cargó la primera caja sin decir una palabra.

Subió los seis pisos por las escaleras porque el ascensor llevaba casi un año averiado.

Cuando volvió a bajar por la segunda, llevaba el ceño cada vez más fruncido.

—¿Vivías aquí embarazada?

Asentí.

—Sí.

—¿Todos los días?

—Todos.

No respondió.

Solo tomó otra caja.

Dentro del apartamento apenas había lo indispensable.

Una cama.

Una mesa vieja.

Un pequeño refrigerador.

Y una montaña de libros de periodismo mezclados con apuntes médicos de mi madre.

Nathan observó el lugar en silencio.

—¿Dónde está la habitación del bebé?

Me reí con vergüenza.

—Todavía no existe.

Él giró lentamente hacia mí.

—¿No has comprado nada?

Negué con la cabeza.

—Todavía faltan tres meses.

No era verdad.

Simplemente no tenía dinero.

Nathan abrió el refrigerador.

Solo encontró huevos, verduras y dos paquetes de fideos instantáneos.

Su mandíbula se tensó.

—¿Eso comías?

—No está tan mal.

—Julia.

No levanté la vista.

—¿Tu exmarido jamás te ayudó?

Apreté los labios.

—No.

Técnicamente no estaba mintiendo.

Porque nunca existió.

Nathan soltó el aire con fuerza.

—Es un imbécil.

Sentí unas enormes ganas de decirle:

“Sí. Estás hablando de ti mismo.”

Pero me mordí la lengua.


Dos horas después llegamos al apartamento de Riverside Avenue.

Era enorme.

Tenía ventanales con vista al río, muebles nuevos y una habitación infantil completamente equipada.

Me quedé inmóvil.

—¿Quién vive aquí?

—Nadie.

—¿Y la habitación del bebé?

Nathan dejó las llaves sobre la mesa.

—La preparé hace unos meses.

Lo miré sorprendida.

—¿Para el hijo de tu prometida?

Él permaneció unos segundos en silencio.

—Sí.

Después añadió con una sonrisa amarga.

—Supongo que ya no la necesitará.

No supe qué responder.

Mientras recorría la casa, encontré un cajón lleno de juguetes, pañales y ropa de recién nacido.

Todo estaba perfectamente ordenado.

Nathan nunca había dejado de desear ser padre.

Solo creía que no podía serlo.


Los primeros días fueron extrañamente tranquilos.

Él salía temprano.

Yo trabajaba hasta la tarde.

Por las noches cenábamos juntos.

Como dos desconocidos intentando aprender otra vez el idioma del otro.

Una semana después, mientras preparaba café, el timbre sonó.

Nathan abrió.

Era el doctor Liang.

Su antiguo amigo de la universidad.

—Vine a dejarte los análisis que pediste.

Nathan tomó el sobre.

El médico me saludó con una sonrisa.

—Así que tú eres Julia.

Asentí.

Cuando el doctor se marchó, Nathan dejó el sobre sobre la mesa.

No parecía tener intención de abrirlo.

—¿Qué es?

—Unos estudios viejos.

Intenté no prestar atención.

Pero el nombre escrito en la esquina me hizo detenerme.

Centro de Fertilidad Riverside.

Nathan se fue a contestar una llamada.

El sobre quedó frente a mí.

No debía tocarlo.

Lo sabía.

Sin embargo, el viento que entraba por la ventana movió uno de los papeles hacia afuera.

Lo sujeté antes de que cayera al suelo.

Y vi la primera línea.

Paciente: Nathan Rivers.

Resultado corregido tras revisión independiente.

Fruncí el ceño.

Seguí leyendo.

“El diagnóstico inicial de infertilidad permanente emitido hace seis años fue incorrecto debido a un intercambio de muestras durante el procesamiento.”

Sentí que el corazón dejaba de latir.

“El paciente presenta parámetros reproductivos dentro de los valores normales.”

Mis manos comenzaron a temblar.

Nathan…

Nunca había sido estéril.

En ese instante él volvió al comedor.

Me encontró sosteniendo el informe.

Su expresión cambió inmediatamente.

—Julia…

Ninguno de los dos habló.

Él tomó lentamente los papeles.

Leyó la primera página.

Después la segunda.

El color abandonó su rostro.

Recordó cada palabra que me había dicho frente al Registro Civil.

“Da la casualidad de que soy estéril.”

Recordó la fecha.

Seis años atrás.

Recordó también la única noche en que los dos dejaron de fingir que ya no se amaban.

Su mirada descendió lentamente hasta mi vientre.

Luego volvió a subir hacia mi rostro.

Por primera vez desde que nos reencontramos, no había ironía ni frialdad en sus ojos.

Solo una pregunta.

Una pregunta que llevaba seis años esperando respuesta.

—Julia…

Su voz apenas era un susurro.

—¿Cuándo pensabas decirme… que ese bebé podría ser mío?

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