PARTE 2: El Olor de la Verdad

Nicolás no avanzó inmediatamente hacia la cuna.

Se quedó inmóvil en la entrada de la habitación.

Inspiró profundamente una vez.

Después otra.

Frunció el ceño.

—Aquí huele raro.

Doña Mercedes soltó una carcajada llena de desprecio.

—¿Ahora resulta que los vagabundos también son doctores?

Nicolás ni siquiera la miró.

Sus ojos seguían recorriendo lentamente el cuarto.

Mariana observó al niño con desesperación.

Después de catorce especialistas, ya no le importaba quién intentara ayudar a su hijo.

Rodrigo dio un paso adelante.

—¿Qué percibes?

Nicolás señaló el aire.

—No es el bebé.

Es el cuarto.

Todos guardaron silencio.

El niño caminó despacio alrededor de la cuna.

No tocó al pequeño Santiago.

No revisó los medicamentos.

Simplemente olía el ambiente como si siguiera un rastro invisible.

Se detuvo frente a un enorme mueble blanco lleno de juguetes importados.

Un caballito eléctrico.

Osos gigantes.

Una casa de muñecas decorativa.

Y un carísimo organizador de juguetes hecho a medida.

Nicolás negó lentamente con la cabeza.

—Viene de ahí.

La enfermera intercambió una mirada con el pediatra que todavía permanecía en la habitación.

—Imposible.

Ese mueble se limpia todos los días.

Doña Mercedes cruzó los brazos.

—Ya basta de perder el tiempo.

Rodrigo, sin embargo, permanecía observando al niño.

Algo en su seguridad le impedía ignorarlo.

—Muévanlo.

Dos empleados comenzaron a desplazar el pesado organizador.

Costó trabajo.

Parecía mucho más pesado de lo normal.

Cuando finalmente lograron separarlo unos centímetros de la pared, todos retrocedieron al mismo tiempo.

Un olor insoportable llenó la habitación.

Agrio.

Penetrante.

Como humedad mezclada con productos químicos.

La enfermera se cubrió inmediatamente la nariz.

—¿Qué es eso?

Nicolás señaló el hueco detrás del mueble.

—Ahí.

Rodrigo tomó una linterna.

Iluminó el espacio.

Su rostro perdió todo el color.

Había una rejilla de ventilación parcialmente tapada con espuma aislante.

Y justo encima…

Un pequeño aparato negro conectado con cables.

El pediatra se acercó lentamente.

—Eso no pertenece al sistema original de la casa.

Rodrigo llamó inmediatamente al jefe de mantenimiento.

Cinco minutos después llegó corriendo.

Al ver el dispositivo, abrió mucho los ojos.

—Yo nunca instalé eso.

El ingeniero de la mansión desmontó cuidadosamente la tapa.

Dentro encontró un pequeño difusor electrónico.

Funcionaba con temporizador.

Conectado directamente al sistema de ventilación del cuarto del bebé.

La enfermera comenzó a revisar el depósito transparente.

Quedaba un líquido amarillento.

—Necesitamos analizar esto inmediatamente.

Rodrigo giró lentamente hacia todo el personal.

—¿Quién tuvo acceso a esta habitación?

Nadie respondió.

Entonces el jefe de seguridad llegó con una tableta.

—Señor…

Hay algo más.

Revisamos las cámaras.

Hace dos semanas, mientras usted estaba en Monterrey buscando otro especialista, alguien permaneció cuarenta minutos solo en este cuarto.

Rodrigo extendió la mano.

Observó el video.

Una figura aparecía entrando con absoluta tranquilidad.

No era un desconocido.

No era un ladrón.

Era alguien de la familia.

Mariana dejó escapar un sollozo.

Doña Mercedes dio un paso hacia atrás.

Porque también había reconocido perfectamente a la persona que aparecía en la grabación.

Y antes de que alguien pronunciara su nombre, Nicolás dijo en voz muy baja:

—El bebé nunca estuvo enfermo por casualidad.

Alguien quería que siguiera respirando…

pero que jamás se recuperara.

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