El trayecto hasta la funeraria fue silencioso.
Ethan conducía.
Yo miraba por la ventana.
Tres años atrás, habría intentado llenar cada silencio.
Ahora no tenía nada que decirle.
Cuando llegamos, mi madre estaba sentada en una pequeña sala, sosteniendo una fotografía de Caleb contra el pecho.
Al verme, se levantó.
—Maya…
La abracé.
No hablamos durante mucho tiempo.
Después, el encargado colocó una caja sobre la mesa.
—Encontramos esto entre las pertenencias recuperadas del vehículo.
Abrí la tapa.
Había un reloj roto.
Una cartera.
Una cadena de plata.
Y un sobre.
Mi nombre estaba escrito en él.
“Maya”.
Sentí que el corazón me golpeaba con fuerza.
—¿Cuándo escribió esto? —pregunté.
El encargado negó con la cabeza.
—No lo sabemos. Estaba dentro de un compartimento oculto del vehículo.
Ethan se acercó.
—¿Puedo verlo?
Cerré la mano sobre el sobre.
—No.
Su mirada cambió.
—Maya, también era mi amigo.
—Lo sé.
Abrí el sobre.
Dentro había una sola hoja.
La letra de Caleb era inconfundible.
“Si estás leyendo esto, probablemente ya no esté aquí. Pero hay algo que debes saber. No confíes en Grace.”
Mi respiración se detuvo.
Ethan leyó mi expresión.
—¿Qué dice?
No respondí.
Seguí leyendo.
“Ella me pidió que fuera solo al barranco aquella noche. Dijo que tenía algo importante que contarme. Después discutimos. Y antes de que pudiera volver al coche, alguien apareció.”
Mis dedos comenzaron a temblar.
La última línea estaba escrita con tinta más oscura.
“Ethan sabe más de lo que te ha contado.”
Levanté lentamente la mirada.
Ethan estaba frente a mí.
—¿Qué pasa?
Mi madre seguía llorando, ajena a todo.
Yo doblé la carta.
—Nada.
—Maya.
—He dicho que nada.
Guardé el sobre en mi bolso.
Entonces escuchamos pasos en el pasillo.
Grace apareció en la puerta.
Llevaba un abrigo negro y un rostro cuidadosamente triste.
Al verme, se quedó inmóvil.
Pero solo durante un segundo.
Después miró a Ethan.
—¿Ya le entregaron las cosas de Caleb?
Ethan asintió.
Grace se acercó a mí.
—Maya, lo siento muchísimo.
Me tomó de las manos.
Yo no las retiré.
Solo la observé.
La mujer que había sido mi mejor amiga.
La mujer por la que Ethan me había abandonado.
La mujer que, según todos, era la última persona que vio con vida a mi hermano.
Entonces sonrió débilmente.
—Caleb siempre quiso que fueras feliz.
Bajé la mirada hacia sus manos.
En su muñeca llevaba una pulsera de plata.
La misma que aparecía en una fotografía tomada la noche de la desaparición de Caleb.
La había visto tres años atrás.
Pero entonces no sabía dónde la había conseguido.
Ahora sí.
Porque dentro de la caja había una fotografía doblada.
La saqué.
Era una imagen de Caleb tomada horas antes del accidente.
A su lado estaba Grace.
Y detrás de ellos aparecía Ethan.
Los tres juntos.
La fecha coincidía exactamente con la noche en que Caleb desapareció.
Ethan palideció al ver la fotografía.

Grace dejó de sonreír.
Y yo comprendí que mi regreso a aquella ciudad no había sido para despedirme de mi hermano.
Había regresado para descubrir quién lo había traicionado.