PARTE 2: ÉL NUNCA SE CASÓ CON NATALIA

Gabriel tardó varios segundos en reaccionar.

—Ana.

—Ya me saludaste.

Intentó acercarse.

Yo dejé la copa sobre la mesa.

—¿Cómo está mi hermana?

La pregunta lo detuvo.

—Natalia está en Barcelona.

—¿Y tus hijos?

—No tengo hijos.

—¿Entonces el matrimonio no funcionó?

Gabriel apretó la mandíbula.

—Nunca hubo matrimonio.

Por primera vez mi sonrisa desapareció.

—Te regalé una boda completa.

—Y yo la cancelé.

Aquello no encajaba.

—Ella llevaba tu anillo.

—Lo sé.

—Le pediste matrimonio.

—También lo sé.

—Entonces explícame qué parte interpreté mal.

Gabriel bajó la voz.

—La parte en la que pensaste que yo quería casarme con ella.

Sentí rabia.

—No vuelvas a convertir esto en culpa mía.

—No lo hago.

Por primera vez, Gabriel no intentó defenderse.

—Lo que hice fue imperdonable.

Me contó que Natalia llevaba meses obsesionada con él. Durante aquella misión, apareció inesperadamente en la base y le confesó que llevaba años enamorada.

Gabriel debió rechazarla.

No lo hizo.

Había atravesado una crisis personal que nunca me contó y utilizó la atención de Natalia como refugio.

El cumpleaños terminó cruzando una frontera que jamás debió cruzar.

La propuesta también ocurrió.

Pero cuando regresó y encontró mi vestido abandonado y aquella nota sobre la cama, comprendió que yo realmente me había marchado.

—Natalia estaba esperando en el hotel —dijo—. Le dije que no habría boda.

—Qué noble.

Aceptó el golpe.

—No lo fue.

Entonces sacó el teléfono.

Me mostró una fotografía antigua.

Mi nota.

La había conservado siete años.

—Te busqué.

—No lo suficiente.

—Tenías razón.

Aquella respuesta me sorprendió más que cualquier súplica.

Gabriel explicó que durante años había intentado averiguar dónde estaba, pero después supo que yo había solicitado expresamente que mi información profesional no fuera compartida con él.

Y dejó de perseguirme.

—¿Por qué sigues soltero?

Me miró directamente.

—Porque después de ti entendí que no tenía derecho a pedirle fidelidad a nadie cuando yo no fui capaz de dártela.

No sentí satisfacción.

Solo una extraña paz.

Durante siete años había imaginado a Gabriel y Natalia viviendo felices con la vida que me habían quitado.

La realidad era mucho menos romántica.

Natalia terminó comprendiendo que él nunca había construido con ella aquello que destruyó conmigo.

Se marchó.

Gabriel se quedó solo.

—¿Y ahora qué esperas? —pregunté.

—Nada.

—Todos dicen que me esperas.

—Esperarte no significa que tengas que volver.

Por fin había dicho algo que el hombre de hacía siete años jamás habría entendido.

Me levanté.

—Mañana empiezan las maniobras. Tendremos que trabajar juntos.

—Lo sé.

—Entonces seremos profesionales.

Gabriel asintió.

Cuando pasé junto a él, susurró:

—Ana, lo siento.

Me detuve.

Siete años atrás habría dado cualquier cosa por escuchar esas palabras.

Ahora podía aceptarlas sin entregar nada a cambio.

—Te perdono, Gabriel.

Sus ojos se iluminaron apenas.

Entonces terminé:

—Pero perdonarte no significa volver a elegirte.

Y seguí caminando.

Siete años antes había cambiado el nombre de la novia porque creía que Natalia había ganado y yo había perdido.

Ahora entendía que ninguna de las dos había ganado nada.

Porque un hombre no se convierte en premio simplemente porque dos mujeres lo hayan amado.

Gabriel seguía esperándome.

Pero yo ya no estaba esperando a nadie.

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