PARTE 2: LA MUJER SIEMPRE FUI YO

Nadie volvió a reír.

Nathaniel se levantó.

—Valeria.

—No.

Levanté una mano.

—Acabas de confesar que me mentiste antes de casarnos. Ahora termina la historia delante de mí.

Uno de los oficiales intentó marcharse.

—Señora Ford, quizá esto sea privado…

—Hace treinta segundos todos querían escucharlo. Ahora yo también.

Nathaniel permaneció inmóvil.

—Sí —dijo finalmente—. Existía una mujer.

Sentí que algo se me hundía en el pecho.

—¿Quién?

—Tú.

Parpadeé.

—No juegues conmigo.

—No estoy jugando.

Nathaniel respiró profundamente.

—Te amaba antes de que regresaras a Southport.

El silencio se volvió absoluto.

Entonces contó una historia que yo no conocía.

Nos habíamos visto tres años antes del compromiso.

Yo tenía veintidós años.

Nathaniel era todavía teniente.

Aquella noche había ocurrido un accidente cerca de una carretera rural. Yo viajaba con unos amigos cuando encontramos un vehículo volcado.

Mientras los demás esperaban ayuda, yo había salido corriendo.

Dentro había un joven oficial herido.

Nathaniel.

Yo apenas recordaba aquello.

Había permanecido junto a él hasta que llegó la ambulancia y después continué mi viaje.

Para mí fueron cuarenta minutos.

Para él, no.

—Volví a buscarte —dijo Nathaniel—. Descubrí quién eras.

—¿Y por qué nunca dijiste nada?

Su mandíbula se tensó.

—Porque también descubrí que estabas comprometida.

Mi expresión cambió.

Aquel compromiso había sido un arreglo breve de nuestras familias que yo misma rompí meses después.

Nathaniel nunca lo supo.

—Cuando tu padre me propuso nuestro matrimonio años más tarde —continuó—, pensé que tú seguías enamorada de aquel hombre.

Ahora comprendía.

La noche de la comisaría.

Mi pregunta.

“¿Hay alguien en tu corazón?”

Nathaniel había dicho que no.

—¿Por qué mentiste?

—Porque si te decía que eras tú, pensé que rechazarías el matrimonio.

Me reí sin alegría.

—Así que decidiste quitarme la posibilidad de elegir sabiendo la verdad.

Nathaniel bajó los ojos.

—Sí.

Aquella palabra dolió más que cualquier excusa.

Recogí los documentos del suelo.

—Entonces nuestro matrimonio empezó con una mentira.

—Valeria…

—No me sigas.

Me fui.

Nathaniel obedeció.

Por primera vez no apareció detrás de mí para arreglar el desastre.

Esa noche dormí en casa de una amiga.

Al día siguiente tampoco regresé.

Durante una semana Nathaniel no llamó más que una vez.

Dejó un mensaje.

“Cuando quieras saberlo todo, estaré aquí. Si después quieres marcharte, no intentaré detenerte.”

Regresé ocho días después.

No para perdonarlo.

Para escuchar.

Nathaniel había preparado una caja.

Dentro estaban cosas que jamás había visto.

Una noticia antigua sobre aquel accidente.

Una fotografía mía tomada meses antes de nuestro compromiso en un evento benéfico.

Y una carta.

Nunca enviada.

La fecha era anterior al telegrama de mi padre.

La abrí.

No necesitaba leer cada palabra para comprender.

Nathaniel no se había enamorado de mí después de casarse.

Tampoco me había convertido en sustituta de nadie.

Yo era aquella mujer imposible.

Pero eso no borraba su mentira.

—Podías habérmelo dicho —murmuré.

—Sí.

—Podías confiar en mí.

—Sí.

—Y elegiste manipular mi decisión.

Nathaniel levantó la mirada.

—Sí.

No intentó disfrazarlo de protección.

Eso fue lo único que me permitió quedarme sentada.

—Entonces ahora elegiré yo.

Su rostro se tensó.

Me quité el anillo.

Lo dejé sobre la mesa.

—Necesito tiempo.

Nathaniel no lo tocó.

—Tómalo.

Pasaron tres meses.

Tres meses viviendo separados.

Sin regalos.

Sin influencias.

Sin Nathaniel solucionando mis problemas antes de que pudiera resolverlos sola.

Y ocurrió algo extraño.

Por primera vez conocí al hombre detrás del oficial.

No al protector.

No al esposo perfecto.

Al hombre que había tenido miedo de perderme antes siquiera de tenerme.

Nathaniel también tuvo que conocerme sin rescatarme constantemente.

Cuando finalmente volvimos a sentarnos juntos, puse el anillo entre nosotros.

—Una condición.

—La que quieras.

—Nunca vuelvas a decidir qué verdad puedo soportar.

Nathaniel asintió.

—Nunca.

Tomé el anillo.

No se lo entregué.

Me lo puse yo misma.

Porque aquella vez no estaba aceptando el matrimonio que nuestros padres habían organizado.

Estaba eligiendo conscientemente al hombre que tenía delante.

Durante años Southport creyó que la rosa salvaje había conseguido derretir el corazón del oficial más frío.

La verdad era mucho más sencilla.

Nathaniel Ford nunca había sido hielo conmigo.

Había estado enamorado desde mucho antes.

Su gran mentira no fue esconder a otra mujer.

Fue mirarme a los ojos aquella noche y decir que no existía nadie…

cuando la única mujer que había existido siempre había sido yo.

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