Adrián salió de la habitación de Sofía con una pequeña bolsa en la mano.
Antes de irse volvió a mirarme.
—¿Llevas mucho viviendo con ella?
—Casi un año.
Su mandíbula se tensó.
—¿Un año?
—Sí.
—¿Y nunca mencionó mi nombre?
—Decía “mi novio”.
Me encogí de hombros.
—Nunca pregunté.
Adrián guardó silencio.
Después miró hacia mi escritorio.
Allí había varios hilos de colores, agujas y una pulsera a medio terminar.
Sus ojos bajaron lentamente hacia su muñeca.
Al hilo rojo.
Algo cambió en su rostro.
—¿Tú haces estas pulseras?
Mi corazón dio un golpe.
—A veces.
—¿También hiciste esta?
No tenía sentido mentir.
—Sofía me la encargó.
Adrián permaneció completamente inmóvil.
—Entiendo.
Pero su expresión decía exactamente lo contrario.
Se marchó.
Aquella tarde fui al hospital.
Sofía estaba mucho mejor.
Mientras comía fruta, levantó la vista hacia mí.
—¿Adrián encontró mis cosas?
—Sí.
Ella sonrió.
—Es un poco antipático, pero en realidad es muy bueno conmigo.
—Me alegro.
—¿Sabes qué es lo más raro?
—¿Qué?
Señaló su propia muñeca.
—La pulsera que hiciste.
Mi mano se detuvo.
—¿Qué pasa con ella?
—Cuando se la regalé, se quedó mirándola como si hubiera visto un fantasma.
Sofía rio.
—Después preguntó tres veces quién la había hecho.
Sentí frío.
—¿Y qué le dijiste?
—Que una amiga.
—¿Mi nombre?
—No.
Respiré.
Entonces Sofía añadió:
—Pero ayer, después de conocerte, volvió a preguntarme.
La miré.
—¿Qué preguntó?
—Tu nombre completo.
El vaso casi se me escapó.
Sofía no notó nada.
—Le dije que te llamas Elena Martín.
Silencio.
—Y se quedó rarísimo.
Aquella noche recibí una solicitud de amistad.
Adrián Liang.
La rechacé.
Cinco minutos después volvió.
La rechacé otra vez.
Entonces llegó un mensaje de un número desconocido.
“Tenemos que hablar.”
Bloqueé el número.
A los treinta segundos sonó el timbre.
Abrí.
Adrián estaba allí.
Esta vez no le permití entrar.
—¿Qué quieres?
—¿Por qué desapareciste?
Lo miré incrédula.
—¿Perdón?
—Cambiaste de número. Dejaste la universidad. Paula tampoco sabía dónde estabas.
Solté una pequeña risa.
—¿Y qué debía hacer? ¿Avisarte?
—Sí.
—¿En calidad de qué?
Adrián no respondió.
—Tú mismo dejaste bastante claro lo que había entre nosotros.
Intenté cerrar.
Puso una mano contra la puerta.
—No recuerdas correctamente aquella mañana.
—La recuerdo perfectamente.
—Entonces dime qué recuerdas.
Lo miré.
—Te dije que me gustabas.
—Sí.
—Me preguntaste de dónde había sacado la confianza para pensar que te enamorarías de mí.
Su expresión cambió.
—Después dijiste que te gustaba otra persona.
—Sí.
—Y que llevabas mucho tiempo esperándola.
—También.
—Perfecto.
Intenté cerrar otra vez.
—Eras tú.
Me detuve.
El pasillo quedó en silencio.
—¿Qué?
Adrián me miró directamente.
—La persona que me gustaba eras tú.
Me reí.
No pude evitarlo.
—Dos años tarde para una broma.
—No estoy bromeando.
—Ni siquiera sabías mi nombre.
—Sabía tu nombre.
—Aquella noche preguntaste cómo me llamaba exactamente.
Adrián cerró los ojos un instante.
—Porque estaba nervioso.
Aquello consiguió enfadarme.
—¿Tú?
—Sí.
—Adrián Liang, el hombre al que todo el mundo seguía como si fuera un príncipe, ¿estaba nervioso hablando conmigo?
—Precisamente contigo.
No respondí.
Él continuó:
—Llevaba meses preguntándole cosas sobre ti a Paula.
Recordé las veces que su prima aparecía misteriosamente con mi café favorito.
Las invitaciones.
Los trayectos en coche.
El paraguas.
—Aquella noche pensé que finalmente habías entendido lo que sentía.
—¿Y a la mañana siguiente decidiste humillarme?
Su rostro se endureció.
—Me desperté convencido de que para ti solo había sido una noche impulsiva.
—Te dije que me gustabas.
—Dijiste “me gustas” como si estuvieras confesando algo que acababas de descubrir.
Lo miré sin comprender.
Adrián soltó el aire.
—Respondí como un idiota.
—Eso sí lo entendí.
Por primera vez casi sonrió.
Pero desapareció inmediatamente.
—Cuando dije que esperaba a alguien, esperaba que preguntaras quién.
—¿Para qué? ¿Para humillarme un poco más?
—No.
Su voz bajó.
—Para decirte que eras tú.
Sentí una mezcla absurda de rabia y tristeza.
Dos años perdidos por una conversación desastrosa.
Pero había algo mucho más importante.
—¿Y Sofía?
Adrián frunció el ceño.
—¿Qué pasa con Sofía?
—Es tu novia.
Silencio.
—¿Quién te dijo eso?
Ahora fui yo quien se quedó quieta.
—Sofía.
Adrián pareció comprender algo.
Sacó el teléfono.
Me mostró la conversación con ella.
Mensajes sobre el hospital.
Alquiler.
Medicamentos.
Y repetidamente:
“Dile a tu novio que venga.”
“Mi hermano está conduciendo.”
“Tu hermano llegará mañana.”
Levanté la vista.
—¿Hermano?
—Sofía es la novia de mi hermano menor.
Mi cerebro dejó de funcionar durante varios segundos.
—Entonces ¿por qué te llama Adrián?
—Porque ese es mi nombre.
—No. Quiero decir…
Me llevé una mano a la frente.
Él entendió.
—¿Pensabas que yo era su novio?
—¡Viniste conduciendo toda la noche!
—Mi hermano estaba atrapado en otro país.
—¡Llevas su pulsera!
Adrián levantó la muñeca.
—Me la dio Sofía.
—¡Exactamente!
—Porque perdió una apuesta conmigo.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Dijo que si conseguía que yo usara algo rojo durante una semana, mi hermano le pagaría un viaje.
De pronto recordé a Sofía riéndose mientras me encargaba la pulsera.
“Es para mi novio.”
Yo había asumido que quien la llevaría sería él.
Nunca pregunté.
Adrián bajó la mirada hacia el hilo rojo.
—Cuando la vi, reconocí inmediatamente tu forma de hacer el cierre.
—¿Cómo podías reconocer eso?
Metió una mano en el bolsillo.
Sacó su cartera.
De un compartimento interior extrajo algo descolorido.
Un pequeño trozo de hilo azul.
Me quedé sin respiración.
Yo lo había tejido años atrás durante la universidad.
Había hecho varias pulseras para Paula y sus amigos.
La de Adrián se había roto.
Pensé que la había tirado.
—Guardaste eso.
—Durante cuatro años.
Entonces comprendí por qué aquella mañana había parecido tan frío.
No porque no sintiera nada.
Sino porque había esperado durante años y, cuando finalmente ocurrió algo entre nosotros, ambos interpretamos el miedo del otro como rechazo.
Pero eso no borraba lo sucedido.
—Aunque todo sea verdad, no puedes aparecer dos años después y esperar que volvamos al punto donde lo dejamos.
—No lo espero.
—Bien.
—Pero tampoco pienso desaparecer otra vez sin explicarme.
Respiré profundamente.
—¿Y ahora qué?
Adrián miró la puerta que todavía nos separaba.
—Ahora empiezo desde cero.
—¿Desde cero?
—Sí.
Retrocedió un paso.
—Hola. Soy Adrián Liang.
Extendió la mano.
Por primera vez había una ligera inseguridad en sus ojos.
—Y esta vez sí sé perfectamente cómo te llamas.
Miré su mano.

No la tomé.
Todavía.
Pero tampoco cerré la puerta.
Y para un hombre que llevaba dos años buscándome…
aquello pareció suficiente para sonreír.