PARTE 2: El Nuevo Testamento

A la mañana siguiente no fui al hospital.

No llamé a Mauricio.

No respondí ninguno de sus mensajes.

Tomé un taxi hasta la notaría donde llevaba más de veinte años firmando cada compra, cada inversión y cada documento importante de mi vida.

El notario, el señor Ibáñez, levantó la vista al verme entrar.

Su expresión cambió apenas un instante al notar mi pañuelo y el cansancio en mi rostro.

—Doña Teresa… hacía tiempo que no venía.

Sonreí con tranquilidad.

—Hoy necesito cambiar una sola página.

Le entregué la carpeta marcada con la palabra “Final”.

Él abrió el testamento.

Llegó a la hoja donde aparecía un único nombre.

Mauricio Herrera.

—¿Está segura?

Asentí.

—Completamente.

Durante casi una hora revisamos cada documento.

La vecindad.

Los dos departamentos.

Las acciones del salón de belleza.

Las pólizas.

Las inversiones.

Todo seguía igual.

Solo cambiamos una página.

La que decidía quién recibiría todo cuando yo ya no estuviera.

Al terminar, el notario guardó el nuevo documento en la caja fuerte.

—¿Desea informar a su hijo?

Negué lentamente.

—Él ya tomó su decisión.

Ahora me toca respetarla.

Tres semanas después llegó el día de la boda.

Yo no estaba allí.

Mientras los invitados brindaban entre viñedos y música en vivo, yo recibía una sesión de quimioterapia.

Estela estaba sentada junto a mí.

Fue ella quien, de repente, abrió el teléfono con los ojos muy abiertos.

—Teresa…

—Mira esto.

Era una transmisión en directo de la ceremonia.

Renata caminaba entre las mesas saludando a los invitados.

Llevaba un bolso blanco de diseñador colgado del brazo.

De pronto tropezó con una silla.

El bolso cayó al suelo.

Su contenido quedó esparcido frente a todos.

Maquillaje.

Un teléfono.

Las llaves del automóvil.

Y una carpeta transparente.

Uno de los invitados se agachó para ayudarla.

Sin querer abrió la carpeta.

Las primeras hojas salieron volando.

Un hombre las recogió.

Frunció el ceño.

—Renata…

Ella intentó arrebatárselas.

Demasiado tarde.

En la primera página podía leerse claramente:

“Plan de administración patrimonial de Teresa Herrera.”

Los invitados comenzaron a mirarse.

El padre de Mauricio tomó otro documento.

Era una lista.

Venta inmediata de la casa.

Cobro de rentas mensuales.

Liquidación de inversiones.

Ingreso a residencia geriátrica.

Y, al final, una frase escrita a mano.

“Conseguir su firma antes de que el tratamiento avance.”

El silencio cayó sobre el viñedo.

Mauricio sintió que el rostro se le congelaba.

—Renata…

Ella balbuceó.

—Yo… puedo explicarlo.

Pero otra hoja acababa de deslizarse fuera de la carpeta.

Era una copia de mi antiguo testamento.

Con varias anotaciones hechas por ellos.

Subrayados.

Fechas.

Cálculos sobre el valor aproximado de toda mi herencia.

El padre de Mauricio levantó lentamente la vista hacia su hijo.

—¿Todo esto era verdad?

Mauricio abrió la boca.

No encontró ninguna respuesta.

Porque, en ese mismo instante, el notario Ibáñez apareció al fondo del salón acompañado por dos testigos.

Llevaba un sobre sellado entre las manos.

Se acercó con absoluta serenidad.

—Señor Mauricio Herrera.

Le entregó el documento.

—Su madre me pidió que, si ocurría exactamente lo que acaba de ocurrir…

Hizo una breve pausa.

—Le entregara la notificación oficial.

Mauricio rompió el sello con manos temblorosas.

Leyó la primera página.

Y sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Porque el único documento que su madre había cambiado…

Era precisamente el que él llevaba años esperando leer.

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