PARTE 2: EL NUEVO DUEÑO

Tres días después de vender mis acciones, Ethan irrumpió en la sala principal de Starline Media con el rostro desencajado.

—¡Convoca una reunión extraordinaria del consejo! —ordenó.

Vanessa dejó la taza de café sobre la mesa.

—¿Qué pasó?

Él no respondió.

Solo lanzó una carpeta llena de documentos.

—Alguien compró el sesenta por ciento de las acciones.

La sonrisa de Vanessa apareció de inmediato.

—No importa. Seguro es un fondo de inversión. Podemos negociar.

Ethan levantó lentamente la vista.

—No.

—El comprador pidió ejercer todos sus derechos como accionista mayoritario… hoy mismo.

El color desapareció del rostro de Vanessa.

Media hora después, la sala de juntas volvió a llenarse.

Los mismos directivos que diez días antes habían permanecido callados mientras me expulsaban ocupaban exactamente los mismos lugares.

Solo había una diferencia.

El asiento principal ya no pertenecía a Ethan.

Richard Mason, presidente del consejo, se puso de pie.

—Antes de comenzar, presentaremos oficialmente al nuevo accionista mayoritario de Starline Media.

La puerta se abrió.

Entró Nathan Carter.

Vestía un traje azul oscuro y caminaba con la tranquilidad de quien no necesitaba demostrar poder.

Las conversaciones cesaron.

Ethan se levantó de golpe.

—¿Tú?

Nathan sonrió.

—Mucho tiempo sin vernos, señor Reed.

Vanessa respiró aliviada.

—Perfecto. El señor Carter es un empresario razonable. Seguro podremos…

Nathan la interrumpió.

—No he venido a negociar.

Tomó asiento exactamente donde antes se sentaba Ethan.

—He venido a tomar posesión.

Un silencio absoluto cayó sobre la sala.

Ethan golpeó la mesa.

—¿Cuánto quieres?

Nathan lo observó con indiferencia.

—No están en venta.

—Todo tiene un precio.

Nathan sonrió apenas.

—Estas acciones no son mías.

Sacó una carpeta negra.

—Yo solo soy el representante legal.

Ethan frunció el ceño.

—¿Representante de quién?

Nathan giró lentamente la carpeta.

En la primera página aparecía un nombre.

CLARA BENNETT.

Vanessa sintió que las piernas le fallaban.

—Eso… eso es imposible.

Nathan cerró la carpeta.

—La señora Bennett nunca perdió el control de Starline.

—Simplemente decidió cambiar quién la administraba.

Todos comenzaron a murmurar.

Uno de los accionistas preguntó:

—¿La señora Bennett sigue siendo la propietaria?

Nathan asintió.

—Transferir la administración no significa renunciar a la propiedad económica de los derechos establecidos en el acuerdo de fideicomiso.

Ethan quedó inmóvil.

—¿Fideicomiso?

Nathan dejó otro documento sobre la mesa.

—Hace seis años, cuando Starline estaba al borde de la quiebra, Clara inyectó el capital que salvó esta empresa.

—Las acciones quedaron protegidas mediante una estructura fiduciaria.

—Ella podía cambiar al administrador cuando quisiera.

—Y eso hizo hace tres días.

Vanessa comenzó a negar con la cabeza.

—No… ella me dijo que había vendido todo.

Nathan la miró.

—Exactamente.

—Les hizo creer lo que necesitaban creer.

Ethan sintió un nudo en la garganta.

Durante seis años había pensado que él era el verdadero dueño de Starline.

Nunca leyó los documentos completos.

Nunca preguntó de dónde había salido el dinero que evitó la bancarrota.

Solo disfrutó del éxito.

Nathan continuó.

—Primer punto de la reunión.

Abrió otra carpeta.

—Se inicia una auditoría financiera completa del Proyecto Haven.

Vanessa dejó escapar un jadeo.

—Segundo.

—Quedan suspendidas todas las facultades ejecutivas de la vicepresidenta Vanessa Cole mientras dure la investigación.

Ella golpeó la mesa.

—¡Esto es una venganza!

Nathan negó con calma.

—No.

Le mostró varios estados de cuenta.

—Treinta millones de dólares desaparecieron.

—Y las autorizaciones digitales fueron emitidas desde su usuario.

El rostro de Vanessa quedó completamente blanco.

Miró desesperada hacia Ethan.

—Diles algo.

Pero Ethan ya no la escuchaba.

Seguía mirando el nombre de Clara impreso en aquellos documentos.

Recordó el día que la expulsó.

Recordó cómo ella había salido sin discutir.

Recordó la demanda de divorcio.

Y, sobre todo, recordó una frase.

“El que va a arrepentirse no soy yo.”

En ese instante, la secretaria abrió nuevamente la puerta.

—Señor Carter…

Nathan levantó la vista.

—¿Sí?

—La señora Bennett está aquí.

Toda la sala se puso de pie al mismo tiempo.

Yo entré con un traje color marfil.

Sin lágrimas.

Sin rencor visible.

Solo con una serenidad que hizo que Ethan sintiera un miedo que nunca había conocido.

Me detuve frente a él.

—Buenos días, señor Reed.

Él abrió la boca, pero ninguna palabra salió.

Tomé asiento en la cabecera de la mesa.

El lugar que siempre me había pertenecido.

Miré a todos los presentes.

—Comencemos.

Abrí la carpeta de Auditoría Interna.

—Primer asunto del día.

Levanté la vista hacia Vanessa.

—Explíquenos dónde están los treinta millones de dólares que intentaron hacerme pagar a mí.

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