Valeria salió lentamente del Maybach.
Ya no sonreía.
—Señor Bennett… puedo explicarlo.
Mi padre la observó durante unos segundos.
—Eso espero. Porque acabas de llamarme “amor” delante de mi hija.
Sentí un vacío en el estómago.
—Papá… ¿la conoces?
Él asintió.
—Sí. Pero no de la forma que ella te contó.
Valeria cerró los ojos.
Y entonces empezó a salir la verdad.
Cuatro años atrás, poco después de entrar a la universidad, Valeria había solicitado ayuda a una fundación educativa.
La fundación pertenecía al Grupo Bennett.
Mi padre había leído su expediente porque la solicitud incluía la operación urgente de su madre.
—La empresa cubrió parte de los gastos médicos —explicó—. Después autoricé una beca adicional.
Miré a Valeria.
—¿Entonces los veinte mil yuanes que te presté?
No respondió.
Mi padre frunció el ceño.
—¿Qué veinte mil?
Sentí que algo se rompía.
Valeria había recibido mi dinero después de que la fundación ya hubiera pagado la operación.
—Me dijiste que tu madre no podía operarse sin ese dinero.
—Sofía, yo iba a devolvértelo.
—Han pasado cuatro años.
Mi padre continuó.
Durante aquel tiempo, Valeria había comenzado a enviarle mensajes de agradecimiento.
Al principio eran normales.
Después empezó a pedir consejos.
Luego favores.
Una computadora para estudiar.
Dinero para asistir a eventos.
Ropa para entrevistas.
Algunas solicitudes habían sido aprobadas por asistentes del programa porque Valeria era considerada una estudiante destacada.
—¿Y el Hermès? —pregunté.
Mi padre negó inmediatamente.
—Nunca le compré un bolso.
—¿Chanel?
—Tampoco.
Valeria empezó a llorar.
—Entonces ¿de dónde salió todo?
Finalmente habló.
—Lo revendía.
—¿Qué cosa?
—Algunas cosas que recibía.
Había convertido ayudas, becas y regalos institucionales en dinero.
Después compraba artículos de segunda mano, alquilaba accesorios para fotografías y fingía llevar una vida financiada por un amante millonario.
Pero faltaba explicar lo peor.
—¿Por qué corriste hacia el coche de mi padre?
Valeria se quedó callada.
Mi padre miró la matrícula.
Entonces pareció comprender.
—Porque conocía el automóvil.
Valeria bajó la cabeza.
En algunos eventos de la fundación había visto llegar aquel Maybach.
Sabía que pertenecía a Richard Bennett.
Sabía la matrícula.
Y llevaba años usando fotografías recortadas del vehículo para alimentar su historia.
Cada vez que decía que “su novio” la esperaba afuera…
en realidad fotografiaba el automóvil de mi padre durante eventos corporativos.
Cada vez que presumía de una cena organizada por “él”…
era una invitación de la fundación.
Y las pocas veces que había visto personalmente a mi padre, había convertido una conversación cordial en otra fantasía.
—Entonces nunca fueron pareja —dije.
—No —respondió mi padre.
Valeria se cubrió el rostro.
—Al principio solo quería que las demás dejaran de mirarme como a la chica pobre.
—Yo nunca te miré así.
Eso pareció dolerle.
—Lo sé.
—Te presté dinero.
—Lo sé.
—Te defendí cuando decían que mentías.
Valeria comenzó a llorar más fuerte.
—Lo sé.
—¿Y aun así utilizaste a mi padre para inventarte una vida?
No respondió.
Mi padre abrió la cajuela y guardó mi maleta.
—Sofía, vámonos.
Valeria levantó la cabeza.
—¡Señor Bennett!
Mi padre se detuvo.
—Mi beca…
Aquello terminó de cambiar su expresión.
Ni siquiera preguntó por nuestra amistad.
Preguntó por el dinero.
—Las becas no se retiran por vergüenza —respondió—. Pero si utilizaste fondos de manera indebida o presentaste información falsa, habrá una revisión.
Valeria palideció.
—Por favor.
—Eso ya no depende de mí.
Subí al automóvil.
Antes de cerrar la puerta, Valeria se acercó.
—Sofía, no quería hacerte daño.
La miré por última vez.
—Ese es el problema, Valeria.
—Nunca pensaste en mí lo suficiente como para preguntarte si me dolería.
Cerré la puerta.
El Maybach arrancó.
Por el espejo vi a mi antigua mejor amiga quedarse sola frente a la universidad, todavía con el vestido de graduación puesto.
Mi padre permaneció en silencio varios minutos.
Después preguntó:
—¿Por qué me dijiste que necesitabas veinte mil yuanes para un curso?
Miré por la ventana.
—Porque pensé que estaba ayudando a una amiga.
Suspiró.
—¿Estás enfadada conmigo?
—Un poco.
—¿Por qué?
—Porque aparentemente financiaste la vida secreta de mi compañera de cuarto y nunca me invitaste a ninguno de esos restaurantes.
Mi padre soltó una carcajada.
Yo también.
Fue la primera vez que pude respirar desde que Valeria gritó “amor”.
Semanas después, la universidad abrió una revisión tras descubrir inconsistencias en varios documentos presentados por Valeria.
Parte de aquella vida perfecta comenzó a desmoronarse por sí sola.
Yo no publiqué nada.
No necesitaba humillarla.
La mentira que había construido durante cuatro años ya se había derrumbado delante de la única persona cuya opinión parecía importarle más que la mía.
Tiempo después recibí una transferencia.
Veinte mil yuanes.
Sin mensaje.
Solo el nombre de Valeria Cruz.

No respondí.
Porque aquel día entendí que el verdadero problema nunca fue que Valeria fingiera tener un novio rico.
Fue que durante cuatro años tuvo una amiga de verdad…
y decidió que aparentar ser rica valía más que conservarla.