Clara permaneció inmóvil.
Durante seis años había aprendido a responder cualquier pregunta de Adrián Vega sin vacilar.
Pero aquella…
No la había previsto.
—No creo que sea necesario, señor Vega.
Adrián sostuvo su mirada.
—Lo es.
Su voz era tranquila.
Demasiado tranquila.
—Estás renunciando por un matrimonio. Quiero saber que no abandonas tu carrera por alguien que no te merece.
Clara sintió un nudo en la garganta.
Aquella preocupación llegaba cuatro años tarde.
—Mi vida privada no forma parte de mis funciones.
Adrián dio la vuelta al escritorio.
—Hasta hace dos días tampoco formaba parte de mi problema.
Se detuvo frente a ella.
—Ahora sí.
Por primera vez desde que empezó a trabajar allí, la distancia entre ambos era mínima.
Clara dio un paso atrás.
—Él no se siente cómodo conociendo a personas nuevas.
—Entonces iré yo.
Ella abrió mucho los ojos.
—¿Qué?
—Dime dónde cenan. Pasaré a saludar cinco minutos.
La mentira comenzaba a derrumbarse.
Clara respiró hondo.
—Está de viaje por trabajo.
—¿Dónde?
—Monterrey.
—¿A qué se dedica?
Las respuestas salían cada vez más lentas.
—Es… arquitecto.
Adrián inclinó ligeramente la cabeza.
—Curioso.
—¿Qué tiene de curioso?
—Hace un minuto dudaste antes de responder.
El despacho quedó en silencio.
Adrián nunca hacía preguntas sin motivo.
Estaba analizando cada gesto.
Cada respiración.
Como si estuviera negociando un contrato.
Clara decidió terminar con aquello.
—Señor Vega, solo vine a entregar mi renuncia.
—Y yo solo quiero conocer al hombre que consiguió que dejaras un trabajo que nunca quisiste abandonar.
Ella sintió un pinchazo en el pecho.
Él tenía razón.
Nunca había querido irse.
Solo necesitaba sobrevivir al día en que lo viera casarse con otra mujer.
En ese instante llamaron a la puerta.
Tomás Ferrer entró sin esperar respuesta.
Miró el ambiente tenso y sonrió.
—¿Interrumpo?
Ninguno respondió.
Tomás observó el anillo de Clara.
—Así que el famoso prometido existe.
Clara asintió en silencio.
Tomás soltó una carcajada.
—Perfecto. Entonces invítalo al compromiso de Adrián.
El mundo pareció detenerse.
Clara sintió que el aire desaparecía de la oficina.
—No creo que…
—Insisto.
Tomás miró a Adrián.
—Será divertido conocer al hombre que logró robarle la secretaria más eficiente de toda la ciudad.
Adrián seguía completamente serio.
—Yo también quiero conocerlo.
Clara comprendió que ya no tenía salida.
Solo podía inventar una mentira más grande.
—Está bien.
Los dos hombres la miraron.
—Vendrá.
Tomás sonrió satisfecho.
—Excelente. El compromiso es este sábado.
Cuando Clara salió de la oficina, apenas podía caminar.
Entró al baño de ejecutivos, cerró la puerta y apoyó la frente contra el espejo.
¿Qué acababa de hacer?
No existía ningún prometido.
No existía ningún arquitecto.
No existía ningún viaje a Monterrey.
Solo existía un anillo de treinta dólares comprado en una joyería del centro.
Su teléfono vibró.
Era un mensaje de Julia.
“Clara… pasa algo raro.”
“¿Qué ocurre?”
“El señor Vega acaba de cancelar todas las entrevistas para contratar a tu reemplazo.”

Clara frunció el ceño.
Un segundo mensaje apareció inmediatamente.
“Y acaba de pedir al departamento de seguridad que investigue los antecedentes de tu prometido.”
La sangre se le heló.
¿Cómo podían investigar a un hombre… que nunca había existido?