El comedor quedó completamente en silencio.
La cuchara de Javier cayó dentro del plato con un sonido metálico.
Ofelia seguía de pie, con la mano apoyada sobre la mesa y la respiración agitada.
Había reaccionado demasiado rápido.
Demasiado fuerte.
Mariana sostuvo la taza sin moverla.
Miró primero a su hija.
Luego a su esposo.
Por último, a su suegra.
—Eso mismo quisiera saber yo —dijo con una calma que sorprendió incluso a ella—. ¿Qué tiene esta infusión que Renata no puede beber?
Ofelia intentó recomponerse.
Forzó una sonrisa.
—Está muy caliente. Solo eso.
Renata frunció el ceño.
—Pero ayer también me dijiste que no podía tomarla.
Y antier.
Y la semana pasada.
La sonrisa de Ofelia desapareció.
Javier giró lentamente hacia su madre.
—¿Es verdad?
—Los niños no deben tomar hierbas para adultos.
—Renata toma manzanilla desde que tenía cuatro años.
Ofelia abrió la boca.
No encontró ninguna respuesta.
Mariana dejó la taza sobre la mesa.
—No la voy a beber.
Se levantó.
Tomó su bolso.
Sacó un pequeño frasco de vidrio lleno del mismo líquido.
Lo colocó frente a Javier.
—¿Qué es eso?
—La infusión que preparó ayer tu madre.
Él miró a Mariana, confundido.
—¿Por qué la guardaste?
—Porque nuestra hija me dijo algo que no pude ignorar.
Ofelia dio un paso atrás.
—Mariana, ya basta de tonterías.
Ella abrió otra carpeta.
Dentro había un informe de laboratorio.
—Ayer llevé una muestra a analizar.
Javier tomó las hojas.
Las leyó rápidamente.
Su rostro fue perdiendo el color.
—¿Qué significa… “presencia de inmunosupresores”?
Mariana respondió sin apartar la vista de Ofelia.
—Significa que alguien llevaba meses debilitando mi sistema inmunológico.
La taza cayó de las manos de Ofelia y se hizo añicos contra el piso.
…
—Eso es mentira.
Su voz ya no sonaba firme.
Sonaba asustada.
Mariana negó lentamente.
—También pensé que lo era.
Hasta que instalé una cámara en la cocina.
Javier levantó la cabeza.
—¿Una cámara?
Ella sacó el teléfono.
Abrió un video.
Lo colocó sobre la mesa.
Los cuatro observaron la pantalla.
A las 5:21 de la mañana, Ofelia aparecía preparando la infusión.
Abría un pequeño frasco de porcelana.
Miraba hacia ambos lados.
Y añadía un polvo blanco antes de revolver con la cuchara.
El silencio se volvió insoportable.
Javier dejó el teléfono.
Miró a su madre.
—Dime que hay una explicación.
Ofelia comenzó a llorar.
—Yo… yo…
Pero ninguna palabra salía.
Mariana habló antes.
—También encontré esto.
Sacó un recibo de farmacia.
El nombre resaltaba con claridad.
Héctor Salgado.
Javier leyó en voz alta.
—¿Quién es Héctor Salgado?
Por primera vez, Ofelia dejó de llorar.
Su expresión cambió.
Era miedo.
Miedo auténtico.
Mariana dio un paso hacia ella.
—Llevo dos días haciéndome esa misma pregunta.
¿Quién es?
Ofelia cerró los ojos.
—No puedo decirlo.
—¿Por qué?
—Porque si lo hago…
Todos estaremos en peligro.
La respuesta dejó inmóvil a toda la familia.
Javier negó con la cabeza.
—Mamá…
¿Quién es ese hombre?
Ofelia empezó a temblar.
Sus labios apenas se movieron.
—No es un desconocido.
Mariana sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Entonces dilo.
La anciana rompió a llorar.
—Es…
Antes de terminar la frase, sonó el timbre del departamento.
Tres golpes secos.
Todos voltearon hacia la puerta.
Nadie esperaba visitas.
Javier caminó lentamente hasta la mirilla.
Miró hacia el pasillo.
Su rostro palideció de inmediato.
—Mariana…
Ella sintió un nudo en el estómago.

—¿Quién es?
Javier tragó saliva sin apartar la vista de la puerta.
—Hay un hombre preguntando por mi madre.
Dice que se llama…
Héctor Salgado.